Jueves, 27 de noviembre de 2014

| 2013/04/06 07:00

El pequeño tirano de Norcorea

Las amenazas atómicas del joven dictador norcoreano Kim Jong-un preocupan. Nadie sabe si es lo suficientemente loco como para lanzar un ataque suicida contra Seúl y Washington.

El pequeño tirano de Norcorea

Todavía no llega a los 30 años. Pero Kim Jong-un ya es primer secretario del Partido del Trabajo, secretario general de la Comisión Central Militar, director de la Comisión de Defensa, comandante supremo del Ejército Popular, presidente del buró político, “gran sucesor revolucionario”, “líder excepcional del partido, el Ejército y el pueblo”, “respetado camarada que es idéntico al comandante supremo Kim Jong-il” y “sol resplandeciente”.

El pequeño Jong-un, algo pasado de kilos, no conquistó ninguno de esos títulos. Los recibió por derecho, por ser el tercer representante sobre la tierra de los Kim, la única dinastía comunista de la historia. Su abuelo Kim Il-sung, el “Gran líder”, luchó contra la ocupación japonesa e impuso en 1948 el socialismo en el norte de Corea. Dos años después lanzó una guerra que dividió definitivamente la península por el paralelo 38. Líder supremo, presidente y primer ministro, su reino solo terminó con su muerte en 1994.

Pero el “presidente eterno”, como es conocido en Corea del Norte, llevaba décadas preparando a su hijo Kim Jong-il para el trono rojo. Este fue ungido “querido líder” y mientras desarrollaba la bomba atómica, el mujeriego y parrandero Jong-il condenó a su pueblo al hambre y a los campos de reeducación. El 17 de diciembre de 2011, después de un ataque cardiaco, terminó junto a su amado padre, ambos embalsamados en el Palacio del Sol de Kumsusan.

Ese día cientos de urracas se juntaron en un solo árbol, signo inequívoco, según la televisión estatal, de que “incluso los animales lloraron a nuestro querido líder”. En Pyongyang el joven Kim Jong-un, del que ni siquiera se conocía la existencia unos años antes, quedó al mando. Heredó un Estado totalitario, 30.000 estatuas y 3.200 obeliscos de su abuelo regados por el país, un millón de soldados, miles de misiles y un par de bombas nucleares. 

Esos juguetes no iban a ser suyos. Pero sus hermanos mayores no lograron ser dignos sucesores, uno por no ser “varonil” y el otro por tratar de ir al Disneyworld de Tokio con un pasaporte falso. Sin embargo, el japonés Kenji Fujimoto, chef personal de Kim Jong-il, supo interpretar la personalidad de la familia: “se veía que Jong-un iba a ser el elegido. Se portaba igual a su padre, podía beber hasta altas horas de la noche, nunca se daba por vencido. Era El Príncipe”. 

El mini-Kim estudió en Suiza, en una escuela pública en Berna bajo el seudónimo de Un Pak, supuesto hijo de un diplomático norcoreano. Era un alumno mediocre que pasaba raspando e iba poco a clase. Le encantaban los juegos de video, las películas de Jean-Claude Van Damme y tenía una obsesión por el basquetbol. Dibujaba una y otra vez a Michael Jordan, tenía fotos con Kobe Bryant y una colección de tenis Nike Air. 

En 2000 regresó a Pyongyang donde su padre terminó de educarlo. Tal vez con él le cogió gusto al lujo. El pequeño Kim fuma cigarrillos Yves Saint Laurent, le encanta el whisky escocés, anda en Mercedes-Benz y para reponerse de sus borracheras mandó a traer un sauna. 

Con el ascenso de un líder educado en occidente, joven y menos dogmático, algunos pensaron que Corea del Norte podía cambiar, sobre todo cuando prometió reconciliar a todos los coreanos y propuso hacer cambios económicos estructurales. Pero en realidad su reinado ha sido más de lo mismo. Andrea Berger, experta en amenazas nucleares del Royal United Services Institute, le dijo a SEMANA que “la información sobre Kim Jong-un es muy limitada. Por ahora sabemos más qué tipo de persona no es. No es un gran reformador económico, no ha sido moderado, ni ha abandonado ‘primero el Ejército’, una de las políticas norcoreanas tradicionales de la doctrina Juche”.

