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| 3/27/2010 12:00:00 AM

El partido del NO

No es fácil explicar el extremismo de los republicanos, que han llegado a atacar a piedra a quienes votaron por la reforma a la salud. ¿Los exaspera que signifique el final de la era Reagan?

La oposición republicana insiste con tal vehemencia en que el presidente Barack Obama es el mismísimo Anticristo, que los congresistas de su Partido Demócrata se han visto obligados a pedir protección del FBI. Tal ha sido la ola de amenazas y de ataques físicos y verbales que siguieron a la aprobación de la reforma a la salud propiciada por el gobierno. No es fácil explicarse que en la primera democracia del mundo haya un sector que aborrece hasta ese punto una norma que les dará seguro de salud a 32 millones de personas que no lo tenían, ni qué principios inspiran a esos extremistas. Y es un enigma la forma como influirá esta polarización en las elecciones legislativas del próximo noviembre, en las que los republicanos aspiran a recuperar las mayorías para bloquear al gobierno.

Lo más impresionante es que la retórica incendiaria no proviene sólo de extremistas como los miembros del ultraderechista Tea Party, que suelen acusar a Obama de socialista y amenazan con "recuperar el país de las manos de la barbarie". John Boehner, el líder republicano de la Cámara, sostuvo que la reforma es igual al Armagedón, y la ex candidata a la Vicepresidencia Sarah Palin publicó en Facebook una lista de 20 congresistas demócratas que votaron a favor, con un mapa en que sus distritos eran señalados como con una mira telescópica. Completó su chiste con una frase en su Twitter: "Conservadores con sentido común y amantes de Estados Unidos ¡no retrocedan, recarguen! (Vea mi página de Facebook)". Como si fuera poco, el respetable Comité Nacional Republicano publicó en su página una foto de la presidenta del Senado, Nancy Pelosi, entre llamas.

Aunque luego rechazaron la violencia, no es posible desligar esas amenazas (y muchas otras) de los actos de violencia que instigaron, con intención o sin ella. Una de las ventanas de la oficina que una representante por el estado de Nueva York, la veterana Louise McIntosh Slaughter, tiene en las cataratas del Niágara, terminó hecha trizas porque alguien lanzó un ladrillo desde la calle. A uno de sus colegas le dejaron un ataúd en la puerta de la casa. A otro más, Bartholomew 'Bart' Stupak, católico de Michigan que al cambiar de opinión y respaldar la iniciativa fue clave en su triunfo, le dejaron un mensaje en el contestador: "Eres un asesino de niños y un hijo de p…. Vete de este país".

Sin embargo, cuando crecieron en todo el país los clamores contra esos exabruptos que recordaron a la mafia siciliana, los republicanos llegaron a otro nivel de cinismo: culparon a las víctimas de estar usando los actos de vandalismo para desprestigiarlos.

Y ni hablar de la derecha radical. Ese mismo jueves, cuando Obama viajó al estado de Iowa para explicar la reforma al sistema de salud, centenares de manifestantes del Tea Party le gritaron desde la calle "Chains We Can Believe In!" ("¡Cadenas en las que podemos creer!"), con lo cual se mofaban de su eslogan de campana "Change We Can Believe In" ("El cambio en el que podemos creer"). Entre tanto, los comentaristas del canal Fox le daban palo a diestra y siniestra. Glenn Beck, cuyo programa goza de una sintonía arrolladora, proclamaba que Obama ha "minado los cimientos de Estados Unidos" y que "este es el fin del país". Y Rush Limbaugh, director de un exitosísimo espacio radial y cuyo salario se calcula en cuatro millones de dólares mensuales, comparaba nuevamente el logotipo de la reforma con los símbolos nazis. El resultado de esa serie de ataques es que una cuarta parte de los norteamericanos piensan que Obama es el Anticristo y casi el 70 por ciento lo consideran socialista.

