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| 6/11/2011 12:00:00 AM

El régimen del miedo

Las obstinadas protestas de los sirios, a pesar de la sanguinaria represión del régimen, y las dudas crecientes sobre la lealtad de algunos soldados muestran a un Bashar al-Assad cada vez más débil.

"Bienvenidos a Turquía". Este simple cartel en la aduana de Yayladagi, un pueblo en el sur del país, es para miles de sirios sinónimo de salvación. Desde el domingo pasado, por lo menos 2.000 refugiados cruzaron la frontera, huyendo de las tropas y de los tanques del Ejército de Bashar al-Assad, el presidente de Siria, que anunció un sangriento contraataque contra la ciudad de Jisr al-Shugur, para vengar la muerte de 120 policías y soldados.

Pocos saben qué pasó en esta villa agrícola, en el norte de Siria, pues el gobierno prohíbe la presencia de los periodistas extranjeros o independientes. El sábado, entre diez y treinta manifestantes murieron por las balas de vehículos blindados y helicópteros del Ejército. En su funeral se reavivaron las protestas y a partir de entonces las informaciones han sido contradictorias. El gobierno sostiene que sus tropas fueron emboscadas por "grupos fuertemente armados" que ametrallaron camiones, volaron el edificio de correos y mataron a 120 militares. Pero habitantes y organizaciones sirias de derechos humanos alegan que en realidad decenas de soldados se amotinaron, indignados por la orden de acribillar civiles, y un cruento combate estalló entre las fuerzas leales a Al-Assad y los desertores.

En cualquier caso, la masacre de Jisr al-Shugur y los miles de refugiados que huyen de Siria marcan un giro. El bloguero conocido como 'Mustapha' escribió en Beirut Spring, uno de los blogs más fiables de la región: "Este es uno de los eventos claves que tienen el potencial de explicar la naturaleza sobre lo que está pasando en Siria. Dependiendo del punto de vista, significa o que una guerra civil empezó en Siria o que el gobierno está cada vez más desesperado y mata a sus propios soldados". La pregunta es si las fuerzas de seguridad, sobre las que el clan Al-Assad asentó su poder, siguen leales. En Egipto, cuando el Ejército le dio la espalda a Hosni Mubarak, la dictadura cayó. Pero el riesgo de un conflicto interno también es latente, pues en Siria convive una mayoría de musulmanes sunitas con minorías chiitas, cristianos, kurdos, beduinos y cerca de 400.000 refugiados palestinos. El miedo de muchos es que sin la dictadura de Bashar al-Assad, que sofoca cualquier reivindicación nacionalista, religiosa o política, el mosaico sirio se parta en mil pedazos.

Para el dictador es, sin duda, el momento más crítico desde que a finales de enero pasado en Damasco, la capital, y en ciudades como Homs, Baniyas o Alepo, miles de personas decidieron salir a las calles para pedir un cambio de régimen. Desde 1970, primero con Hafez, y a partir de 2000 con su hijo Bashar, la familia Al-Assad se aferra al poder. En tres meses se calcula que más de 1.200 civiles han sido asesinados. El gobierno se ha valido de todos los medios para ahogar las protestas: terror, represión, tortura, encarcelamientos masivos, la estrategia de Al-Assad para evitar concentraciones masivas como en Túnez o El Cairo e imponer el miedo.

La semana pasada, el papa Benedicto XVI llamó al fin de la violencia, varios gobiernos occidentales rompieron sus relaciones con Damasco y en la ONU, Gran Bretaña y Francia presionan para que se adopte una resolución de la ONU que condene a Siria. Los rusos y los chinos aún se oponen a la propuesta, pero puede que se abstengan, como lo hicieron en el caso de Libia, si Al-Assad empieza a perder el control de su país.

En todos los frentes, el dictador se ve cada vez más débil. Como le dijo un residente de Damasco a la BBC, "la gente está muy asustada, estamos siendo intimidados por nuestro propio gobierno. Oímos tiros todos los días, nadie sale a la calle. Estamos ya desesperado y cansados". Es poco probable que los sirios aguanten mucho más.
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