Martes, 21 de octubre de 2014

| 2013/07/06 03:00

El pueblo unido… contra el poder

En los cuatro puntos cardinales explotan revueltas capaces de tumbar gobiernos. Así se globalizó la rebelión.

EGIPTO, Plaza Tahrir - El Cairo. 03/07/2013 Cientos de miles de manifestantes celebran la caída de Mohamed Morsi.

La sonrisa es amenazadora, llena de confianza. La rodea un bigote negro y una barba algo diabólica. Los ojos se esconden debajo de dos grandes cejas oscuras. Esa cara tenebrosa tiene el don de la ubicuidad. Estuvo en Estambul en las revueltas contra el primer ministro turco, Recep Tayip Erdogán.


También la vieron en las calles de Brasil junto a millones de personas protestando contra la corrupción y el abandono de los servicios públicos. Ha pasado por Madrid, Nueva York, Londres o Túnez. Y hace unos días, ese mismo rostro invadió El Cairo para celebrar la caída del presidente islamista Mohamed Morsi.


Es la máscara de Guy Fawkes, un conspirador inglés del siglo XVI popularizado por la película V de Vendetta, el símbolo actual de la ola de revueltas, que sacuden el mundo desde 2011 y que en las últimas semanas ha puesto en jaque a los gobiernos de Turquía, Brasil y Egipto. 


Aunque cada rebelión obedece a problemas internos, más allá de que pasen en democracias o dictaduras, en países ricos o pobres o sean protagonizadas por brasileños o árabes, el mundo huele a gases lacrimógenos, grita con una misma voz, abraza causas comunes, vive problemas similares y definitivamente entró en una edad de agitación.


Como dijo, con un dejo de teoría de la conspiración, el propio Erdogan: “Lo que pasa en Estambul es el mismo juego de Brasil, los mismos símbolos, los mismos afiches. Twitter, Facebook, los medios internacionales están controlados por el mismo centro. Quieren hacer en Brasil lo que no pudieron en Turquía”.


El primer ministro turco tiene razón al señalar que la hoguera debe su vigor a internet. El activista egipcio Wael Ghonim explicó en su libro Revolución 2.0 que cuando empezaron las protestas contra Hosni Mubarak en 2011, en su oficina en Dubái vio fotos de las fuerzas de seguridad asesinando un joven. Las subió a Facebook y la víctima se volvió un símbolo de los abusos de la dictadura. Al poco tiempo se tejió en internet una imparable red de militantes que publicaban material, organizaban marchas y que logró neutralizar la propaganda gubernamental.


La experiencia de brasileños o turcos es similar. La revolución es ahora tuiteada, etiqueteada, compartida, ya nadie necesita un medio para ser noticia o citar gente. El levantamiento se retroalimenta con imágenes que se vuelven virales e incitan a más personas. 


El 17 de junio, cuando la movilización empezó a tomar fuerza en Brasil, se intercambiaron 100.000 trinos por hora sobre la agitación, una bola de nieve imparable. Pero sobre todo la gente se da cuenta que no está sola y que millones piensan como ella. 


Las redes también permiten que los movimientos se inspiren unos en otros, aprendan y se comuniquen. Lo que pasó en Túnez tuvo un impacto sobre el mundo árabe. En Madrid florecieron pancartas que incitaban a “caminar como un egipcio” (por el hit ochentero Walk Like an Egyptian). Las carpas de  los Occupy eran las mismas que las del 15M. 


Sin embargo, si las redes sociales potencian la movilización, no las explican del todo. Hay un detonador, muchas veces insignificante, que dispara la protesta y revela el malestar. El 17 de diciembre de 2010 marca el primer estallido de la ola. Ese día Mohamed Bouazizi, un joven vendedor ambulante tunecino, se inmoló después de que las autoridades le confiscaran su carretilla. No era la primera vez que alguien se levantaba contra la Policía, pero la rabia se apoderó del país y tumbó al dictador Zine El Abidine Ben Ali. 


En Estambul la defensa de 600 árboles en la plaza Taksim se volvió una lucha contra el autoritarismo y la islamización impulsada por Erdogan. En Sã o Paulo el aumento de 20 centavos de real en los pasajes de transporte público inundó a Brasil. El movimiento Passe Livre, que llamó a oponerse al incremento, ya había organizado manifestaciones, pero nunca reunieron más de 2.000 personas. En 2013, millones los respaldaron. Y esa chispa espontánea, imposible de reproducir, es una incógnita que pocos logran explicar. 


