Miércoles, 22 de octubre de 2014

| 2013/07/06 02:00

El peor de los mundos se vive en Egipto

El derrocamiento de Mohamed Morsi demostró a los islamistas que la vía política no les garantiza llegar al poder. El mensaje tendría repercusiones en todo el mundo árabe y podría estimular el renacimiento del terrorismo.

Mohamed Morsi. El islamista era el primer presidente electo de la historia de Egipto. Su mandato duró apenas un año. Foto: AFP

Y lo que tenía que pasar en Egipto, pasó. Después de meses de tensiones sociales, económicas y políticas, el país se encaminó hacia un camino sombrío, incierto, dividido y violento. La escena no podía representar mejor la división que se vive en Egipto. 

En un costado de las televisiones se podía apreciar el viernes la emblemática plaza Tahrir llena de opositores que apoyaban el golpe de Estado contra el islamista Mohamed Morsi, el primer presidente democrático del país.

En el otro costado, cientos de miles de simpatizantes del depuesto presidente en el sector de Nasser City, a pocos kilómetros de Tahrir, en estado de shock, enfurecidos. En medio el puente Seis de Octubre, que cruza el Nilo, donde cientos de manifestantes de lado y lado se enfrentaban con bombas molotov, voladores, piedras, cuchillos y palos. Y por todos lados, decenas de muertos.

Desde el domingo la situación se había vuelto insostenible. Después de que una megamanifestación le pidió a Morsi hacerse a un lado, el Ejército le había dado un ultimátum para que resolviera la situación. Nadie se movió y el miércoles los generales, con la excusa de evitar una guerra civil, sacaron los tanques a la calle, rodearon los puntos estratégicos. 

Mientras en Tahrir celebraban la caída del hombre de los Hermanos Musulmanes, el silencio se apoderaba de los islamistas que escuchaban al general Abdel Fattah Al Sisi anunciar que se creaba una ‘hoja de ruta’ para la transición política en Egipto.

La Constitución de corte islamista quedó congelada, se creó un gobierno interino en cabeza del jefe de la Corte Constitucional, Adil Mansur –que tomó posesión el jueves en la mañana– y se puso en marcha el proceso para llevar a cabo nuevas elecciones. 

“El Ejército permanecerá lejos de la política”, dijo Al Sisi mientras cada uno de los egipcios interpretaba estas palabras a su manera. Para los seguidores de los Hermanos Musulmanes este era un golpe de Estado, como lo dejó claro Morsi en un video transmitido momentos después del anuncio de Al Sisi. “Nos han robado la revolución”, dijo Morsi antes de ser detenido en los cuarteles generales de la Guardia Republicana, donde había buscado refugio.

Esto sucedía al tiempo que decenas de integrantes de su partido Justicia y Libertad y de los Hermanos Musulmanes eran detenidos y sus cadenas de televisión eran clausuradas. Para ellos es claro que el Ejército conspiró para retomar el poder, arropado en la ira popular. 

Pero para muchos de los que se encontraban en Tahrir, principalmente liberales y urbanos, no fue un golpe. Muchos lo interpretaron como una medida para enderezar el camino de la revolución del 11 de febrero de 2011 que tumbó a Hosni Mubarak y que, según su punto de vista, había sido secuestrada por el gobierno del presidente y su proyecto islamista y totalitario. Solo que en 2011 tumbaron a un dictador, mientras que ahora cayó un mandatario. 

En aquel entonces millones de egipcios de todas las confesiones y tendencias políticas salieron a las calles a protestar contra más de tres décadas de represión y autoritarismo. “Morsi actuó como el presidente de los Hermanos Musulmanes, no como el de Egipto”, había explicado a SEMANA días atrás el portavoz de la Alianza del Frente de Salvación Nacional, Khaled Dawood, al explicar las razones por las cuales el descontento hacía el gobierno de Morsi había logrado sacar más de 17 millones de personas a las calles de Egipto el 30 de junio.

