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| 9/17/2011 12:00:00 AM

El puño de acero

A pesar de denuncias por violar los derechos humanos en los ochenta, el exgeneral Otto Pérez está a un paso de ser presidente gracias a su promesa de "mano dura".

"Voy a trabajar contra los narcos y la pobreza en Guatemala". Las palabras de Otto Pérez son secas, cortantes y precisas, una herencia de sus 34 años en los cuarteles. Aunque usa jeans, polos anaranjados y trata de mostrar una faceta más "civil", si está ad portas de la Presidencia de Guatemala es por sus galones. Pero ese pasado de oficial de un ejército que masacró a miles de personas en la guerra civil de los ochenta asusta a muchos.

Otto Pérez, de 60 años, conquistó la semana pasada, con su Partido Patriótico, 37 por ciento del electorado guatemalteco. Estuvo muy por encima de Manuel Baldizón, un abogado multimillonario que sacó 26 por ciento de los votos y que prometió llevar la selección de fútbol de Guatemala al Mundial de 2014 y restablecer la pena de muerte, pero ha sido denunciado por sus relaciones con narcotraficantes. Se trata de un programa sin sentido y populista, que difícilmente va a obstaculizar la llegada al poder del exoficial en la segunda vuelta del 6 de noviembre.

El general Pérez, como era conocido antes de retirarse del Ejército, en 2000, fue director de Inteligencia, alto oficial de contraguerrilla y alumno de la Escuela de las Américas, donde Estados Unidos entrenó a muchos militares latinoamericanos en tácticas de guerra sucia. Por ese pasado, Pérez ha sido acusado de todo tipo de crímenes, como el del obispo Juan Gerardi en 1998, que conmocionó a su país. También se dice que planeó un atentado contra el general-presidente Efraín Ríos Montt y que es agente de la CIA. Esas incriminaciones se deben más a los rumores que a las pruebas.

Pero para muchos guatemaltecos las mayores sospechas sobre Pérez recaen en su actuación en la guerra civil de los ochenta, que dejó más de 200.000 muertos. Entre 1982 y 1983, Pérez, entonces mayor, sirvió en la región de Nebaj, donde se registraron por lo menos seis masacres de campesinos. Aunque hay pocos testimonios que lo incriminen, hace unos meses un viejo documental estadounidense volvió a salir a la luz. Allí se ve un joven Otto Pérez delante de cuatro cadáveres de guerrilleros, leyendo en voz alta un cuaderno capturado con consignas comunistas. Un soldado les comenta a los periodistas: "Solo los trajimos y los presentamos con el mayor y él los interrogó, pero no, ni por las buenas ni por las malas dijeron nada". El video no demuestra que Pérez violó los derechos humanos, pero sí siembra dudas.

La Embajada de Estados Unidos compartía esa desconfianza en 1994, pues en un cable publicado por el medio guatemalteco Plaza Pública escribía: "En general, sus objetivos son democráticos (...). Al mismo tiempo, sus raíces, sobre todo del círculo más íntimo, salen del interior de las filas de la D-2 (inteligencia del Ejército) y sus antecedentes se remontan a los días más sangrientos. Son progresistas que crecieron con las manos manchadas de sangre, aunque no tenemos información directa que sugiera que el coronel Otto Pérez haya estado involucrado, no se puede decir con autoridad que este grupo de oficiales no sigue influenciado por su pasado". Por eso la premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú, quien también era candidata presidencial, denunció que el círculo político de Otto Pérez está compuesto por "exmiembros de la G2, que creaban grupos paramilitares".

Pérez propone combinar la Seguridad Democrática de Álvaro Uribe, del que se inspiró para su eslogan "Mano dura, cabeza y corazón", y las propuestas sociales de Luiz Inácio Lula da Silva. Esa es la receta que él, y gran parte del electorado guatemalteco, cree necesaria para acabar con una tasa de 50 asesinatos anuales por cada 100.000 habitantes, superior a las de países como Afganistán o Irak. Con 10.000 militares más, videovigilancia, nuevas leyes de criminalidad juvenil y un aumento del gasto en seguridad, Pérez promete acabar con Los Zetas y las pandillas, que tienen a Guatemala al borde de ser un Estado fallido. Sin embargo, con la violencia que azota a ese país, muchos prefieren cerrar los ojos y están dispuestos a dejarse tentar por remedios que pueden ser peores que la enfermedad.

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