Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1995/06/19 00:00

EL PROFETA CAIDO

La captura de Shoko Asahara, acusado de los atentados con gas del metro de Tokio, otorga un tenso respiro a los japoneses.

EL PROFETA CAIDO

SI ALGO QUEDO DEMOStrado con el arresto de Shoko Asahara, el líder de la secta japonesa Aun Shirinkyo, fue la extraordinaria eficiencia de la policía japonesa. No es para menos, pues el primer atentado con gas sarin en el metro de Tokio sucedió el 20 de marzo, y en menos de dos meses, las autoridades niponas pusieron tras las rejas al cerebro de la organización religioso-criminal. Y no se trata solamente de lo acelerado de su investigación, sino de su eficacia, porque es tradicional que la policía japonesa sólo procede a capturar a los acusados de algún crimen luego de que las pruebas son absolutamente contundentes.
Las técnicas de investigación han recibido criticas en otros países, pues incluyeron la vigilancia de 150 personas de la secta, quienes fueron detenidas por infracciones menores y sometidas a intensos interrogatorios. Pero lo cierto es que hasta los norteamericanos miran con envidia el éxito japonés, sobre todo a la luz de sus propios problemas de terrorismo interno.
La captura de Asahara fue un ejemplo de organización. El martes, miles de agentes de la policía escenificaron un espectacular operativo que puso tras las rejas a 40 de los más altos dignatarios de la secta, con el objetivo de evitar en la medida de lo posible alguna acción retaliatoria de los miembros que quedaran en posibilidad de lanzarla. Pero esa posibilidad no está descartada, como tampoco lo está que los miembros de la secta (se dice que son unos 10.000) lancen una guerra de guerrillas contra el gobierno y la población civil, apoyados por la gran cantidad de gas venenoso que se supone tienen en su poder. En prevención de que ello pudiera ocurrir. 80.000 policías adicionáles han sido destacados exclusivamente para el efecto.
Otra posibilidad que contemplan las autoridades es el suicidio en masa de los miembros de la secta, por la enorme dependencia desarrollada alrededor de la figura del líder. Una mezcla de hinduismo y budismo, las enseñanzas de Aun Shirinkyo indican que en 1997 "una serie de acontecimientos de desconocida ferocidad y terror" destruirá al mundo, y Japón será arrasado por una guerra nuclear. Los miembros son sometidos regularmente a un régimen cercano a la inanición, deben pasar largas horas de meditación en estrechas habitaciones y usar una especie de casco eléctrico con el que pretenden sintonizar sus ondas mentales con las del líder máximo.
La existencia misma de una secta como esa es motivo de análisis por parte de los científicos sociales del Japón, y la tendencia más generalizada atribuye su surgimiento al vacío espiritual abierto en algunos sectores sociales en forma paralela al crecimiento económico del país.
La historia del propio líder parece muy diciente. Nacido hace 40 años en el sur rural, Asahara (cuyo nombre verdadero es Chizuo Matsumoto) creció con una vista muy precaria que motivó su ingreso en una escuela para ciegos. Allí se hizo realidad aquello de que 'en tierra de ciegos, el tuerto es rey' y Asahara se convirtió en el líder natural de sus compañeros. Es a ese antecedente al que los investigadores se remontan para explicar la compulsión de organizar un ambiente que recreara el de su escuela. Dotado con una gran elocuencia, el resto fue un esfuerzo intenso de mercadeo religioso en las mejores universidades del país. La semana pasada ese profeta del destino del mundo cayó por un detalle aparentemente insignificante: sus fieles le seguían comprando unos melones supercostosos a los que sólo él tenía derecho.

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