Ahora, con sus amenazas de desatar un “apocalipsis nuclear” contra Corea del Sur y Estados Unidos, muchos se preguntan si Kim tercero no es un niño jugando al pirómano. Aunque parezca una locura, tiene razones para hacerlo. Por su juventud, tiene que afirmar su poder en Pyongyang y mostrar que puede ser igual de peligroso y respetado que su padre y su abuelo. También hay nuevos líderes en Corea del Sur, Japón y China, y Barack Obama apenas empieza su segundo mandato. Es un momento inmejorable para medir al resto de los jugadores. ?Pero si el ruido que hace Corea del Norte era medianamente predecible, sus consecuencias no lo son. Nadie sabe quién es realmente Kim Jong-un, ni de qué es capaz. Tal vez como dijo el exbasquetbolista Dennis Rodman, quien visitó Corea del Norte hace unas semanas, “Kim no quiere la guerra, solo quiere que Obama lo llame”. 

TRES PREGUNTAS PARA ENTENDER EL CONFLICTO

1) ¿Qué tan peligrosa es la amenaza?

Muchos piensan que no hay que preocuparse, pues cada cierto tiempo los norcoreanos llaman la atención. Pero la amenazas han escalado a una velocidad nunca antes vista, y  el Ejército Popular ha tenido un cambio cualitativo. En diciembre pusieron en órbita un satélite que demostró que sus cohetes pueden golpear a miles de kilómetros. En febrero adelantaron una tercera prueba nuclear. Los expertos piensan que aún no han logrado miniaturizar la bomba para emplazarla en un misil, pero tienen plutonio para construir entre cuatro y ocho bombas. 

Corea del Norte tiene más que eso: uno de los Ejércitos más grandes del mundo (un millón de soldados activos y ocho en reserva), misiles y artillería pesada que apunta a Seúl, a solo 40 kilómetros de la frontera. Por eso la situación es muy peligrosa. La experta Andrea Berger le dijo a SEMANA que “Estados Unidos y Corea del Sur van a seguir con ejercicios militares hasta finales de abril. En ese lapso es probable que las amenazas continúen. El riesgo de un error de cálculo es enorme. Un lado puede pensar que el otro va a golpear y adelante una acción preventiva”.

2) ¿A qué juega Washington?

Aunque oficialmente Estados Unidos dice no estar preocupado, las alarmas están encendidas. El Pentágono envió a Corea del Sur bombarderos, cazas, submarinos nucleares, varios buques, un radar ultramoderno y activó sus defensas antimisiles en la isla de Guam en el Pacífico. Tokio y Seúl, bajo la amenaza norcoreana, son sus principales aliados en la región. Ahí hay varias bases militares y 80.000 soldados gringos estacionados. También hay temor de que Pyongyang venda tecnología atómica a Irán o Siria. Kim Jong-un se puede volver un fastidio para Obama, cuya diplomacia ha sido calificada por los republicanos de tímida y floja.

3) ¿Qué piensan los coreanos?

Más de 75 millones de personas viven en la península y en el sur pocos piensan que habrá guerra. Seung Shik Hur, coordinador de proyectos en una empresa de ingeniería en Seúl, le dijo a SEMANA que “aquí a nadie le importa, seguimos con nuestra rutina. Hemos escuchado tantas veces ruidos de guerra que hacemos oídos sordos. Si les da por bombardear, le harían mucho daño a Seúl, pero nuestras armas están varias generaciones por encima. Lo único son las bombas atómicas. Al final igual ganaríamos, aunque con pérdidas. Pero no creo que nadie quiera que eso pase. Tal vez los norcoreanos no serían tan agresivos si no impusiéramos sanciones”. Las informaciones sobre los norcoreanos son nulas. Son educados en un clima de guerra y propaganda permanente (foto arriba) y la más mínima desviación se paga con la cárcel. 

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