Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1988/06/06 00:00

EL RABO DE PAJA

El hombre fuerte de Panamá podría definir las elecciones de Estados Unidos

EL RABO DE PAJA

Como a casi todo el mundo, a los políticos les sale tarde o temprano su rabo de paja, y de ello no se escapa el proceso electoral norteamericano. Pero allí el incómodo apéndice tiene forma de sombrero panameño, un rostro picado de viruelas y se llama Manuel Antonio Noriega.

Para los observadores estadounidenses, quien debe tener mayor cuidado en acercarse a la candela es el vicepresidente George Bush, a quien muchos recuerdan sus extraños tratos con el hombre fuerte de Panamá. Según parece, los asesores del virtual candidato republicano le han alejado de cualquier compromiso concreto para adelantar un debate televisivo con sus más seguro oponente, el demócrata Michael Dukakis. Cada vez que ese punto se pone sobre el tapete, detalles como lugar, tiempo y modo se convierten en asuntos vitales, lo que ha llevado a pensar que el vicepresidente está ganando tiempo para evitar finalmente y del todo la confrontación directa.

Aunque los televidentes norteamericanos quisieran tener ese plato fuerte electoral, que en ocasiones anteriores le ha puesto picante a un proceso que por largo se torna aburrido, pocos analistas consideran sorpresiva la actitud de Bush: desde su punto de vista, puede resultar muy preocupante que su contendor le haga algunas preguntas de difícil respuesta.
En efecto, al vicepresidente Bush les deben estar asaltando en su sueños muchos fantasmas nacidos del famoso escándalo de venta de armas a Irán. En ese entonces logró a duras penas mantener su imagen relativamente indemne, a costa de sostenerse en su pretendida ignorancia de aspectos claves del affaire, una salida que dejó muchas cejas levantadas por la incredulidad.

Pero en lo que hay acuerdo entre los observadores es en que lo que puede hacerle mayor daño a la campaña de Bush son los recuerdos de sus relaciones con Noriega. Esas grietas del pasado del vicepresidente se remontan a la época en que era director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) durante el gobierno de Gerald Ford. Desde ese periodo el hombre fuerte del Istmo estaba en la nómina de la "compañía", que lo usaba como informante "desde dentro" del complejo mundo de la política centroamericana y del Caribe. Que Bush no conociera desde el centro mismo de la Inteligencia norteamericana las andanzas de Noriega, o al menos sospechara los negocios raros del general, en especial como protector de operaciones de narcotráfico, resultaría muy dificil de explicar en forma convincente.

Con semejantes antecedentes, no resultaria dificil que un eventual contendor de debate le preguntara a Bush cómo había convertido a Noriega, luego de una reunión en su propia oficina de Washington a finales de 1983 en figura clave del suministro de armas a los contras nicaraguenses sin sospechar siquiera que esa misma red de transporte subrepticio podría, como en efecto ocurrió, convertirse en el medio ideal para introducir cocaína en grandes cantidades a los Estados Unidos.

Lo que complica más a Bush es que aún antes de la operación Iráncontras, ya se había establecido un eslabón entre el suministro de armas a los contra-revolucinarios nicaraguenses y el tráfico de drogas. Según un informe del noticiero ABC News Report, con este esquema inicial "norteamericanos e israelíes proveyeron armas a los contras y con la misma red contrabandearon drogas en los Estados Unidos" en una operación en la que estuvo, según el noticiero, involucrado directa y personalmente Noriega. Aunque Bush no fue mencionado en ese informe, sí apareció un tal Félix Rodríguez, cubano-norteamericano muy allegado a la vicepresidencia y quien habría mantenido al vicepresidente estrechamente informado del desarrollo de la operación. Esto ha sido negado vehementemente por los allegados al candidato, pero en este esfuerzo han incurrido en reiteradas contradicciones e inexactitudes.

Semejantes enredos han llevado a Noriega a convertirse, de mandamás de una pequeña nación centroamericana, en árbitro de las elecciones de una de las dos superpotencias mundiales. Según Tom Wicker columnista de The New York Times, Noriega ha llegado a decirles a norteamericanos de visita en Panamá que "si quisiera podría dañar la campaña presidencial de Bush" y cambiar el curso de las elecciones.

Si del lado de Bush las preocupaciones son grandes, los demócratas tampoco las tienen todas consigo. A pesar de tener a su alcance un arma tan demoledora contra el vicepresidente, algunos analistas consideran que no pueden usarla tan contundentemente como quisieran. La razón es que la vista gorda con Noriega se estrenó desde el gobierno demócrata de Jimmy Carter, razón por lo cual cualquier ataque en ese sentido podría resultar un tiro por la culata.

Según parece, la administración Carter le daba a la firma de los tratados sobre la devolución del Canal tal importancia, que las actividades non santas de Noriega y el entonces hombre fuerte Omar Torrijos eran consideradas un inconveniente menor. Uno de los asuntos que el gobierno norteamericano conocía desde entonces con toda certeza era el asesinato del sacerdote colombiano Héctor Gallegos, a quien el 9 de junio de 1971 se habría lanzado vivo desde un helicóptero--en el que habría estado el propio Noriega--para evitar que el levita siguiera con la organización de una cooperativa campesina que amenazaba las finanzas de un amigo de aquél. Según un reciente informe del diario Washington Post, el gobierno de Carter a pesar de disponer de pruebas suficientes, pasó por alto el asesinato y otro buen número de incidentes de talla parecida, e incluso llegó a evitar la presentación de cargos contra Noriega en los Estados Unidos. Por esas razones, el asunto Noriega podría pasar por el proceso electoral norteamericano "sin romperlo ni mancharlo", pues a ninguno de los candidatos le resultaría buen negocio adentrarse demasiado en el tema.
Porque en esta materia, parece confirmarse aquello de que "el que esté libre de culpa, que tire la primera piedra". --

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