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| 12/19/2009 12:00:00 AM

El país del presente

El gigante suramericano, de la mano del popularísimo Lula da Silva, demostró en 2009 que es imparable. Los Juegos Olímpicos son apenas un ejemplo de su estatus como potencia global.

El símbolo más poderoso del asombroso avance de Brasil es su Presidente, el ex sindicalista Luiz Inacio Lula da Silva, cuyo dedo faltante recuerda su pasado obrero. En octubre, ese hijo de campesinos analfabetas que dejó de estudiar a los 14 años para convertirse en tornero metalmecánico se dio el lujo de derrotar en Copenhague, durante la ceremonia para escoger la sede de los Juegos Olímpicos de 2016, al rey Juan Carlos de España; al flamante primer ministro japonés, Yukio Hatoyama, y hasta al presidente estadounidense, Barack Obama. En un inédito pulso diplomático, todos llegaron hasta Dinamarca para defender las candidaturas de Río, Madrid, Tokio y Chicago. Al final, Lula impuso su prestigio y las justas llegarán por primera vez a Suramérica.

Ese triunfo se convirtió en una metáfora de un mundo en reacomodo donde el gigante suramericano desempeña un papel cada vez más importante. El escritor austríaco Stefan Zweig, quien huyó del nazismo para terminar sus días en Brasil, lo bautizó "el país del futuro". Con una mezcla de humor y sarcasmo, muchos añadieron: "y siempre lo será". Pero su hora, como Lula no se cansó de repetir en Copenhague, ha llegado. El futuro brasileño está a la vista y para cuando se disputen los juegos, según las proyecciones, será la quinta potencia económica del mundo.

En pocas palabras, Brasil está volando. A los Olímpicos se suman otras señales, como la sede del Mundial de Fútbol de 2014, la mejora de los indicadores sociales, los planes para construir el primer tren de alta velocidad del continente o los hallazgos petroleros frente a las costas. Brasil se podría convertir en el octavo país con mayores reservas en el planeta y es líder mundial en desarrollo y producción de biocombustibles, con la ventaja de ser un elemento de equilibrio energético en un claro contraste con las turbulencias que caracterizan a Oriente Medio, Venezuela y Rusia. A grandes rasgos, la fórmula de Lula ha combinado cautela en lo económico, empuje en lo social y, como le gusta recalcarlo, mucha estabilidad.

Su país salió fortalecido de la crisis económica mundial: fue uno de los últimos en entrar y uno de los primeros en salir. Es invitado de honor en los grandes foros y pone la primera letra del acrónimo Bric, que lo agrupa con los otros tres grandes poderes emergentes: Rusia, India y China. En ese mismo mes de octubre, Brasil fue elegido miembro rotativo del Consejo de Seguridad de la ONU, pero en realidad aspira, junto a Alemania, Japón e India, a un asiento permanente en la postergada reforma que necesita el organismo. Brasilia incluso lideró la misión de la ONU para estabilizar Haití. Además, fue uno de los grandes beneficiados de la reciente consolidación del G-20 de las principales economías del mundo, en detrimento del G-7.

El ascenso brasileño, como es apenas obvio, se siente con fuerza en el vecindario. Para empezar, el moderado Lula despierta admiración. Es muy diciente que este año dos presidentes que llegaron al poder apoyados por la izquierda radical, Mauricio Funes en El Salvador y José Pepe Mújica en Uruguay, se desmarcaron una y otra vez del proyecto del venezolano Hugo Chávez para declarar que su modelo era Lula.

En Itamaraty, la sede de la cancillería, entienden que su bonanza depende de la región, e integrarse con Latinoamérica es una obligación consignada en la Carta Política. La estrategia es primero consolidar América del Sur como un bloque sólido para dialogar con el mundo. Brasil impulsó la creación de Unasur y del Consejo de Defensa Suramericano como contrapeso a Washington. Como líder sindical, Lula no ha hecho más que negociar toda su vida, y su liderazgo tiene un efecto moderador. Eso quedó claro cuando le bajó el tono al choque entre Colombia y Venezuela por el uso de las bases colombianas por el Ejército de Estados Unidos. Brasil no tiene enemigos y es capaz de tender puentes sobre las divisiones ideológicas de la región.

Pero no todo ha sido armonía. En general, Brasil trata de evitar la injerencia en los problemas internos de otros países, pero cuando Manuel Zelaya, el depuesto presidente de Honduras, se refugió en su embajada de Tegucigalpa, terminó metido de cabeza en la crisis política del país centroamericano y jugado, de entrada, del lado de Chávez y los países del Alba, que apoyaban incondicionalmente a su incómodo huésped. Por eso, cuando Washington decidió dar por válidas las elecciones que podían desbloquear el conflicto, se estrelló con el rechazo de Brasilia. Es posible que ese desencuentro acentúe entre los brasileños la percepción de que necesitan que Unasur gane influencia en detrimento de la OEA, como ya está ocurriendo.

Washington reconoce el estatus de Brasilia, pero hay discrepancias. En el norte no les agrada, por ejemplo, que Lula haya recibido al presidente iraní, Mahmoud Ahmadineyad, en un gesto de independencia diplomática. Y en Brasil ven con recelo algunas acciones de Washington como haber reactivado el año pasado la IV Flota en el Atlántico o el acuerdo de uso de las bases colombianas, pues los militares y las elites brasileñas son sensibles acerca de la soberanía sobre la Amazonia, una región estratégica que consideran codiciada por intereses extranjeros. Una sensibilidad que ahora se proyecta sobre los hallazgos petroleros.

Aunque Brasil tiene una arraigada tradición pacífica, su posición global lo llevó a modernizar las Fuerzas Armadas para tener con qué defender sus tesoros. Lula aprovechó el día de la fiesta nacional para anunciar un multimillonario acuerdo con Francia para adquirir 50 helicópteros, cuatro submarinos convencionales y uno de propulsión nuclear, el primero de la región, y 36 cazabombarderos Rafale. El costo total, que podría llegar hasta 14.000 millones de dólares, incluye transferencia de tecnología, pues en Itamaraty explican que no compran armas, sino desarrollo industrial. Y de paso, aceitan una alianza estratégica con Francia. Como declaró el presidente galo, Nicolas Sarkozy, al visitar Brasilia para cerrar el negocio, el gigante suramericano es "un socio obligatorio".

Lula, el tornero iletrado, ha liderado con pericia de cirujano la bonanza brasileña. Todavía falta mucho por hacer para combatir la desigualdad, que se refleja en las asimetrías entre el empobrecido norte, en el que nació, y el sur rico e industrializado. Pero el acento social de Lula despierta aplausos y lo mantiene en niveles de favorabilidad que rozan el 80 por ciento, tanto que Obama le puso durante la cumbre del G-20 en Londres el rótulo que muchos periodistas han recogido: "el político más popular de la Tierra". Quizá la mejor parte es que el Presidente desoyó los cantos de sirena para reformar la Constitución e ir por un tercer mandato en las elecciones de 2010 y aunque el opositor José Serra lidera las encuestas, nadie cree que un cambio de signo en el gobierno pueda ya descarrilar a Brasil.
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