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| 11/28/1983 12:00:00 AM

EL PEARL HARBOR DE 1983

Continúa la incógnita acerca de los autores políticos de los dos devastadores ataques suicidas que demolieron los cuarteles norteamericano y francés en Beirut

Después de las dos explosiones que causaron, el 23 de octubre en Beirut, la muerte de más de 200 soldados norteamericanos y cerca de 35 franceses, tres interrogantes se imponen: ¿Quién las organizó y qué ventajas piensan sacar de esa matanza sus promotores? ¿Quienes demolieron con camiones repletos de explosivos el cuartel general de los "Marines" cerca del aeropuerto de Beirut, y el cuartel del batallón francés en Jinah, en el ataque más serio contra las fuerzas multinacionales desde su despliegue en Beirut hace 13 meses?
Hasta el momento, un desconocido "Movimiento Revolucionario Islámico Libre", se atribuyó la responsabilidad de los ataques, mediante una llamada telefónica a las oficinas de la AFP en Beirut. Según esa llamada, los autores materiales del atentado fueron Abu Mazen, de-26-años, y Abu Sijaan, de 24, pero la misteriosa voz no precisó qué tarea ejecutó cada uno de ellos.
Pistas, en cambio, sí han sido ofrecidas por doquier. El primero que sugirió una fue Caspar Weinberger. Según él, un "buen número de presunciones" indicaban que Teherán "podía tener una parte de la responsabilidad de los atentados". Con ello, Weinberger no hacía ninguna revelación. Desde la llegada de Khomeini al poder, la hostilidad entre Teherán y Washington ha sido constante.
El régimen iraní no ha ocultado, por otra parte, su odio a la administración Mitterrand, acusada de ofrecer asilo político al ex presidente Bani Sadr y al jefe de los Mudjahidin, Massud Radjavi, y de ayudar militarmente al gobierno iraquí, contra el cual Irán combate desde hace más de tres años. En París, tampoco se han olvidado las amenazas proferidas en octubre por los dirigentes iraníes contra Francia después de que el gobierno galo tomara la decisión de vender cinco aviones Super Etendard a Saddad Hussein. El empleo de kamikazes también milita en favor de la "pista iraní" pues sólo Khomeini ha sido capaz de suscitar el grado de fanatismo o de fe que requiere ese tipo de operación.
Pero esas presunciones no son pruebas de que Irán planeb y perpetró los dos atentados. Las autoridades de Teherán desmintieron, en todo caso, su responsabilidad en una declaración en el que, como el coronel libio Mohammar Khadafi, se felicitan por los resultados de esas dos acciones.
Para Israel, los responsables son los sirios y su aliada, la Unión Soviética. En el norte del Líbano y en Beirut, afirma Jerusalén, nada escapa al control de los sirios. El portavoz del gobierno, Dan Meridor reconoció, no obstante, ignorar la identidad de los responsables de la matanza. Su acusación reposa pues en su mera convicción de que los sirios "obran contra el retorno de la paz en Líbano".
La "pista siria", ha sido mencionada en otros sectores. En Francia, la prensa ha recordado la rivalidad existente entre Washington y Damasco por el control de la región y el profundo contencioso que opone, por razones similares, Francia y Siria. La lista es larga e incluye un atentado mortal, en 1981, contra el embajador francés en Libano. "Esos atentados no sirven en nada a los objetivos de mi país", afirmó el embajador sirio en Washington mientras el de París agregaba: "Es un crimen odioso que lejos de incitar a Francia y a Estados Unidos a repatriar sus fuerzas, los incita a la escalada. Me pregunto si no es Israel, y los que están detrás de Israel, los que se encuentran detrás de esos atentados".
En definitiva, los argumentos propagandísticos de unos y otros permiten pensar que los atentados de Beirut no fueron perpetrados por uno de las decenas de grupos que participan en el drama libanés. Se trataría de un acto de.terrorismo en el que uno o varios Estados podrían estar implicados. ¿Cuáles? En ese país, verdadero barril de pólvora, tal vez nunca se sabrá.
