Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1998/12/07 00:00

EL RESUCITADO

Con las elecciones de mitaca Bill Clintonhace honor a su apodo de 'El muchacho revancha'y pone a los republicanos contra la pared.

EL RESUCITADO

Es probable que a partir de esta semana el presidente norteamericano Bill Clinton comience a recuperar los kilos que las angustias le han hecho perder en los últimos meses. Porque en materia política Clinton ya confirmó, desde la semana pasada, que es un campeón de los pesos pesados. Sólo quien está en la máxima categoría es capaz de recibir el castigo que aguantó durante este año y ter-minar ganando la pelea por puntos. Y es que a Clinton le dieron toda clase de golpes: lo llevaron al estrado judicial por el caso de Paula Jones, revelaron su affaire con Monica Lewinsky, exhibieron sus mentiras sobre su vida sexual, lo arrinconaron para que se disculpara públicamente, lo interrogaron en privado para luego pasar sus respuestas por televisión y le lanzaron un proceso para destituirlo.
Y sin embargo, cuando va a comenzar ese procedimiento crucial, Bill Clinton parece de nuevo en control de la situación. Por ello ese campeón tiene un sobrenombre ganado cuando recuperó la gobernación de Arkansas y que nunca había sonado más justo que ahora: The Comeback Kid. 'El muchacho revancha'.
La razón para que Clinton esté destapando champaña es el resultado de las elecciones de mitaca del martes pasado, cuando se renovó la totalidad de la Cámara, parte del Senado y algunas gobernaciones de la Unión. Sus adversarios republicanos esperaban a partir del escándalo Lewinsky una victoria apabullante que se convirtiera en un plebiscito por la destitución del presidente. Pero ello no sucedió. No sólo no ganaron sillas nuevas en el Senado sino que perdieron cinco en la Cámara, aunque mantuvieron su mayoría. Y las gobernaciones compensaron las derrotas con las victorias, si bien perdieron la más importante de todas: California.

Sorpresas y no sorpresas
Los republicanos tenían de su lado no sólo el efecto del escándalo Lewinsky sobre la credibilidad del presidente sino los antecedentes históricos. Desde la Segunda Guerra Mundial el partido de gobierno solía perder en elecciones de mitaca un promedio de 27 representantes y cuatro senadores y desde 1934 ningún gobierno sumaba asientos en la Cámara baja. Pero los resultados demostraron que las encuestas de favorabilidad del presidente no mentían. El gobernador republicano de Oklahoma, Tom Ridge, confirmó esa afirmación cuando dijo que "si usted convierte las elecciones en un referéndum contra un presidente que tiene el 67 por ciento de aprobación, no se debe sorprender si la elección se vuelve en su contra". Unas palabras que resumían la amargura de su partido contra su principal dirigente, Newt Gingrich, cuyo liderazgo comenzó a tambalear inmediatamente después de las elecciones (ver recuadro).
Porque el liderazgo republicano, aunque lo dudó mucho, finalmente resolvió lanzar una campaña publicitaria para enfatizar las fallas morales del presidente, y esa táctica le salió por la culata. Las encuestas a la salida de votar, o exit polls , demostraron que el 61 por ciento de los sufragantes desaprueban el manejo que el Congreso le ha dado al tema y el 58 por ciento se manifestó porque se archive sin más ni más. Sólo el 40 por ciento se mostró a favor de la destitución.
Aunque el escándalo sí movió a los republicanos (uno de cada tres dijo estar contra la permanencia de Clinton en la Casa Blanca), el énfasis de su campaña en ese aspecto no logró calar en el electorado en general. Mientras tanto los demócratas tuvieron las manos libres para tratar sus temas tradicionales, como la excelencia de su manejo de la economía, la reforma educativa, la seguridad social y para llamar a votar masivamente a negros e hispanos. Estrategias que funcionaron muy bien en unas elecciones que, al final de cuentas, se definieron como se debe: en el nivel local.
Al terminar las exit polls mostraron un empate virtual entre los votantes de 49 por ciento republicano y 48 por ciento demócrata. Aunque eso no tiene nada que ver con escaños o gobernaciones, muestra un panorama muy interesante de cara a la próxima gran contienda: las elecciones presidenciales de 2000.

