Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2001/10/15 00:00

El quinto presidente

La crisis de Argentina no termina. Y su nuevo presidente, Eduardo Duhalde, no parece garantizar que los problemas vayan a terminar pronto.

El quinto presidente

Desde la edicion de fin de año de SEMANA hasta la primera de 2002 hubo cinco presidentes en Argentina. El último, Eduardo Duhalde, debe todavía demostrar que es capaz de superar a su antecesor, Adolfo Rodríguez Saá, y mantenerse en el cargo más de una semana. Los cacerolazos, que empezaron a sonar en la puerta del Congreso en el justo momento en que era electo por la Asamblea Legislativa, hacen pensar que le va a ser bastante difícil lograrlo. Ironías de la vida: este dirigente peronista de la provincia de Buenos Aires, la más rica del país, que perdió las elecciones de 1999 frente a Fernando de la Rúa, cumplió el sueño de llegar a la presidencia, pero por la puerta de atrás, para completar el mandato del hombre que lo derrotó. En un primero de enero poco común SEMANA estuvo presente en los debates de la Asamblea Legislativa que terminaron encumbrando a Duhalde. En el derruido y gastado edificio del Congreso, una clase política derruida y gastada buscaba resolver el lío en que se había metido una semana antes al elegir al gobernador de una pequeña provincia como presidente, sólo para reemplazarlo unos días después. Adolfo Rodríguez Saá, que sucedió a De la Rúa el 23 de diciembre, hizo todo mal. Cuando el país necesitaba la sobriedad de un cirujano ante un enfermo agonizante Rodríguez Saá lució en su posesión una sonrisa de oreja a oreja mientras se daba besos con toda la parentela traída de su provincia, San Luis, al compás de los acordes de la ‘Marchita peronista’, acompañada por el bombo del ‘Tula’, un personaje muy conocido que dirige la barra brava del Boca Juniors. Unos días después Rodríguez Saá se abrazó con ‘los gordos’, los dos desacreditados dirigentes de las centrales sindicales, otra vez con la ‘Marchita’ de fondo. En su brevísimo mandato el líder regional molestó a todos y no satisfizo a nadie. Le correspondió decretar lo inevitable, la moratoria en el pago de la deuda externa, pero no se detuvo allí. Elegido por 60 días hasta la realización de elecciones el 3 de marzo, ‘Don Adolfo’ le agarró el gusto a la cosa y pretendió prolongar su mandato hasta la fecha en que terminaría el período constitucional de De la Rúa en 2003. Tomó algunas medidas populares, como imponer un tope de 3.000 pesos para todos los salarios del Estado, la venta del avión presidencial y de todo el parque automotor, pero hizo promesas imposibles de cumplir como la creación de un millón de empleos en un mes y la emisión de 15.000 millones de ‘argentinos’, la supuesta nueva moneda que nunca vio la luz. Con temperaturas superiores a los 30 grados esa fatal semana entre la Navidad y el Año Nuevo crispó los nervios de la gente: los jubilados se desmayaban en las puertas de los bancos, los trabajadores hacían filas de cuatro horas para cobrar sus sueldos, la gente intentaba sacar los 250 pesos semanales permitidos o pagar servicios, descubriendo las penas y las alegrías de la convertibilidad, que de buenas a primeras trocó en dólares todas sus deudas en pesos, para que luego los dólares desaparecieran del mercado y duplicaran su valor. El atribulado propietario de una tarjeta de crédito, que gastó 100 pesos-dólares, se encontró con que debía pagar 100 dólares, que a estas alturas ya costaban 150 pesos. La gota que colmó el vaso fue la decisión de la desprestigiada Corte Suprema de anular el fallo de un juez que le permitió sacar a un ciudadano los 200.000 dólares ahorrados en el banco, decisión que, de ser imitada por otros jueces, provocaría la debacle del sistema financiero. Esa misma Corte, la de los amigos del ex presidente Carlos Menem que lo liberaron de la prisión impuesta por la causa del contrabando de armas, se convirtió en el blanco de la furia de los manifestantes, que salieron a exigir su inmediata disolución. Las cacerolas y cucharas, que el 20 de diciembre pusieron fin al gobierno de Fernando de la Rúa, volvieron a entonar su melodía que todo lo subvierte. El 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, decenas de miles de personas se lanzaron de nuevo a las calles. Crisis de gobernabilidad Cuando De la Rúa inició todo en diciembre la oposición peronista impuso elecciones en 60 días con el argumento de que la población no aceptaría ningún presidente que no fuera elegido por las urnas. El peronismo se guardó entre el bolsillo a sus presidenciables y sacó de las reservas a una figura de segundo orden, como