Los atentados parecen consagrar, en todo caso, el fin de una serie de tentativas norteamericanas destinadas a imponer "su" paz en la región.
Desde la firma de los acuerdos de Camp David, la política de la administración Carter y Reagan en Medio Oriente ha buscado alejar a la URSS de esa región, vital para Occidente.
La manera como Washington actuó durante el cerco de los israelíes contra los palestinos en Beirut y su tentativa de obtener un acuerdo Líbano-Israel -sin contar con Hafez El Assad--ilustran esa tendencia.
La "guerra de la montaña", por medio de la cual los drusos se opusieron a la hegemonía de las falanges cristianas mostró los límites y la ambiguedad de la misión de los "Marines" en Líbano. En efecto, mientras Francia se abstenía de participar en los combates y preconizaba la necesidad de un nuevo "pacto nacional" entre todas las fuerzas libanesas, Washington armó al ejército libanés, y participó en los enfrentamientos, como ocurrió el 18 de septiembre en Suk El Ghard. En tales circunstancias, el presidente Gemayel-cuya legitimidad es respetada-no podía esperar el sometimiento de las demás comunidades ante su gobierno, que sólo controla entre 40 y 10% del territorio libanés.
Washington fracasó porque, por un lado, no pudo evitar el reparto de Líbano entre Israel y Siria y la continuación de la guerra y, por otro, porque el alto al fuego, concluído el 25 de septiembre, y el proceso de preparación del "Congreso de Reconciliación Nacional" han mostrado hasta qué punto en Líbano y Medio Oriente no podrá hacerse nada sin la participación de Siria y de la Unión Soviética. Menos aún contra esos dos países. Sobre este capítulo parecen coincidir el ex secretario norteamericano Henry Kissinger y Vadim Zagladine, director del departamento internacional del PC soviético. Interrogado por la TV, Kissinger reconoció, en efecto, que Siria no se retirará del Libano mientras "el equilibrio de fuerzas no cambie en ese país". Zagladine declaraba a una emisora francesa: "La participación soviética en la solución de los problemas de esa región, vecina a nuestras fronteras, sería quizá útil".
Una cosa sí parece segura: los Estados Unidos deberán revisar-como lo piensa Kissinger-sus objetivos en Líbano, Medio Oriente y el Golfo Pérsico. Su margen de maniobra, vista la tensión internacional, parece reducida. Entretanto, los europeos-que temieron una respuesta norteamericana de tipo militar en Líbano-acogieron favorablemente la afirmación del presidente Reagan según la cual su país no participaría en los combates de la región ante el temor de desencadenar una guerra mundial. Las tres medidas tomadas por esa administración después de los atentados serían: permanecer en Beirut, reemplazar los soldados muertos y enviar a París a George Shultz para coordinar sus posiciones con los cancilleres de los otros países miembros de la fuerza multinacional y otra delegación a Jerusalén para estudiar la nueva situación con sus aliados israelíes. París a su vez, parece haber examinado, con inquietud, las declaraciones formuladas el 24 de octubre por Reagan y Shultz, en las que hacen referencia a sus "intereses estratégicos" en la región de Líbano y a los imperativos de la confrontación Este-Oeste
Francia no persigue los mismos objetivos que los Estados Unidos París aspira a mantener su influencia en un Medio Oriente estable políticamente, y al margen del conflicto Este-Oeste.
Esto requiere evitar la división definitiva de Líbano y convencer al presidente Gemayel y a Walid Jumblatt, de aceptar un "pacto nacional" entre todas las comunidades, un pacto libre de la influencia norteamericana y sirio-soviética.
Por ahora, las miradas se han vuelto hacia Ginebra en donde se reunirá, esta semana, el "Congreso de Reconciliación Nacional". Sus actores están obligados a entenderse o a aceptar la escalada de un conflicto en el cual nadie conoce los límites. -
José Hernández, corresponsal de SEMANA en París -
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