El gran perdedor
El presidente de la Cámara de Representantes, el republicano Newt Gingrich, había profetizado que los demócratas perderían entre 40 y 50 puestos en el Congreso, suficientes para asegurar la mayoría especial que se requiere para destituir al presidente sin necesidad de apoyo de disidentes demócratas. Pero el resultado fue tan alejado de sus predicciones que el propio liderazgo de Gingrich comenzó a ser cuestionado desde el momento mismo de su confirmación.
Gingrich es un político de derecha de maneras bruscas y lenguaje pugnaz que goza de uno de los niveles de popularidad más bajos del país. Por eso no es raro que muchos de sus copartidarios piensen que es hora de cambiar de cúpula, sobre todo cuando lo que se avecina es una contienda presidencial que promete ser de las más reñidas de los últimos años.
Lo malo es que mientras la extrema derecha, sobre todo la de carácter religioso, critica a Gingrich por haber dejado en segundo plano los ideales conservadores, como el énfasis en los valores familiares, otros lo hacen por su agresividad contra Clinton y los temas sociales desplegados por los demócratas y por su incapacidad por recuperar las posturas de centro. Una y otra cosa conforman el panorama de dificultades y divisiones que espera a los republicanos cuando hagan el inevitable examen de conciencia.


Mensaje ambiguo
El republicano Henry Hyde, presidente del comité judicial de la Cámara anunció que pensaba recortar el procedimiento de impeachment y llamar como testigo solo al investigador Kenneth Starr. Esa actitud pareció confirmar que los resultados electorales habrían convertido al impeachment en una papa caliente. Sin embargo más tarde su comité envió a Clinton un cuestionario de 81 preguntas. Eso podría reafirmar que, si bien las posibilidades de destitución se redujeron mucho, los republicanos no pueden de buenas a primeras echar por la borda su papel y poner en entredicho su seriedad en un tema tan grave.


Los hermanos maravilla
El ex presidente George Bush acaba de entrar a la historia por una circunstancia posterior a su mandato. La razón es que el martes pasado su hijo mayor, George W., de 54 años, consiguió la reelección como gobernador de Texas a tiempo que su hermano John Ellis (conocido como Jeb), de 46, ganó por primera vez en Florida. Eso convierte a Bush en el primer ex presidente de Estados Unidos que tiene dos hijos como gobernadores estatales al mismo tiempo. La victoria de los Bush tiene varias implicaciones. Una es que George W. quedó en inmejorable posición para aspirar a la candidatura republicana en 2000. Otra es que el electorado republicano parece decidirse por el ala moderada, que es la que han cultivado con esmero los Bush de la mano de su famoso padre.


Un rudo gobernador
Jesse Ventura nunca pasó por otra academia que no fuera la de lucha libre y jamás desarrolló una polémica que no fuera resuelta con la doble Nelson. Pero el martes el ex luchador profesional, locutor de radio y actor ocasional se convirtió en gobernador del estado de Minnesota con un mérito adicional: derrotó a los dos candidatos de los partidos tradicionales porque Ventura, además de todo, es un independiente.
Ventura, quien se solía llamar 'The body' ('El cuerpo') pero ahora se autodenomina 'The mind' ('La mente'), fue el más sorprendido con su victoria. Mientras sus oponentes, sangrando en la lona, contaban sus 4,3 millones de dólares gastados por cabeza en sus campañas, Ventura se devanaba los sesos para entender cómo había ganado las elecciones con apenas 250.000. Pero la respuesta es muy fácil: con su fama de rudo en el ring, su carrera como hombre de radio y su plataforma de un populismo simple y efectivo, Ventura molió a sus oponentes.
El nuevo gobernador resultó irresistible para un electorado cansado de la política tradicional: comía grandes hamburguesas y recorría el estado en bus mientras citaba a los roqueros Jerry García y Jim Morrison, hablaba con desenfado de legalizar las drogas y la prostitución y de reducir los impuestos a "su más mínima expresión". Uno de sus pocos anuncios de televisión lo presentaba como el pensador de Rodin con la música de la película Shaft como tema de campaña.

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