Para el politólogo Francis Fukuyama lo que une las rebeliones es el crecimiento de las clases medias, que serán 3.200 millones de personas al final de la década. Escribió en The Wall Street Journal que “no son los más pobres los que las  lideran, sino jóvenes con ingresos y educación superiores al promedio, conectados a la tecnología y las redes”. Eso fue claro en Brasil donde 79 por ciento de los manifestantes ganaban por lo menos dos veces el salario mínimo. 


Según Fukuyama, la clase media no se puede definir solo por sus ingresos, sino también por su trabajo, por su nivel educativo, por sus propiedades, por sus expectativas. Cita varias encuestas globales que demuestran que entre más estudia alguien, más valora la democracia, la tolerancia, las libertades. 


En Turquía y Egipto el temor de ver una sociedad autoritaria, cerrada, islamizada lanzó a millones de cristianos, musulmanes y laicos a las calles. Fukuyama concluye que la clase media no solo quiere seguridad sino también oportunidades. Y si el poder falla en dárselas, van a buscarlas a como dé lugar. 


El análisis de Samuel Huntington, otro de los grandes politólogos contemporáneos, también explica las revueltas por el aumento de la clase media. Cuando las sociedades viven cambios económicos rápidos, como los de Brasil y Turquía, el gobierno no alcanza a responder a las expectativas creadas por el mejor nivel de vida. Quieren un sistema de salud óptimo, una educación de calidad, buenos servicios públicos y el poder no es capaz de dárselos.


El analista venezolano Moisés Naím en El fin del poder  sostiene que “el poder está decayendo: es más fácil de obtener que antes, más difícil de usar y mucho más fácil de perder”, pues según dice “cada vez más gente tiene suficiente poder para interponerse en el camino de los que mandan, pero ya a nadie le alcanza el poder para dirigir solo”.


Sin cara, pero con causas


¿Cómo descabezar un movimiento espontáneo, que no tiene líderes visibles? La pregunta debe rondar por la mente de más de un dirigente. Pues si en algo se parecen las masas del Cairo, Istanbul o São Paulo es ese levantamiento sin cara, sin cadena de mando, autónoma, caótica y a veces contradictoria. 


Es una de sus grandes fuerzas que además condenó al pasado a partidos políticos, sindicatos y gremios que tradicionalmente canalizaban la agitación. Sus estructuras rígidas y verticales les restaron capacidad de reacción y siempre llegan tarde a la movilización, persiguiendo un poder que ya no tienen. 


Pero esa falta de objetivos concretos, de canales hacia el poder, de estrategias es una de las grandes debilidades de las protestas globales. En Estados Unidos o en España la fuerza de ocupas e indignados se esfumó. En Egipto, millones se movilizaron para tumbar a Mubarak. Después no se pusieron de acuerdo sobre un proyecto político y ahora el golpe de Estado contra Morsi condena el país a un camino incierto y oscuro. 


Pero, por ahora, es muy pronto para pronosticar qué impacto tendrán estos movimientos. Hay una fiebre revolucionaria que contagia el mundo como en 1848.  Ese año un tsunami barrió a Europa, con estallidos en Francia, Prusia, Sicilia, Milán, Suiza, Dinamarca, Hungría, Rumania, Polonia, Bélgica y Austria. Como ahora, en las barricadas se unieron estudiantes, artesanos y liberales contra el absolutismo y la falta de oportunidades. 


En 1848 el sueño colapsó y dejó gobiernos aún más conservadores. Como en Egipto, con una revolución que dio paso a un régimen islamista y ahora militar, o en España, donde los Indignados no evitaron que volviera el Partido Popular al poder. 


Pero 1848 dejó claro que los europeos no iban nunca más a dejar que los gobernara una monarquía absoluta. Y eso lo saben muchos egipcios, turcos y brasileños que piensan que los cambios apenas empiezan, que ya conocen sus fuerzas y ya nadie les podrá quitar ese poder. Y eso es ya de por sí una gran revolución. Pues como dice Guy Fawkes en V de Vendetta, “detrás de esta máscara hay algo más que solo piel. Detrás de esta máscara hay una idea...y las ideas son a prueba de balas”.


El tsunami revolucionario 


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