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| 1/28/2012 12:00:00 AM

El resucitado

A pesar de sus lastres políticos y amorosos, Newt Gingrich revivió en la carrera por la candidatura republicana. Pero los demócratas deben estar felices, porque tiene tantos puntos negativos que sería imposible que le ganara a Obama.

En la última semana la sorpresa en las elecciones primarias para escoger el candidato republicano a las elecciones del 6 de noviembre tiene nombre propio: Newt Gingrich. Y esa sorpresa puede serlo aún más si este lunes 31 de enero el expresidente de la Cámara de Representantes logra el primer lugar en las primarias de Florida, uno de los llamados ‘swing states’, es decir,  aquellos estados cuyos votantes pueden cambiar de parecer e inclinar la balanza. Lo raro del ascenso de Gingrich, sin embargo, se refiere a que se trata de un político muy controvertido, dueño de opiniones que levantan ampolla, y protagonista de actos que para no pocas personas son, desde todo punto de vista, condenables.

La razón por la cual Gingrich venció hace una semana en las primarias de Carolina del Sur al exgobernador de Massachusetts Mitt Romney, no tiene discusión. Romney, a quien muchos consideran el candidato ‘inevitable’, ha modificado con frecuencia sus opiniones políticas, es acartonado, posee una fortuna de más de 250 millones de dólares y paga pocos impuestos. Gingrich, en cambio, no repara en lanzarse a la yugular del contrario, ni en decir barbaridades con el ideario conservador en la mano. La noche de la victoria en Carolina del Sur afirmó que, si es el elegido en la convención republicana del verano en Tampa, citará “al presidente Barack Obama a siete debates de tres horas cada uno” y le permitirá –añadió en broma– “que siga usando el teleprompter”. Gingrich tiene, pues, tal como aseguran los gringos, ‘guts’, como quien dice, cojones.

Otro ejemplo de ello se produjo hace diez días durante el debate republicano organizado por CNN en Myrtle Beach (Carolina del Sur). Esa noche, el moderador John King abrió fuegos ante Gingrich al preguntarle por la entrevista que su segunda esposa le había dado horas antes al programa Nightline de la cadena ABC, en la cual contó que en 1999 su marido, quien ya andaba enredado con su actual mujer Callista Bisek, le propuso “un matrimonio abierto”. Gingrich montó en cólera y, ante un auditorio que lo aplaudió a rabiar, le respondió a King con tres piedras en la mano. “Me parece indignante que empiece así el debate. Esto demuestra la naturaleza destructiva, viciosa y negativa de los medios de comunicación”, explotó. La jugada le salió redonda. Enseguida repuntó en las encuestas entre los conservadores, que lo ven como alguien definido ideológicamente.

Pero a pesar de su contundencia para contestar, lo cierto es que Newt Gingrich es un hombre cuestionable. Nació hace 68 años en Harrisburg, en el estado de Pensilvania. Su nombre en aquel entonces era Newton Leroy McPherson, pero su padre dejó a su madre pocos meses después del nacimiento y ella se casó con Robert Gingrich, un coronel del Ejército. La familia se radicó en Kansas y luego en Francia y Alemania. Más adelante, cuando se graduó del colegio, contrajo matrimonio a los 19 años con la profesora de Geometría Jackie Battley, que tenía 26. Gingrich se centró después en Historia en la Universidad de Emory y obtuvo un doctorado en la de Tulane, en Nueva Orleans.

En 1978, tras enseñar en el West Georgia College, se fue a vivir a Washington, donde logró una curul en la Cámara. Por aquella época ya era extremadamente arrogante, una característica que, según le dijo a SEMANA el profesor Roberto Izurieta, de la Universidad George Washington, “lo afecta bastante no solo porque subestima a los demás sino porque su ego termina limitando sus habilidades”. Al año conoció a Marianne Ginther y le propuso matrimonio. Lo malo es que lo hizo justo cuando Jacqueline, su esposa, se recuperaba de una cirugía de cáncer uterino. Pero no tuvo inconveniente en divorciarse y casarse de nuevo seis meses después.

