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| 9/25/2010 12:00:00 AM

El peso de Lula

Dilma Roussef cabalga sobre la popularidad del Presidente brasileño. A menos que los escándalos de corrupción causen una sorpresa de último minuto, todo apunta a su victoria contundente en las presidenciales del domingo 3 de octubre.

Las inminentes elecciones brasileñas tienen una carga histórica. Luiz Inácio Lula da Silva, quien en algún momento fue considerado un perdedor serial de comicios presidenciales, deja el poder como el mandatario más popular de la historia, y los despachos internacionales no se cansan de recordar que se trata de la primera ocasión en más de dos décadas en que el carismático ex sindicalista no será candidato. Sin embargo, Lula no ha estado, en ningún momento, ausente de la campaña. Por el contrario, es el gran protagonista de la cita a la que su protegida, Dilma Roussef, llega como amplia favorita para convertirse en la primera presidenta del gigante suramericano.

Lula le impuso su candidata al oficialista Partido de los Trabajadores (PT), y parece haber acertado. Hija de un inmigrante búlgaro y de una maestra de escuela, su historia es sorprendente. En su juventud se alzó en armas contra la dictadura militar, fue capturada y padeció todo tipo de torturas en la cárcel. Ingresó al PT apenas en el año 2000 y después fue ministra de Energía y de la Casa Civil (algo así como jefe de gabinete) durante los dos mandatos de Lula. Después de haber sido ungida, sufrió un cáncer linfático que superó a tiempo para meterse de lleno en la campaña.

Sin embargo, es considerada una tecnócrata y carece del carisma y el magnetismo de Lula. Su victoria sería toda una hazaña, al considerar que nunca ha ganado nada en las urnas y hace apenas unos meses era una desconocida para millones de brasileños. En la otra orilla, José Serra, el fogueado candidato de la oposición, quien ya había perdido frente a Lula en 2002, ha sido elegido alcalde y gobernador de São Paulo, el mayor colegio electoral del país.

Serra, del Partido de la Social Democracia Brasileña (Pmdb), el mismo del ex presidente Fernando Henrique Cardoso, fue el favorito durante un buen tiempo. En abril, aún le llevaba a Dilma una ventaja considerable y en junio todavía rozaba el 40 por ciento de las preferencias. Desde entonces, Serra se despeñó y Dilma se disparó. Al punto que, según las encuestas, la candidata del PT podría ganar en primera vuelta, con más del 50 por ciento de los votos, y Serra se quedaría en un humillante 27 por ciento. La tercera en disputa, la ambientalista Marina Silva, del Partido Verde (PV), tiene el 11 por ciento.

La explicación radica en el prestigio de Lula y el buen momento de Brasil. El Presidente encabezó la lista de las personas más influyentes del mundo de la revista Time, y su colega estadounidense, Barack Obama, lo apodó “el político más popular de la Tierra”. Durante sus ocho años en el poder, 30 millones de brasileños salieron de la pobreza, se descubrió una de las reservas submarinas de petróleo más grandes del mundo, el país obtuvo la sede del Mundial de Fútbol y los Juegos Olímpicos y salió fortalecido de la crisis económica mundial. En ese contexto, el continuismo cobra mucho sentido.

La rivalidad no ha sido entre Serra y Dilma, sino entre este y Lula, dijo a SEMANA José Álvaro Moisés, profesor de Ciencia Política de la Universidad de São Paulo. “Lula es el candidato”, enfatiza. Uno de los grandes aciertos del Presidente, explica, fue mantener las políticas de su antecesor, Fernando Henrique Cardoso, quien sentó las bases del actual éxito brasileño. Lula, sin embargo, ha dicho que se trata de una herencia maldita, y la oposición nunca fue capaz de mostrar esa contradicción. Por el contrario, Serra prácticamente escondió la figura de Cardoso durante la campaña e incluso llegó al extremo de usar a Lula en sus cuñas de televisión, en un gesto de debilidad que nadie entendió.

Desde que Lula entró en campaña, es la crónica de una elección anunciada. Incluso en los momentos en que Dilma aparecía rezagada, un amplio porcentaje de los brasileños siempre dijo que daría su voto al candidato de Lula. El Presidente se ha encargado de que nadie tenga dudas de quién es su delfín, y le ha logrado trasladar parte de su inmensa popularidad, que alcanza el 80 por ciento. La oposición, por su parte, lo acusa de usar descaradamente la maquinaria pública para ese propósito y, antes de que arrancara oficialmente la campaña, en julio, el Tribunal Superior Electoral ya había multado seis veces a Lula por anticipar la propaganda a favor de su protegida. Desde entonces, la potente locomotora del PT anda a toda máquina e incluso se lanzó al asalto de los bastiones de la oposición. A estas alturas, parece difícil que algo descarrile la candidatura de Dilma.

Las elecciones, además de Presidente, eligen 27 gobernadores, 513 diputados y dos tercios de los 81 miembros del Senado, además de cargos locales. El avance del PT y sus partidos aliados podría ser significativo, y estarían cerca del 60 por ciento de escaños necesarios en el Congreso para hacer reformas a la Constitución, lo que le daría a Dilma el mandato más fuerte desde el fin de la dictadura, en 1985. Algunos observadores ya advierten los riesgos de una victoria tan contundente, y hablan de los peligros de una versión brasileña del PRI mexicano.

La única esperanza para Serra es un escándalo que fuerce la segunda vuelta, como ocurrió en 2006 con Lula. En ese entonces, algunos miembros del PT trataron de comprar un dossier para enlodar al candidato opositor Geraldo Alckim. Y escándalos no han faltado en la recta final de la campaña.

Primero fue, hace unas semanas, la quiebra del secreto fiscal de una hija de Serra, que parece no haber tenido mayor impacto. Después vino una lluvia de acusaciones de tráfico de influencias, cabildeo, contactos turbios y corrupción por parte de los hijos de la ministra de la Casa Civil, Erenice Guerra, el relevo de Dilma y su mano derecha cuando era ella la que ocupaba la cartera. Estas parecen mucho más graves.

Como se ha encargado de recordar el medio que reveló el escándalo, la revista Veja, el despacho de la ministra en el Palacio de Planalto, donde ocurrieron algunos de los eventos, está a pocos metros del Presidente. Las denuncias llevaron a la salida fulminante de Guerra. Serra, hundido en las encuestas, ha tratado de aprovechar esa tabla en medio del naufragio y se ha llegado a referir al PT como una “pandilla”. Sin duda, el episodio le quita lustre a la eventual victoria de Dilma, pero hasta el momento no ha minado su ventaja en las encuestas. La gran favorita se defiende de los ataques, pero concentra su mensaje en el legado del obrero que se graduó de estadista. Pesa más ser la elegida de Lula.
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