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| 8/9/2008 12:00:00 AM

El otro Tíbet

El peor atentado en una década recordó que para el gobierno chino la mayor amenaza a los Olímpicos la constituye otra perseguida minoría étnica: los uigures. ¿Quiénes son?

La semana de la esperada ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos, el atentado que acabó con la vida de 16 policías, cuando dos hombres atacaron en un camión un puesto de control en Asia central, aumentó las alertas de seguridad en la cita orbital. Fue el incidente más sangriento en una década. Según el Partido Comunista, estos juegos enfrentan la mayor amenaza terrorista de la historia y, aunque el incidente del lunes ocurrió a unos 4.000 kilómetros de Beijing, en la provincia de Xinjiang, varios funcionarios han dicho que el terrorismo de los separatistas uigures en esa región es su principal amenaza.

El gobierno chino no ha ahorrado recursos para blindar los Olímpicos, su gran vitrina para exhibir al mundo su promovido "ascenso pacífico" como potencia planetaria: ha movilizado unos 110.000 policías sólo en Beijing, instaló al menos 300.000 cámaras espías en la ciudad y ubicó misiles tierra-aire alrededor de los estadios.

China considera que Xinjiang es su propio frente de la guerra contra el terrorismo. Y aunque el gobierno asegura que se trata de grupos islamistas de alcance internacional vinculados con Al Qaeda, muy pocos hablan de la causa de los uigures, una minoría étnica más desconocida, por ejemplo, que los tibetanos.

Los casi nueve millones de uigures son mayoría entre los 20 millones de habitantes de la región autónoma del Xinjiang Uigur, que se encuentra al noroeste de China y ocupa una sexta parte de su territorio (ver mapa). Las calles de Kashgar, Urumqi o Khotan, las principales ciudades, tienen a primera vista mucho más en común con Kabul, la capital de Afganistán, que con China, pues se trata de una comunidad musulmana de lengua túrquica, vinculada con Asia central, donde muchos resienten el dominio de Beijing, pues lo consideran imperialismo.

Esa idea se sustenta en los breves períodos de independencia que han disfrutado en su historia reciente. En 1933, los rebeldes crearon la República Islámica de Turkestán Oriental (también conocida como Uiguristán o Primera República de Turkestán). China recuperó el territorio al año siguiente. Pero en 1944 las fuerzas independentistas volvieron a declarar la independencia, y en esta ocasión bajo el auspicio de la Unión Soviética. Los uigures crearon entonces la Segunda República de Turkestán Oriental pero, con el ascenso de la República Popular, el gobierno de Beijing recuperó el control y declaró la región una provincia china en 1949. Aunque estos episodios están prohibidos en la historia oficial, los uigures los conocen y muchos los recuerdan con añoranza. Por supuesto, para el Partido Comunista, Xinjiang ha sido, desde antes de Cristo, "parte inseparable la nación unitaria multiétnica china".

Durante los años 90, tras el colapso de la Unión Soviética, que trajo la creación de nuevos países en Asia central, el nacionalismo uigur adquirió nuevo impulso. Los ataques de grupos separatistas se hicieron frecuentes, especialmente del Movimiento Islámico de Turkestán Oriental (Etim, por su sigla en inglés), considerado terrorista por China, Estados Unidos y la ONU. Beijing asegura que está ligado a Al Qaeda y, después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, ha vinculado su búsqueda de terroristas y separatistas a la guerra contra el terrorismo.

Y es que Xinjiang tiene un inmenso valor estratégico no sólo por su tamaño, sino también por su riqueza en minerales y petróleo, pero limita con algunos de los países más explosivos del mundo, como Pakistán y Afganistán. Beijing teme esas porosas fronteras, pues en los 80 y 90 algunos independentistas uigures se entrenaron con los talibanes e incluso 22 terminaron presos en Guantánamo. A eso se suma que en los últimos meses, la prensa oficial ha reportado varios incidentes relacionados con el independentismo uigur, como el arresto de 82 sospechosos de querer sabotear los Olímpicos con actos terroristas, o la acusación de que una mujer quería hacer estallar un vuelo comercial.

Sin embargo, para muchos analistas China exagera la amenaza terrorista para justificar la represión de los uigures y elimina la distinción entre actos violentos y disidencia pacífica. Si el ataque del lunes, del que los dos responsables fueron arrestados, es el peor en una década, eso demuestra que no es un movimiento bien organizado. Muchos observadores, incluso, no ven claros los vínculos con el islamismo radical. La amenaza real es difícil de valorar. "Según Beijing, son una red muy fuerte conectada con Al Qaeda y hay numerosos grupos que representan una amenaza inminente y grave, pero nunca ha demostrado que sea así. Los informes chinos sobre el terreno no se corresponden con una realidad. Por ejemplo, es casi imposible encontrar militantes del Etim, ni siquiera en los países vecinos", dijo a SEMANA Nicolás de Pedro, experto en Asia central del observatorio de Política Exterior Española de la Fundación Alternativas. La verdadera analogía de los uigures no sería con Al Qaeda, sino con el Tíbet.

Aunque el Partido Comunista habla de una sociedad armoniosa y multiétnica, los conflictos étnicos en China se esconden bajo la alfombra. En 2005, Human Rigths Watch (HRW) denunció una aplastante campaña de represión contra los musulmanes uigur chinos en nombre del antiterrorismo. Según ese informe, el gobierno niega la libertad religiosa y por añadidura la libertad de asociación, asamblea y expresión a los uigures. "La situación no difiere de la del Tíbet, donde el gobierno chino intenta remodelar una religión para controlar una minoría étnica", dijo en su momento Brad Adams, director para Asia de HRW. Como los tibetanos, los uigures son tratados como ciudadanos de segunda y temen convertirse en minoría en su propia tierra.

Desde tiempos imperiales, el gobierno chino ha tratado de establecer en su periferia la etnia han, la mayoritaria, para integrar esas regiones al poder central. Y esa ha sido la política en Xinjiang. Beijing ha promovido la migración de los han, que pasaron del 6 al 41 por ciento en tres décadas. Y los han tienden a ser más ricos, lo que algunos observadores atribuyen a prácticas laborales discriminatorias, lo cual genera tensiones. En 2006, por ejemplo, 800 de 840 puestos en el servicio público de la provincia fueron reservados para los han. El gobierno asegura que son políticas para incentivar el desarrollo económico, no el cambio étnico, pues es difícil encontrar gente preparada en la región. Según explica de Pedro, el gobierno trata de "sinificar Xinjiang,  anular los uigures, asimilarlos o excluirlos del proceso de desarrollo".

A costa de un creciente descontento, Beijing ha consolidado su dominio, pero el conflicto está lejos de ser resuelto. Sin embargo, a diferencia del Tíbet, la causa uigur no es popular en el nivel internacional, por varias razones: para empezar, históricamente no han estado unidos y carecen de un líder carismático como el Dalai Lama. En general, se considera una causa musulmana y, por lo tanto, menos vendible, a la que no ayuda la etiqueta de terroristas. Y, por supuesto, todo el mundo quiere hacer negocios con China, el gran poder emergente.
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