Con Marianne tampoco fue ejemplar, a lo que se añade la hipocresía. En efecto, mientras andaba en pleno romance con la rubia Callista Bisek, empleada del Congreso 23 años menor que él, acusaba al entonces presidente Bill Clinton de inmoral por su romance con la becaria Monica Lewinsky entre 1995 y 1996 e impulsaba su impeachment (destitución). El matrimonio entre Marianne y Gingrich finalizó en divorcio en 2000, y desde entonces Newt ha vivido con Callista, quien, además, lo convirtió de la religión luterana al catolicismo. No deja de extrañar que Gingrich haya sobrevivido en la política de Estados Unidos, un país donde dos divorcios acaban prácticamente con cualquier carrera política.

El momento cumbre en su vida pública llegó en 1994. En aquel año logró que el Partido republicano recuperara las mayorías en el Senado y la Cámara después de cinco décadas. Con una política conservadora inspirada en Ronald Reagan y bautizada como Contract with America (Contrato con Estados Unidos), Gingrich fue elegido Speaker of the House (presidente de la Cámara de Representantes), lo que lo convirtió en el segundo hombre más poderoso de Washington. Allí se batió como un león, pero cinco años después renunció tras ser sancionado por el comité de Ética por un caso de evasión de impuestos que lo avergonzó: jamás un speaker había pasado por un trance así. Luego desapareció del mapa. Se dedicó a hacer plata como asesor de empresas de hipotecas, como la dudosa Freddie Mac (una de las responsables del desastre hipotecario), y escribió gran parte de los más de 20 libros de los que es autor o coautor.

Reapareció sorpresivamente para la actual campaña, en la que empezó mal. El exsenador de Pensilvania Rick Santorum ganó los caucus de Iowa, y Mitt Romney las primarias de New Hampshire, pero la sorpresa de Carolina del Sur lo volvió a poner entre los favoritos. Aunque Gingrich no la tiene fácil. “Es un camaleón que cambia de puntos de vista”, le dijo a SEMANA, a propósito de los anuncios de política de inmigración a los hispanos en Florida, Marshall Fitz, director de Política Migratoria del Center for American Progress, uno de los think tanks más importantes de Washington. 

Pero, más que eso, en Gingrich se reúnen dos inconvenientes como aspirante a la Casa Blanca. Primero, representa “lo que es un político tradicional, y eso no es lo que quiere la gente hoy en día”, en opinión de Izurieta, para quien los republicanos no encuentran el centro ideológico. Siempre ha habido, dice el experto, tensiones entre los más conservadores y los que no lo son. “Reagan era de los primeros y buscó el equilibrio con Bush papá. Este último lo hizo con Dan Quayle, y Bush hijo, que aunque no parezca era centrista, con Dick Cheney”. El otro inconveniente de Gingrich es que cuenta con el respaldo de la derecha más dura del Tea Party, que ha tenido como ídolos este año a Sarah Palin, Donald Trump, Michelle Bachmann y, ahora, a Gingrich. Los demás han caído como un castillo de naipes.

¿Ganará en la Florida? Las encuestas aseguran que hay un empate técnico entre él y Romney. Por eso en los pasillos y en el establecimiento republicano se empieza a pensar que si no hay muy pronto un ganador definido podrían perder contra Obama en noviembre, por lo que tal vez lo ideal sería buscar rápido otro candidato como, por ejemplo, Jeb Bush, el hermano del expresidente y exgobernador de Florida. Eso sería una bomba. En cualquier caso, el martes se sabrá si los republicanos siguen en el limbo, o comienzan de verdad a amenazar la reelección de Barack Obama, quien el martes, en el discurso del Estado de la Unión, ya destapó sus cartas.
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