Rodríguez Saá, para la transición. La renuncia de éste el 30 de diciembre y la inmediata salida de su sucesor legal, Eduardo Caamaño, renovó la crisis de gobernabilidad. Entonces los jerarcas justicialistas sacaron a escena al peso pesado del partido, Eduardo Duhalde, ahora para decir que no se necesitan elecciones anticipadas, que lo que la gente quiere es un gobierno estable y que Duhalde debe mantenerse, si lo logra, hasta 2003. A diferencia de la dividida y cuestionada elección de Rodríguez Saá, Duhalde obtuvo 262 votos en la Asamblea Legislativa (las dos cámaras juntas) y apenas 21 votos en contra y 18 abstenciones. Duhalde logró unificar al dividido peronismo y acallar las aspiraciones de otros presidenciables, ganó el apoyo del abatido radicalismo, que abandonó el poder en diciembre, y de las corrientes de centro. Aunque ya no se sabe si es demasiado tarde Duhalde presentó un gobierno de coalición nacional, tratando de dar cabida en su gabinete a los radicales y a las distintas corrientes de su partido. El ‘ciudadano crítico’ La diputada Elisa Carrió, de la Alianza para una República de Iguales (ARI), tercera fuerza electoral del país, dijo a SEMANA que el problema “va más allá de la gobernabilidad. El problema es de la legitimidad de todo el régimen pues estamos todos cuestionados”. Carrió dice que “la sociedad está pariendo algo nuevo” y, como todo parto, es con dolor. Efectivamente, el cuestionamiento de la ciudadanía no se reduce a la gestión de un presidente. Se extiende al Parlamento, profundamente desacreditado; a la Corte Suprema de Justicia, como lo demostró el último cacerolazo, y a toda la vieja clase política peronista y radical que ha gobernado el país en los últimos 50 años. El sociólogo Enrique Zuleta Puceiro, de la encuestadora Ibope, dio su interpretación a SEMANA: “La política está a la defensiva porque el sistema de partidos no refleja los alineamientos reales de la sociedad”. El otro fenómeno es el de la “ciudadanía crítica”, algo muy estudiado en Estados Unidos y Europa, dice Zuleta Puceiro. “Se ha generado una ciudadanía altamente crítica, parada sobre sus pies, muy escéptica, que tuvo su bautismo de fuego en las elecciones del 14 de octubre con el voto castigo”. Zuleta Puceiro cree que este fenómeno no es relativo a la Argentina sino a toda América Latina. El otro problema es institucional, pues en Argentina rige un sistema presidencial sin atenuantes que como tal sólo existe en Estados Unidos. En Argentina los presidentes “conjugan los verbos del poder en primera persona. Es un absolutismo ineficaz”, comenta el sociólogo, temeroso de que “el error se haya vuelto a cometer”. Pruebas de fuego Duhalde tiene por delante una prueba de fuego: la salida de la convertibilidad, que desde hace 10 años ata el peso al dólar, y la devolución de los depósitos que se quedaron en el ‘corralito’ bancario. Un importante analista financiero explicó a esta revista que el 99 por ciento de los ahorros atrapados en el corralito corresponden a depósitos de menos de 50.000 dólares en manos de unos 13 millones de cuentas. El año pasado se fugaron del país 26.000 millones de dólares, cifra similar a los 26.000 millones de dólares que deben las empresas más endeudadas del país, con lo cual se cierra la ecuación: el traspaso del dinero de los pequeños ahorradores a los grandes deudores que sacaron el dinero del país. El problema es cómo devolver esos ahorros, en qué moneda y a qué cotización. ‘Pesificar’ los depósitos terminaría con el gobierno en pocas horas. Pero con un país entero endeudado en dólares el gobierno puede caer agobiado por los reclamos de todos los que corren el riesgo de perder su casa ante la imposibilidad de pagar la hipoteca en la divisa norteamericana. Duhalde va a tener que correr mucho para escapar de la furia de los 13 millones y medio de ahorradores que se sienten estafados y de los millones de endeudados en dólares. Por ello la perspectiva es muy difícil. El analista político Atilio Borón cree que si en tres semanas Duhalde no da una salida a estos problemas está terminado. Para Zuleta Puceiro, si bien Duhalde supo interpretar mejor que De la Rúa y Rodríguez Saá la necesidad de hacer un gobierno de coalición, y tiene el apoyo de peronistas y radicales, su debilidad es que quien gobierna en Argentina es la opinión pública. “El de Duhalde es un gobierno de facto, no porque sea un golpe militar sino porque no tiene el peso de los votos. El voto se lo dieron los diputados, una institución muy desprestigiada. Por eso un error milimétrico de Duhalde puede ser kilométrico”.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.