La derecha gringa la ha emprendido contra un Presidente que acaba de firmar la reforma más importante en Estados Unidos desde que en 1964 Lyndon Johnson les dio los mismos derechos a blancos y negros, y desde 1933 cuando Franklin Delano Roosevelt sentó las bases de la seguridad social. No suena lógica una oposición tan extremista, sobre todo en un país donde cada año mueren más de 30.000 personas porque carecen de cobertura médica y donde las compañías pueden negarse a asegurar a quien sufre ciertas enfermedades o cancelar pólizas sin dar razones.

Con su ofensiva mediática la extrema derecha norteamericana también ha logrado convencer a muchos ciudadanos de que la reforma no sólo es muy cara para el contribuyente (costará 940.000 millones en una década). Sobre todo, que al violar el sagrado principio de la iniciativa privada deja entrever el fantasma de un big government (gobierno grande) que les recuerda a los países de la Cortina de Hierro.

En efecto, miles de estadounidenses están convencidos de que el Estado federal, es decir, el Presidente y el Congreso, no pueden aprobar una reforma de este tipo. Para ellos, cada ciudadano tiene el derecho a escoger un seguro médico y el deber de conseguir el dinero para pagarlo, y Washington no tiene por qué darse atribuciones tan absurdas como defender a los pobres. Por ese mismo motivo más de diez estados han anunciado que demandarán la reforma ante la Corte. Argumentarán que en este caso, de acuerdo con la Décima Enmienda a la Constitución, los poderes que la Carta no les ha entregado a Estados Unidos pertenecen solo a cada uno de los 50 estados de la Unión.

El otro punto que reprocha la derecha a la reforma es que propiciará el nacimiento de una serie de organismos y que el Estado meterá las narices donde no le concierne al, por ejemplo, obligar a todos los ciudadanos a contratar un seguro. Es el big government que para ellos es socialismo y que en Estados Unidos tuvo su tope con Roosevelt en los años 30 y 40, cuando modernizó al país. A Roosevelt, no obstante, se le tiene como el mejor Presidente del siglo XX, pues ganó la Segunda Guerra Mundial y sacó al país de su peor crisis económica tras el crash de Wall Street en 1929.

Tal vez la explicación al rechazo esté en que, como afirman comentaristas como David Leonhardt, del diario The New York Times, "la nueva ley es el ataque más grande del gobierno contra la desigualdad económica desde que este concepto nació en Estados Unidos hace más de tres décadas". Porque "más allá del efecto de la reforma a la salud en el sistema médico, en su núcleo está un esfuerzo deliberado para terminar lo que los historiadores llaman la era de Reagan", en la que las fuerzas del mercado y la acción (o inacción) del gobierno incrementaron la desigualdad. Para tal fin, se trataría de atacar una de las peores facetas de la sociedad norteamericana: que en el país más poderoso del mundo haya millones de personas que no pueden pagar por un tratamiento médico. Y ello, con mayores impuestos para los ricos.

Esta posición negativista de los republicanos, por otra parte, riñe con la de los países europeos que, con matices, han procurado mantener el Estado de Bienestar dentro del cual, desde el siglo XIX en la Alemania de Otto von Bismarck, la administración central provee a precios muy bajos una serie de servicios como la salud pública. Los españoles y los franceses del común, los italianos y los alemanes, se agarraban la cabeza al enterarse de que en Estados Unidos no existía prácticamente la seguridad social.

Un aspecto esencial de la batalla está relacionado con las elecciones legislativas del próximo otoño, que definirán el éxito o el fracaso de Obama. De cara a esos cruciales comicios, las preguntas quedan abiertas: ¿Resistirán los demócratas el embate mediático de los republicanos? ¿Podrán éstos ganar la batalla convertidos en el partido del NO, aunque 32 millones de personas tendrán por primera vez seguro de salud? ¿Triunfará el bien común sobre el individualismo? De momento, los sondeos no dejan bien parado a Obama y, por si fuera poco, tendrá en contra el hecho de que los votantes jóvenes no suelen hacerse muy presentes en las elecciones de Congreso. Pero faltan ocho meses y lo que resta de aquí hasta allá será una campaña muy interesante y, sin duda, muy agria.
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