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| 1/25/2009 12:00:00 AM

El renacimiento

Con su discurso y su decisión de prohibir la tortura y cerrar Guantánamo, Obama presagió el regreso a los ideales de Estados Unidos., 99450

En la mañana del jueves 22 de enero, menos de 48 horas después de posesionarse como presidente de Estados Unidos de América, Barack Obama decretó el fin de la "guerra total contra el terrorismo", impulsada por su predecesor George W. Bush.

Con cuatro directivas presidenciales, Obama ordenó el cierre inmediato de las cárceles clandestinas de la CIA en el exterior y de la prisión de Guantánamo en máximo un año, revocó las opiniones legales que justificaban saltarse el debido proceso cuando se trataba de presuntos terroristas y, más significativo aun, prohibió la tortura.

Ya lo había advertido Obama en su discurso inaugural: "En cuanto a nuestra defensa común, rechazamos como falsa la opción entre nuestra seguridad y nuestros ideales". Para Bush y compañía, el fin -la defensa de Estados Unidos- justificaba la utilización de cualquier medio disponible. Una posición que tuvo durante varios años mucho apoyo en la opinión pública norteamericana, donde el temor de un nuevo ataque en territorio estadounidense obnubilaba todo.

Pero el Estados Unidos de enero de 2009 es otro, como lo resaltó el nuevo Presidente: "hemos escogido la esperanza sobre el miedo". Una señal de que la retórica apocalíptica de Bush, que se nutría del pánico generalizado que surgió de los escombros de las Torres Gemelas, es cosa del pasado. No es lo único; en su discurso inaugural, Obama expuso la mayor transformación de la política exterior estadounidense en décadas. Con el paso de los días, gota a gota se ha ido comprendiendo la dimensión de las palabras pronunciadas ese frío mediodía de Washington D. C.

Detrás de cada frase poética hay un mensaje de un profundo calado que, de cumplirse, marcará un giro de cómo Estados Unidos interactúa con el mundo.

Con una franqueza singular reconoce que "no podemos seguir siendo indiferentes a los que sufren fuera de nuestras fronteras, ni podemos consumir los recursos del mundo sin tomar en cuenta sus efectos. Porque el mundo ha cambiado, y debemos cambiar con él". Para Bush y compañía, era al revés -el mundo debía adaptarse a Estados Unidos-.

Y aunque Obama es el nuevo comandante en jefe de las Fuerzas Militares más poderosas de la historia, acepta que "nuestra seguridad emana de la justicia de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo, de las cualidades atenuadas de la humildad y la moderación".

Su reconocimiento de que "nuestro poder por sí solo no puede protegernos ni nos da la libertad de hacer lo que queramos" significa el abandono del unilateralismo, de la guerra preventiva y de la arrogancia de los últimos ochos años. Es, en últimas, el regreso de la diplomacia como reina suprema de la política exterior.

Como prueba de este compromiso, ese mismo jueves 22, Obama nombró al ex senador George Mitchell y al ex embajador Richard Holbrooke sus enviados especiales al Oriente Medio y al sureste asiático. Mitchell desempeñó un papel fundamental en las negociaciones de paz en Irlanda del Norte, y Holbrooke fue clave en los acuerdos de Dayton que pusieron a fin a la guerra de los Balcanes.

Para algunos analistas,Obama se ha precipitado, tanto en lo de Guantánamo como en los nuevos nombramientos. No será fácil conseguir un sitio seguro para encarcelar a los 200 miembros de Al Qaeda ni garantizar su condena, como lo espera el pueblo norteamericano. Y lograr la paz entre Israel y Palestina es una quimera que ha quemado a todos sus antecesores.

Pero Obama se tiene confianza, como dijo en su discurso: "Como hemos probado el trago amargo de la guerra civil y la segregación y emergido de ese capítulo oscuro más fuerte y más unido, no podemos evitar el creer que los viejos odios pasarán algún día, que las líneas de las tribus pronto serán disueltas, que a medida que el mundo se hace más pequeño, nuestra humanidad común se revelará y que Estados Unidos debe jugar su papel en marcar el comienzo de una nueva era de paz".
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