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| 6/5/2000 12:00:00 AM

El Papa y Beijing

Los indicios señalan que el mundo podría presenciar la alianza histórica de la China comunista con el Vaticano.

Hace varias semanas el embajador de Taiwan ante el Vaticano, Raymond Tai, reconoció que era “irreversible” el establecimiento de relaciones entre el papado y la República Popular China, cosa que sucedería “muy pronto”. El rostro desconsolado del diplomático reflejaba bien la angustia de su gobierno por el aislamiento internacional a que lo ha sometido el de Beijing en los últimos 25 años. A partir del día en que China y el Vaticano establezcan relaciones Taiwan, la “provincia renegada” como la llaman en Beijing, habrá perdido su más respetado aliado en Occidente. En ese momento en Europa sólo le quedaría Macedonia. Aunque el acercamiento se venía presentando meses atrás en los pasillos vaticanos no deja de comentarse la rapidez de los acontecimientos recientes, especialmente desde noviembre de 1999, cuando se rumoró que miembros de la cancillería china y Angelo Sodano, secretario de Estado del Vaticano, se habían reunido en Roma. Pero los rumores se encontraron con la impenetrable barrera china que se negó a confirmarlos. “Para establecer relaciones hay dos requisitos, que el Vaticano deje de reconocer a Taiwan y que no utilice la religión como un pretexto para hacer política”, dijo Zhang Qiyue, portavoz china. Los chinos sostienen que con el Vaticano no hay problemas religiosos sino políticos. Como dijo a SEMANA el sinólogo Guillermo Puyana, “China y Roma han mantenido una relación ambigua. Ha habido episodios de enriquecimiento mutuo, como la época de los jesuitas científicos que llevaron a China la matemática, la astronomía, la fisiología y la física occidentales y aprendieron de los chinos la ciencia oriental. El humanismo cristiano inspiró en el siglo pasado el movimiento revolucionario del Reino Celestial Taiping”. Pero los católicos también fueron instrumento de la dominación europea en China y a partir de 1949 se retiraron a Taiwan con el Kuomintang, el partido de Chang Kai-Chek, que había perdido la guerra con los comunistas. Desde 1972 China inició una cadena de éxitos diplomáticos que al terminar esa década incluía la recuperación del asiento en la ONU y las relaciones con Estados Unidos y Japón. A lo largo de estos años el Vaticano insistió en mantener su apoyo a Taiwan. Pero estar, por consiguiente, por fuera de China le implicó un grave retroceso. Primero, porque floreció una iglesia católica ilegítima, pues los obispos son designados por el Estado. Segundo, porque los protestantes ocuparon el vacío. Se calcula que ellos cuentan hoy con cerca de 30 millones de fieles mientras que los católicos son cinco millones. Pero el establecimiento de relaciones tendría otras implicaciones. Por ejemplo, los muy católicos países centroamericanos que aún apoyan a Taiwan perderían su argumento de servir de ‘martillo de herejes’ y China podría tener avances en esa área. Por otra parte, no habría ya razones para no autorizar la visita papal a Hong Kong e inclusive el Papa podría ir al continente. Finalmente, el evento caería como anillo al dedo para los chinos, pues restaría legitimidad a las críticas a su política religiosa, motivadas en los últimos meses por la prohibición de la secta Falungong. El Papa, que destruyó la cortina de hierro en 1989, no ha tocado la cortina de bambú. Como dice Puyana, “si se materializan las relaciones diplomáticas con Beijing podrá cosechar muchos frutos en el campo religioso, pero si le da por hacer política podría tener un estruendoso fracaso pues la China es una sociedad histórica, cultural y filosóficamente laica. De hecho, el establecimiento de relaciones tiene significado político únicamente por el efecto sucedáneo de aislar a Taiwan. En China la religión no ocupa sitios que corresponden a la política”.
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