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| 4/28/2003 12:00:00 AM

El paso al costado

El nuevo gobierno palestino, que debilita a Yasser Arafat, es recibido con bombas. ¿Aún hay esperanzas de paz?

La semana pasada fue decisiva para el futuro del conflicto entre Palestina e Israel. La disputa entre Yasser Arafat, presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y Mahmoud Abbas, el designado para el recién creado cargo de primer ministro, amenazó con descarrilar el nuevo plan internacional que pretende llevar la paz a la región y crear un Estado palestino para 2005, conocido como el 'mapa de ruta'.

Y aunque el acuerdo alcanzado parecía satisfacer las presiones internacionales para echar a andar las negociaciones el atentado suicida del jueves, en una estación de trenes israelí en Kfar Saba (el primero con una víctima fatal en casi un mes), enfatizó los obstáculos para cualquier nuevo esfuerzo en busca de la paz. El primer ministro israelí, Ariel Sharon, reiteró que no hay acuerdo de paz posible mientras continúen los ataques y, sin importar el fuerte respaldo internacional, Abbas tendrá que lidiar con los grupos radicales que lo ven como el candidato de los intereses externos.



La disputa

Yasser Arafat ha sido durante décadas el líder incuestionable de los palestinos y el símbolo de su lucha por conseguir un Estado propio. Pero Israel se niega a negociar mientras él siga siendo la cabeza de la autoridad palestina, su negativa a compartir el poder lo ha debilitado y hoy, para que esa meta que persiguió toda su vida se cumpla, el mundo le exige dar un paso al costado.

Precisamente con esa intención se creó la nueva figura de primer ministro pero el 'Rais', como se conoce a Arafat, dio muestras de no estar dispuesto a hacerse a un lado sin oponer resistencia. El desacuerdo entre él y Abbas, los fundadores del partido político Al Fatah, se debió a la composición del gabinete del nuevo gobierno y específicamente al nombre de Mohammed Dahlan, crítico constante de la política de Arafat con relación a Israel y en particular a la forma en que éste ha conducido la Intifada. Abbas, también conocido como Abu Mazen, quería nombrarlo como ministro del Interior mientras Arafat no lo quería en ningún puesto ejecutivo.

La resistencia a Dahlan obedece a que éste quiere desmantelar las milicias palestinas, incluyendo las brigadas de los mártires de Al Aqsa, ligadas a Al Fatah, y luchar con determinación contra Hamas y la Yihad islámica. Arafat, por el contrario, cree que la lucha frontal contra los grupos terroristas podría provocar una guerra civil en los territorios palestinos.

El desacuerdo fue tan serio que horas antes del plazo límite para conformar el gabinete, que se cumplía el miércoles a la medianoche, un borrador de la carta de dimisión de Abbas comenzó a circular. Su renuncia obligaría a la designación de un nuevo primer ministro.

Pero la comunidad internacional ha apostado de manera firme y decisiva por Abbas y fue entonces cuando Arafat comenzó a sentir la presión por todos los frentes. Entre el martes y el miércoles el presidente de la ANP recibió diversas llamadas de líderes y cancilleres de todo el mundo, entre ellas las del presidente egipcio, Hosni Mubarak, y el primer ministro británico, Tony Blair, quien le manifestó sin rodeos: "Mahmoud Abbas debe ser el elegido y su gobierno debe ser aceptado".

Finalmente, cuando el plazo estaba a punto de expirar, llegaron a un acuerdo según el cual Abbas se desempeñará como ministro del Interior simultáneamente con su cargo de primer ministro y Dahlan estará a cargo de los asuntos de seguridad.

Para muchos se trataba, más que de una disputa sobre los nombres del nuevo gobierno, de una de las últimas batallas de Arafat para conservar el poder que lentamente se le escapa de las manos y el resultado fue una derrota para su ya desgastado liderazgo.

Y la verdad es que, a pesar de haber sido el hombre que puso el tema de Palestina en la agenda mundial, desde hace ya algún tiempo son cada vez menos los que quieren ver a Yasser Arafat a cargo de los asuntos palestinos.

