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| 2/12/2006 12:00:00 AM

El peor año de Bush

El presidente estadounidense comenzó mal su segundo mandato. La invasión a Irak está manga por hombro, el Katrina lo hizo ver como indolente y el Congreso le da la espalda.

Cuando suenen las 12 de la noche del 31 de diciembre, es probable que muchos en la Casa Blanca, incluido el Presidente, no logren contener un suspiro de descanso. No cabe duda de que 2005 fue un annus horribilis para el hombre más poderoso del mundo, que vio su poder desfavorablemente afectado por una combinación de factores. Muchos dirán que lo merecía. Otros, que tuvo mala suerte. Pero todos estarán de acuerdo en que George W. Bush, como los malos estudiantes, perdió el año. El Bush de los últimos días se parece poco al que comenzó hace un año su segunda presidencia con la seguridad de haber convalidado su cuestionada victoria de 2000. Bush esperaba refrendar su paso a la historia con su plan de reformas internas y con el trofeo de un Irak democratizado y convertido en cabeza de playa de la influencia norteamericana en el mundo musulmán. Pero, a medida que pasaron los meses, esa expresión desenvuelta de confiada arrogancia fue dando paso a una mueca de desconcierto y a una agresividad defensiva. En las últimas semanas el mundo ve menos al Presidente que a su secretaria de Estado, Condoleezza Rice, encargada de dar explicaciones por una política que le podría costar caro a sus futuras aspiraciones presidenciales. Los aliados Termina el año con el escándalo de las cárceles secretas en países que se han prestado a ocultar que el gobierno de Bush secuestra y tortura a extranjeros sospechosos de ser terroristas sin el cumplimiento de la mínima legalidad internacional. El alemán de origen libanés Khaled al Masri, quien vivió esa experiencia y es el centro de los reclamos de Alemania, está entregando su testimonio al mundo. Como consecuencia, la Unión Europea y algunos de sus integrantes están exigiendo el respeto a sus fronteras y sancionando a los países que hayan cohonestado esos procedimientos. La nueva canciller alemana, Angela Merkel, no pudo cumplir su promesa electoral de acercarse a Washington, ante las flojas explicaciones de Rice en Berlín. Es que ni Rice misma creía una argumentación que supone que es posible pisotear las garantías que ofrece la democracia para salvarla de sus enemigos. Esos abusos erosionaron este año la legitimidad de la guerra de Bush contra Osama Ben Laden y Al Qaeda en Afganistán, que es la única que la comunidad internacional respaldó desde un comienzo. Una solidaridad que venía perdiendo desde que, pasando por encima de la ONU, el Presidente decidió que el siguiente capítulo de su guerra se escenificaría en Irak, un país bajo el yugo de un tirano insoportable, pero que nada tenía que ver con el ataque de al Qaeda. La opinión pública ue los argumentos con los que se justificó esa invasión eran falsos está documentado en el mundo, pero esa realidad no había calado en la opinión nacional. Hasta este año, Bush había logrado imponer su mensaje en su gente, a punta de repetirlo una y otra vez, y había contado con la complicidad de la gran prensa que aceptaba sin mayor cuestionamiento que Saddam Hussein era cómplice de Osama Ben Laden y que se preparaba para atacar a Estados Unidos con bombas preparadas con uranio comprado en Níger. Pero, lejos de hacer al mundo más seguro, la invasión de Irak recuerda más a Vietnam y, de contera, se ha vuelto la justificación del terrorismo, como en el atentado de Londres. Y el soldado número 2.000 muerto en Irak coincidió con un evento crucial. El huracán Katrina destruyó a Nueva Orleans y fue fatal para la imagen de Bush. El gobierno que bajó los impuestos a los más ricos, dejó abandonados en las aguas pestilentes a quienes no tenían cómo movilizarse. Las escenas tercermundistas de revueltas y saqueos causaron sorpresa. Y ¿dónde estaban las tropas de la Guardia Nacional, dónde estaban los helicópteros y los botes? Pues en Irak, "protegiendo la seguridad del pueblo norteamericano". Algunos sostienen que Bush maniobró de forma tan torpe tras el Katrina porque no tenía el consejo de su estratega Karl Rove, artífice de sus victorias electorales. Rove no estaba a la mano porque llevaba meses dedicado a defenderse de un escándalo nacido por el afán por ocultar a la ciudadanía las mentiras que justificaron a Irak a través del descrédito de sus críticos. El asunto ya tiene tras las rejas a Lewis Scooter Libby, jefe de gabinete del vicepresidente Richard Cheney. El escándalo, conocido como Plamegate, consiste en que alguien del gobierno reveló la identidad de una agente secreta para desacreditar a su esposo, quien había denunciado que era falsa la supuesta compra de uranio por Saddam Hussein en Níger, uno de los argumentos para la invasión. Para el público norteamericano el efecto fue demoledor. El escándalo mostró, ante todo, hasta dónde están dispuestos a llegar los funcionarios del alto gobierno para defender la justificación fraudulenta de la invasión a Irak. Tanto, que algunas encuestas ya muestran que dos terceras partes dudan de la honestidad de Bush. Y el efecto es tanto o más grave entre la derecha religiosa, su apoyo más firme, para la que no hay nada más deleznable que un mentiroso. Pero es que a Bush ya no le creen tantos norteamericanos como antes. Las encuestas recientes indican que más de la mitad piensan que la invasión a Irak fue un error y, contra lo afirmado por el Presidente, 60 por ciento, incluido uno de cuatro republicanos, apoyaría el