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| 11/14/1994 12:00:00 AM

EL REGRESO DEL FENIX

A tiempo que se produce su regreso a Haití, el padre Jean Bertand Aristide despierta tanto entusiasmo como dudas.


EL PADRE JEAN-BERTRAND ARISTIDE ESPEraba el regreso desde el 30 de septiembre de 1991, cuando fue derrocado por una junta militar que borró, de un plumazo, el tímido ensayo de democracia en el país más pobre de América. El sábado pasado, cuando se disponía a regresar a su capital para reasumir por pocos meses el poder, las multitudes bailaban en las calles, convencidas de que, por fin, terminarían años de opresión para dar paso a la mañana de la libertad. No era para menos, pues el sacerdote regresaba con el aval de la fuerza invasora de Estados Unidos e incluso con la eventual presencia del secretario general de la Organización de Estados Americanos, Cesar Gaviria.
Pero en medio de los festejos por el "retorno de la democracia", no son pocos los haitianos de todas las clases sociales que cuestionan la figura del ex salesiano, y no por temor a su postura política de corte izquierdista, que podría ser una amenaza para los intereses de la elite económica y social de Haití, sino porque durante su permanencia en el poder, Aristide no dio muestras de una actitud más benévola que la de militares como el hoy exiliado en Panamá, Raoul Cedras.
Lo cierto es que, en medio de la euforia por la reincorporación de Aristide al gobierno, ha sido muy notorio el silencio de la jerarquía católica sobre el proceso, y lo que es más, el Vaticano es el único Estado del mundo que reconoció y estableció vínculos con el gobierno de facto de Haití.
Las relaciones de Aristide con la jerarquía fueron malas desde su ordenación como salesiano en 1982. Como miembro de esa orden, Aristide desplegó un celo "excesivo" por los pobres y desamparados, quienes serían sus futuros electores. Aristide desarrolló vínculos mucho más fuertes con las comunidades denominadas en creole "Tilegliz" o "Pequeña Iglesia", que, inspiradas por la teología de la liberación, han surgido en los últimos 15 años en el país. Se trata de expresiones que "luchan por la justicia, los derechos humanos y la vida, algo que está el la agenda fundamenteal del padre Aristide" dijo uno de sus partidarios.
Ese tipo de aproximación política a la religión resulta incómoda a la jerarquía, y fué lo que en 1988 determinó la expulsión de Aristide de los salesianos. El documento en el que se consigna esa decisión, sostiene que Aristide se había involucrado "en la incitación de la violencia y en la glorificación de la lucha de clases", y le acusaba de "profanación de la liturgia " y de "falta de seguridad y de una adecuada conciencia sacerdotal y religiosa". En otro aparte, el documento sostiene que "El padre Aristide ha preferido siempre distanciarse de las demandas concretas de la comunidad, para convertirse en un protagonista de la desestabilización de la comunidad de los fieles".
Esa disputa podría, sin embargo, enmarcarse dentro de la pugna ya conocida entre clérigos de avanzada y las posiciones conservaduristas de la Iglesia. Otras denuncias, no obstante, van más allá, pues se afirma que Aristide estaba dispuesto a entronizar a su movimiento, 'Laválas', por encima de cualquier otra institución, y a cualquier costo, así fuera sangriento.
Las denuncias sostienen que mientras estuvo en el poder, Aristide no sólo desató su propia represión contra sus adversarios, sino contra los propios políticos que lo apoyaron electoralmente. En un caso muy sonado (pero hoy en un conveniente olvido) turbas pro-Aristide destruyeron las oficinas de sus aliados, el Frente Nacional para la Democracia y el Cambio, y de la Federación Autónoma de Trabajadores de Haití, para asegurarse de que sus representantes no votarían a favor de una moción de censura a un ministro del gabinete. En esa ocasión los vándalos amenazaron con aplicar el suplicio `Pere Lebrun' a uno de los funcionarios políticos, un bárbaro procedimiento mediante el cual se pone una llanta alrededor del cuerpo del desdichado y se le prende fuego. En el célebre discurso del 27 de septiembre de 1991, Aristide se refirió al 'Pere Lebrun' como "qué bello instrumento, qué hermosa herramienta. ¡Si ustedes atrapan a alguien que no deba estar allí, no duden en aplicárselo!".
Esas consideraciones han hecho renacer el temor de que,cualquiera que sea la política que se aplique a Haití para restaurar el concepto convencional de `democracia', nada de lo que se haga tendrá éxito mientras no exista un cambio profundo de mentalidad entre los propios haitianos, cuyo concepto del poder, la sociedad y los derechos humanos, parece estar en contravía de los generalmente aceptados. Hoy resulta importante recordar que entre 1915 y 1934, tropas de Estados Unidos controlaron a Haití en un intento por establecer una sociedad viable, pero se retiraron ante el fracaso evidente de su misión. Para investigar las causas del fracaso, se organizó la llamada Comisión Forbes, y sus conclusiones son aplicables hoy como entonces: la culpa la tuvo la incapacidad de los estadounidenses para entender a Haití tal como realmente es.
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