No lo quieren el primer ministro israelí, Ariel Sharon, quien después del atentado del jueves reiteró que no hay negociación posible mientras Arafat siga al frente, ni la administración de George W. Bush, que expresó claramente que hacer a un lado a Arafat era una condición esencial para renovar el proceso de paz, y ni siquiera varios líderes palestinos de su propio partido, que pasaron gran parte del año pasado trabajando para desmontar el monopolio de Arafat en el poder palestino. "Arafat debe ser presionado para ceder todo el poder o de lo contrario no se conseguirá ningún progreso hacia la paz", dijo a SEMANA Mitchell G. Bard, miembro del foro para Oriente Medio y coautor del libro Mitos y hechos: un conciso registro del conflicto árabe israelí.

Pero la discusión del comienzo de la semana pasada no sólo debilitó a Arafat. Abbas también resultó perdedor ya que se reforzó la imagen que algunos tienen de que se trata de un líder impuesto por los intereses extranjeros.



El 'mapa de ruta'

Lo cierto es que, con el fin del desacuerdo entre Arafat y Abbas, se espera que la administración Bush por fin revele los detalles del esperado 'mapa de ruta' para el proceso de paz final entre israelíes y palestinos, el cual había condicionado a la designación del primer ministro y la instalación de su gabinete. Estados Unidos ha sido criticado por dejar de lado el asunto árabe israelí al ir tras Saddam Hussein, y a Washington le interesa establecer un plan de paz viable para estabilizar la región.

Se trata de un plan diplomático de tres fases respaldado por Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y las Naciones Unidas, diseñado para llevar a un acuerdo de paz total que termine con el establecimiento de un Estado palestino soberano en el año 2005. El plan tiene metas y plazos claramente delimitados y en su primera fase se pretende terminar con el terrorismo y la violencia, normalizar la vida de los palestinos, construir instituciones y reformar las ya existentes, incluyendo los servicios de seguridad, así como elaborar un borrador para la Constitución y realizar elecciones libres y justas. Todas estas, metas imposibles de lograr mientras los atentados continúen.

Dentro de este plan Israel debe hacer todo lo posible para ayudar con estas metas, incluyendo el retiro de las áreas ocupadas desde el 28 de septiembre de 2000 (antes del estallido de la segunda Intifada) y congelar la creación de nuevos asentamientos.

Al final de esta primera etapa Palestina debe hacer una declaración 'inequívoca', reiterando el derecho de Israel a existir y llamando por un "inmediato e incondicional" cese al fuego y por la terminación de todos los actos de violencia contra los israelíes. Israel, a su vez, debe hacer otra declaración 'inequívoca', afirmando su compromiso con la visión de un Estado palestino independiente, viable y soberano viviendo en paz al lado de Israel y llamando por la terminación inmediata de la violencia en contra de los palestinos.

La segunda fase, prevista para la segunda mitad de este año, sería de transición y la tercera, que se desarrollaría entre 2004 y 2005, establecería un acuerdo sobre un estatus permanente y marcaría el fin del conflicto.

Tal como está diseñado, el 'mapa de ruta' establece que el progreso a través de las fases puede hacerse más rápido de lo indicado, pero a su vez el incumplimiento de las obligaciones impediría progresar.

La comunidad internacional, y en especial Estados Unidos, no creen a Arafat capaz de atacar decididamente el terrorismo, lo cual impediría cualquier avance y, de hecho, muchos lo ven como su principal promotor. Por el contrario, Abbas ha sido un crítico de la violencia palestina, llamándola contraproductiva, y eso es lo que ha pesado para que sea ampliamente respaldado. Sin embargo ese respaldo no garantiza el éxito del nuevo primer ministro manejando el delicado tema de los ataques de los grupos radicales.

Aún sin conocerse sus detalles, son muchos los que piensan que el 'mapa de ruta' parte de presupuestos demasiado optimistas, como recordó el atentado del jueves, pero por lo pronto parece un hecho que Washington, y por añadidura Israel, han conseguido forzar lentamente el retiro de Arafat. Las consecuencias de ese relevo aún están por verse.
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