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| 1/18/2014 2:00:00 AM

Los brasileños sin derecho a ‘vitrinear’

Miles de jóvenes se están tomando los centros comerciales lujosos de Brasil, un espacio del que están vetados por ser pobres y negros. La represión contra estas manifestaciones pacíficas muestra que el racismo en Brasil sigue vivo.

Brasil muchas veces pretende ser la sociedad multicultural perfecta, donde conviven en un mestizaje armonioso blancos, negros, indígenas, mestizos y asiáticos. Sin embargo, la realidad muchas veces contradice el mito fundacional. Desde hace seis semanas, en una protesta pacífica y masiva, miles de jóvenes brasileños negros y pobres se están tomando los centros comerciales más elegantes y pudientes de São Paulo. Y claro, los más excluyentes. Su mensaje es uno solo: no más discriminación.

Los rolezinhos (‘encuentros’ en portugués) se están volviendo un fenómeno incontrolable, que une a la juventud pobre para sentirse por primera vez parte de esa brillante y opulenta sociedad del consumo. Mediante una convocatoria en redes sociales, miles de adolescentes se reúnen en estos templos de la compra para divertirse –zoar como ellos le dicen– y pasar la tarde en un centro comercial.

El primer rolezinho de este año fue el pasado 14 de enero. Ese día, Jefferson Luis, de 20 años, invitó a sus amigos a participar. La cita era en el centro comercial Guarulhos. Cientos de jóvenes llegaron cantando estribillos del funk de ostentação, un género muy popular en las favelas, que evoca el consumo, el lujo y el placer. “Vida es tener un Hyundai y una moto Hornet, diez mil para gastar en Rolex”, resonaba en los pasillos del complejo, mientras compradores y vendedores miraban con espanto. Aunque no hubo robos ni disparos y ninguno de los participantes tenía drogas, 23 de ellos fueron llevados a la comisaría sin justificación. “No iba a ser una protesta, iba a ser una respuesta a la opresión. Uno no se puede quedar en casa encerrado” dijo Luis, cuando los medios locales se escandalizaron con la noticia.

Lo mismo pasó al día siguiente en el Shopping Interlagos, donde varios jóvenes funkeiros que se encontraban en su interior se vieron obligados a salir ante la presión de la Policía Militar. El pecado por el que se les juzgaba era estar en el lugar equivocado. Porque en São Paulo, así como en muchas ciudades de Brasil, todavía se marcan las fronteras entre negros y blancos. Como dicen allá: “Cada macaco no seu galho” (cada mico en su rama). Para frenar este fenómeno, seis centros comerciales lograron el apoyo de la Justicia para cerrar sus puertas y reservarse el derecho de admisión.

Los llamados clase C, o nueva clase media, que ascendió gracias a los programas sociales del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, no tienen cabida en los exclusivos almacenes de la elite blanca. Por eso dicen que los jóvenes pobres de Brasil solo van a estos lugares a robar. Pero lo que pocos saben es que a ellos les robaron hace mucho tiempo el derecho a consumir.

Divertirse por fuera de las favelas no es una opción. El problema, es que hay muy pocas alternativas de entretenimiento en los suburbios. São Paulo tiene más de 20 millones de habitantes y 13 de sus 96 distritos ni siquiera tienen zonas verdes. Para los funkeiros, su ciudad debe reducirse a los límites en donde encajan. La discriminación sigue viva ya no solo en las calles y en las plazas públicas. El fantasma del racismo persiste y con fuerza. De acuerdo con un informe de la organización Social Watch: “La tasa de homicidios para las víctimas de entre 15 y 25 años también refleja las inequidades, pues la de afrodescendientes casi duplica la de los blancos.” Los negros son también más pobres, más desempleados, más analfabetas y viven menos que el resto de la población.

Lo que hoy se vive en São Paulo es una revolución silenciosa que ya se está expandiendo a Río de Janeiro, Salvador de Bahía, Belo Horizonte y otras ciudades, mientras el país recuerda las manifestaciones masivas de mediados de 2013 y se prepara para ser anfitrión de la Copa Mundo. “Necesitamos mirar hacia las clases medias y altas y hacia los crímenes que, históricamente, han sido cometidos contra los más pobres para proteger el consumo de los ricos” señaló el antropólogo Alexandre Barbosa Pereira en una entrevista para el diario español El País. Pero más allá de las deudas históricas, algo muy diciente está pasando cuando el solo hecho de entrar a un centro comercial ya es sinónimo de protesta.
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