retiro de las tropas en menos de un año. El Presidente admitió la semana pasada que la guerra se había lanzado con base en una "pobre información de inteligencia", lo que en el contexto significa una admisión de sus mentiras. La reacción negativa de los demócratas y algunos republicanos hace dudar de que ese mea culpa sea efectivo para mejorar su imahen. El Congreso En el Legislativo las noticias también fueron malas. Si bien los demócratas, sus adversarios naturales, no han querido capitalizar el viraje de la opinión, en su bancada republicana el Presidente no las tiene todas consigo. Ya desde comienzos de año, ante las dificultades para conseguir el apoyo de sus copartidarios, Bush había abandonado sus programas bandera, como la privatización parcial del sistema de pensiones, impopular entre las capas menos favorecidas. Pero ahora las cosas son aun peores. Muchos congresistas republicanos temen llegar a las elecciones de noviembre de 2006 en el bando equivocado, sobre todo a la vista de sus derrotas por las gobernaciones de Virginia y Nueva Jersey. Además, varios escándalos han sacado del ring a varios de los republicanos más prominentes, como Tom DeLay, líder de la mayoría en la Cámara, quien debió renunciar tras ser acusado de recibir contribuciones ilegales, y Bill Frist, líder de la mayoría del Senado, implicado en un abuso de información privilegiada. Por eso, en el año los copartidarios de Bush contribuyeron a derrotar propuestas clave como un paquete de recortes para los súper ricos, la reducción de los impuestos a los dividendos y la abolición del impuesto a la herencia, que habría ahorrado 90.000 millones al año al 1 por ciento más rico de la sociedad. Y aun más allá, los republicanos tampoco respaldaron la propuesta de abrir en Alaska la Reserva Natural Ártica a la exploración petrolera, una medida muy controversial. Una muestra dolorosa de la pérdida de influencia de Bush en el Congreso fue el fracaso de Harriet Miers, su secretaria jurídica, como candidata a magistrada de la Corte Suprema. El nombre de Miers enfureció a la bancada republicana no por sus escasos méritos, sino porque sus credenciales en el aborto no eran claras. La humillación de aceptar el retiro de su candidata antes de verla rechazada oscureció el éxito de la confirmación del juez John Roberts en la presidencia del tribunal (ver recuadro). La candidatura de Samuel Alito, un magistrado de derecha, podría terminar de arreglar las cargas en ese flanco. Pero nada asegura que sea confirmado en enero por un Congreso que está fuera del control del Presidente. Al final de la semana pasada, el Senado también le pasó cuenta de cobro por el tema de las torturas, al aprobar un paso hacia su ilegalización promovido por el republicano John McCain, lo que fue considerado como una derrota para el gobierno y en especial contra Cheney, quien hizo un fuerte lobby en contra de esa iniciativa. Influencia mundial En la misma semana en que Libby fue acusado por mentir en una investigación sobre las mentiras de Irak, y Miers retiró su nombre a la Corte, el Presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, dijo que Israel debería ser borrado del mapa. La coincidencia de esos tres hechos es significativa. Es cierto que Ahmadineyad es belicoso y que no es nuevo que un gobernante iraní desafíe a Estados Unidos. Pero que alguien se atreva a amenazar así al mayor aliado de Washington y reciba una condena tan poco contundente que esta semana repitió sus amenazas, podría demostrar que la debilidad de Bush ya se siente en los lugares donde su imagen debería ser de fuerza. Se siente en América, donde el venezolano Hugo Chávez se le metió al rancho con ventas de combustible barato para los pobres de Nueva York y Massachussets. Chávez le torpedeó a Bush su proyecto de Alca en la Cumbre de las Américas en Mar del Plata, ha influido en las campañas electorales de Bolivia y Honduras, sostiene movimientos indígenas en Ecuador y le compra la deuda a Argentina. Junto con el más moderado Luiz Inacio Lula Da Silva, ha conformado un cinturón alejado de Washington. Se siente en Asia, donde Corea del Norte lo desafía cada vez que puede en relación con su programa nuclear y sigue consiguiendo concesiones de sus vecinos. China, que considera varias peticiones de Estados Unidos, como revaluar el yuan, aprovecha para ganar tiempo para su economía y mantiene su postura agresiva sobre Taiwán. Se siente en Oriente Medio, donde el israelí Ariel Sharon sigue con su propia versión de la paz con los palestinos, Arabia Saudita y Egipto sienten menos presión por democratizarse, mientras Siria logra sobreaguar tras el asesinato, atribuido a sus agentes, del ex primer ministro libanés Rafik Hariri. Y donde la crisis causada por el programa nuclear iraní se volverá a sentir. Pero, sobre todo, se siente en Irak, donde la situación militar no hace más que empeorar y las elecciones parlamentarias de esta semana, aun con su asistencia masiva, no logran convencer de que allá existe un sistema democrático viable. Bush sólo ha tenido buena suerte en la economía, que siguió creciendo a buen paso, aunque hay nubes en el horizonte por cuenta del déficit comercial, el excesivo endeudamiento y la crisis de la industria pesada. Aún debe estar en el poder por tres años más, si no pasa algo extraordinario. Eso podría significar que tiene tiempo para corregir y salvar su Presidencia, o que a Estados Unidos le esperan tres nuevos años perdidos, con consecuencias imprevisibles, bajo el gobierno de George W. Bush.
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