Y es que los eventos de esta semana en Egipto son el resultado de un largo periodo en el que el descontento de la población se incrementaba a pasos agigantados. “Morsi quedó atado a las exigencias de su partido”, explicó a SEMANA el analista político Saeed Sadek, que aseguró que el hoy expresidente terminó por monopolizar el poder.

“Esta actitud enfureció a muchas otras fuerzas políticas, incluidos los musulmanes más radicales”, dijo este analista que añadió que uno de los grandes errores de la Hermandad es que había terminado por actuar de la misma manera que lo hacía el régimen de Mubarak, que tanto odiaban. 

“El presidente perdió credibilidad, porque mostró que solo le interesaba gobernar para su gente. Y además, la vida para todos se ha hecho mucho más difícil”, le contó a esta revista Ahmad, que como muchos otros de sus amigos votó por Morsi para presidente. Y es que la situación económica es un desastre, falta gas, harina, no hay electricidad, los precios aumentan constantemente, la población está en muchas partes al borde del hambre, no hay trabajo y el crecimiento económico es el más débil en dos décadas.

El turismo, que cayó en picada desde la revolución de 2011, era una de las principales entradas para el país. A esto se suma que gran parte de la inversión extranjera se marchó como consecuencia de la inestabilidad política y social en la que se encuentra Egipto desde hace más dos años. El gobierno de Morsi estaba viviendo prácticamente de la ayuda de países aliados, especialmente Qatar.

“Dígame un país que sienta los cambios después de dos años de revolución”, argumentó a SEMANA el portavoz del partido Justicia y Libertad, el brazo político de la Hermandad, Tarek El Morsy, que culpó a la oposición por no haber dialogado con el presidente. “La realidad es que la gente votó por partidos religiosos, pero los otros dicen que tienen el respaldo de la calle. ¿Cómo lo saben ellos si no participan en los procesos democráticos?”, dijo. 

A esto se suma la falta de consenso entre el gobierno y la oposición, que también ha fracasado en estos años para convertirse en una alternativa para los millones de egipcios que salieron a la calle. Por esta razón, el presidente interino no dudó en agradecer a la población y a los jóvenes que lograron unirse, por fuera del campo político, para convocar la marcha del 30 de junio. “Ellos –los Hermanos Musulmanes– y su gente están invitados a participar en la construcción de la nación y nadie será excluido. Si ellos responden a la invitación serán bienvenidos”, dijo Mansur.

La caída de Morsi deja  la región a la expectativa, pues Egipto es el gran eje geopolítico del mundo árabe. Los Hermanos Musulmanes son una organización con más de 80 años de historia, virtualmente presente en todos los países bajo denominaciones diferentes, y poderosa aunque siempre alejada del gobierno. Manejar a Egipto era un verdadero examen. Si a Morsi le salía su plan de islamización, eso podía significar una ola de experimentos similares en todos los países árabes. 

Pero también deja un mensaje que podría significar un retroceso ante lo conseguido en la primavera árabe. Hace dos años, el levantamiento popular sirvió para demostrar que los islamistas podían llegar al poder por medios pacíficos, y por eso significó un duro golpe contra los grupos terroristas como Al Qaeda.

Pero la caída de un presidente islamista elegido democráticamente como Morsi podría conducir a que los Hermanos Musulmanes y sus aliados salafistas, que por lo demás tienen antecedentes de lucha armada, recurran de nuevo a ella. El precedente más preocupante es el de Argelia, incendiada durante diez años desde 1991 luego de que los militares desconocieron el triunfo electoral del partido islamista FIS, con un saldo de 250.000 muertos. 

Las gigantescas demostraciones a favor de Morsi que salieron a las calles el viernes, y los choques que dejaron al cierre de esta edición más de 20 muertos, parecen demostrar que esta historia apenas comienza. Los países musulmanes reaccionaron según sus intereses, muchas veces contrapuestos, mientras la cauta –y en ocasiones pusilánime–  reacción del mundo occidental mostró la complejidad de una situación que solo puede complicarse. El riesgo es que muchos, como el asesor de Morsi Essam el-Haddad, piensen que “la democracia no es para los musulmanes”. Y esa es la puerta abierta a un baño de sangre.

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