Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2002/02/26 00:00

El poder popular

Ante la desinstitucionalización del país los argentinos de todas las clases se encuentran en asamblea permanente.

El poder popular

Son las 9 de la noche de un domingo de verano muy especial frente a la quinta presidencial en Olivos, un elegante y en otros tiempos apacible suburbio al norte de la capital argentina. La avenida Maipú, que siempre estaba vacía por estas fechas, pues los vecinos escapaban del sofocante calor porteño viajando a Miami o Punta del Este, está cortada por medio millar de personas.

Es la asamblea de los barrios del norte del Gran Buenos Aires, donde se juntan representantes de todos los estratos sociales, desde los más pobres hasta los vecinos de La Lucila, San Isidro, Martínez y Olivos, el corazón de la clase alta argentina.

Una camioneta Toyota último modelo, que viene a toda velocidad, se detiene en los portones de la quinta. Por las ventanas del vehículo salen las cabezas rubias de los chicos que hacen ruido con las cacerolas. El padre, que conduce, y su señora, van golpeando las puertas con las manos para hacer más ruido. Al detenerse el hombre baja, desencajado: “¡Son todos chorros (ladrones)! ¡Devuélvanme mi dinero! Yo puse los verdes (billetes de dólar) uno a uno en el banco y los quiero así!”.

Minutos antes el ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov, había anunciado el nuevo plan, que consiste en pesificar la economía a costa de los depositantes. Durante los 10 años en que un dólar fue igual a un peso la población ahorró unos 60.000 millones de dólares en los bancos. Ahora el gobierno quiere devolver estos depósitos en cómodas cuotas mensuales a razón de 1,40 por dólar más una pequeña indexación, cuando el dólar se vende en la calle a 2,40 y nadie sabe a cuánto se cotizará el lunes, cuando termine el largo feriado cambiario de una semana. En el trayecto los ahorradores habrán perdido la mitad de sus economías, en el mejor de los casos.

La asamblea de vecinos del norte del Gran Buenos Aires, al conocer las medidas adoptadas por el gobierno, deliberó ordenadamente y aprobó realizar un nuevo cacerolazo para el viernes siguiente, decidió realizar una movilización frente a la Corte Suprema de Justicia exigiendo su renuncia, demandó la nacionalización de todos los bancos y concluyó con el grito que ya es el más popular de la Argentina: “Que se vayan todos y no quede ni uno solo”.

Medidas similares adoptó la asamblea interbarrial de la Capital Federal, que se reunió en el Parque Centenario, en el corazón de Buenos Aires. En lugar de los conciertos de rock o los ballets gratuitos de los veranos porteños, ahora todos los domingos se juntan 2.000 ó 3.000 personas. Son los delegados de las asambleas de los barrios: los de San Juan y Boedo, los del Abasto, los de Almagro, los de Caminito y los de Núñez, los de Corrientes, Belgrano, Pompeya y Mataderos, nombres que han inmortalizado los tangos y los equipos de fútbol.

Unos días antes una marcha de 10.000 ‘piqueteros’ (desempleados) de la Matanza, el distrito más pobre del Gran Buenos Aires, atravesó 50 kilómetros para llegar a pie hasta la sede del Congreso. Al paso de estos rostros morenos de gente trabajadora se abrían las puertas de los apartamentos de la clase media capitalina, desde donde se les brindaban refrescos y galletas para los niños.

Estos dos mundos, antes tan distantes, el de la agonizante clase media que llenaba teatros y restaurantes en la avenida Corrientes, y el de los marginados de siempre, ahora se funden en los cacerolazos que tumban presidentes, ministros y jueces, que cambian decretos y leyes antes de que la tinta se seque.

De lo que se trata es del poder

“Estas nuevas formas de protesta se vinculan con la crisis de representación política”, dijo a SEMANA la socióloga y analista Graciela Römer. “Así como los piqueteros representan a un sector de la población excluido del mercado laboral, los cacerolazos representan movimientos de protesta de los sectores medios. Lo que se observa es una profunda insatisfacción con las formas de representación política por parte de los perdedores del modelo económico de los últimos 10 años”.

Esta fusión de piqueteros y cacerolazos refleja el fenómeno de los nuevos pobres, ya que “en los últimos 10 años no aumentó la pobreza estructural sino que hay un nuevo sector social considerado pobre que proviene de sectores medios”, dice Römer.

El periodista Joaquín Morales Solá coincide: “Esta confluencia entre las cacerolas y sectores más marginados está creando otro fenómeno: en general, la clase media ha sido aliada del poder. Hoy está de espaldas al poder. Hay un orden que está cambiando, fundamentalmente por la presencia de la gente en la calle”.

Para el politólogo Franco Castiglioni “la cacerola y la asamblea son una transformación hacia una sociedad civil. Sin ella la democracia se degrada, el Estado se desintegra y pierde legitimidad. Argentina está en transición hacia la construcción de un nuevo sistema democrático. Para tenerlo faltaba que la sociedad civil saliera a defender sus derechos”.

Algunos diarios hablan de ‘sovietización’, como Ambito Financiero. Otros hablan del ‘poder de las cacerolas’, de poder ciudadano, poder popular, poder de la sociedad civil. De lo que no hay duda es de que algo nuevo está sucediendo en la Argentina.

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