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| 4/28/1997 12:00:00 AM

EL RETORNO DE HONG KONG

Mientras se acerca la devolución de la última colonia británica en Asia, crece la ansiedad de sus habitantes sobre las verdaderas intenciones chinas.

Por algún motivo durante muchos años la devolución de Hong Kong a China pareció desafiar ese refrán que dice que "no hay plazo que no se cumpla". Era muy difícil creer que al entregar ese territorio el imperio británico aceptara perder la justificación para su pomposo nombre. Ni parecía lógico que los chinos de HongKong, uno de los pueblos más emprendedores del capitalismo mundial, se resignaran a volver a hacer parte de un país como la China comunista. Pero las corrientes de la historia tienen su propio impulso y hoy el mundo está ad portas de ese hecho histórico.
Tendrá lugar a la media noche del próximo 30 de junio. En ese momento Chris Patten, el último gobernador británico, zarpará de regreso a casa y entregará la última colonia de ese país en Asia y a sus 6,2 millones de habitantes (98 por ciento de origen chino) a uno de los últimos gobiernos comunistas del mundo.
En la capital china, Beijing, donde un inmenso reloj digital marca desde hace años los minutos y segundos que faltan para el acontecimiento, el retorno de Hong Kong será celebrado como la reparación de un daño histórico, como la devolución de una parte de la madre patria, arrebatada como consecuencia de la misma guerra en la que Gran Bretaña obligó a China a permitir la importación del opio producido por su colonia de la India (Ver recuadro).
Para los chinos la entrega de Hong Kong será, con toda justificación, el levantamiento del yugo colonialista. Un yugo que, paradójicamente, convirtió a Hong Kong en el centro financiero de Asia y en una ciudad que trabaja febrilmente en el mayor proyecto de infraestructura del mundo (que incluye un nuevo aeropuerto, vías férreas, dos puentes gigantescos y dos túneles bajo las aguas de la bahía). Hong Kong es una ciudad donde se ganan enormes fortunas y se gasta sin mesura, donde un apartamento de dos alcobas puede costar 10.000 dólares al mes y los millonarios disfrutan el mayor número de limusinas per cápita del planeta.
Preocupación
Los acuerdos para la devolución de Hong Kong fueron firmados por los primeros ministros de China y de Gran Bretaña el 19 de diciembre de 1984 en Beijing. El 27 de mayo del año siguiente se realizó el intercambio de ratificaciones, con lo que el acuerdo entró en vigencia. La devolución se basa en el principio de "un país, dos sistemas", según el cual Hong Kong disfrutará durante los próximos 50 años de autonomía bajo la figura de 'Región Administrativa Especial'. Esa entidad tendrá sus propios poderes Ejecutivo y Legislativo dirigidos por nativos de la ciudad. El sistema capitalista y la forma de vida continuarán y sus libertades, su sistema legal, su moneda y sus mercados financieros seguirán intactos. Y como órgano de discusión conjunta de los temas por acordar se estableció un 'Grupo Sino-Británico de enlace', que seguirá en funciones hasta el primero de enero del año 2000. Lo cierto es que los acuerdos fueron recibidos en ambos países, y en el propio Hong Kong, como la mejor fórmula posible.
Pero esa fórmula se estrella con las diferencias ideológicas entre Beijing y Hong Kong. Beijing estableció su propio 'Comité Preparatorio', escogido a dedo entre ciudadanos prominentes de Hong Kong, pero ese cuerpo se reúne en secreto, consulta solo con sectores cuidadosamente seleccionados y ha expulsado de su seno a las voces disidentes. Ese comité, que es el mismo que escogió como futuro 'jefe ejecutivo' de la ciudad a Tung Chee-Wa, un magnate naviero (ver recuadro), no ha ocultado su intención de invalidar al Parlamento elegido popularmente por primera vez en 1991. De llevar a cabo esa amenaza la legislatura establecida por Patten en Hong Kong como respuesta a la masacre de los estudiantes demócratas de Tiananmen sería la primera víctima del proceso. Lo peor es que los líderes de Hong Kong, por comodidad o conveniencia, han optado por participar calladamente en el proceso.
La presencia económica de China es cada vez más grande en Hong Kong, además, pues ese país es ya el mayor inversionista extranjero, con 1.100 empresas establecidas, desde bancos hasta fábricas de telas. Y con ello han llegado las presiones para que actividades estratégicas como aviación, electrónica o comunicaciones pasen a manos chinas. Algo que, para algunos observadores, "es una forma velada de nacionalización".
Esos síntomas han hecho que crezca en los habitantes de Hong Kong la desconfianza sobre las verdaderas intenciones chinas en torno a su territorio y por eso muchos están consiguiendo pasaportes extranjeros como tabla de salvación. No hay datos precisos pero el gobierno estima que unos 600.000 habitantes de Hong Kong los tienen. Y lo que es más irónico, al menos la mitad de los miembros del 'comité preparatorio' se cuentan entre ellos.

Diferencias insalvables
Esos malos indicios sobre el comportamiento chino después de la transición han producido resultados preocupantes. Por una parte, han conseguido frenar la aceptación de los ciudadanos de la colonia a la reunificación con China. Una encuesta del Hong Kong Transition Project indicaba en noviembre de 1996 que sólo el 48 por ciento de los habitantes quiere la unión con China, una cifra que indica un crecimiento muy lento desde 1993, cuando la aceptación era del 42 por ciento. Por otro lado, la comisión independiente contra la corrupción anunció a finales de 1996 que ese fenómeno había llegado a su nivel más alto de los últimos 20 años. Los 3.600 casos de 1996 fueron atribuidos por Rosaline Cheung, de la comisión, "a la inseguridad alimentada por el tema de la transición. La gente se siente más protegida acumulando bienes personales a como dé lugar". Aunque para otros la corrupción ha sido un producto directo de la mayor injerencia china en los asuntos internos.
Eso puede ser discutible, pero lo que sí parece ser cierto es que los habitantes de Hong Kong están inquietos. Para muchos, inclusive para Patten, el problema consiste en que los chinos continentales están acostumbrados a hacer las cosas de una manera radicalmente diferente y por eso no entienden las instituciones democráticas. El último gobernador lo expresó con claridad en una reciente entrevista: "Es comprensible, dados sus antecedentes, que los funcionarios chinos no puedan comprender la forma de obrar de nosotros en una sociedad libre como Hong Kong". Y, mientras tanto, el enorme reloj de Beijing sigue su marcha inexorable.

La historia
Antes de la llegada de los ingleses Hong Kong era un villorrio de pescadores y un refugio tanto para los viajeros comerciales como para los piratas que infestaban el mar de la China. La isla cayó en manos del imperio británico como consecuencia de la primera guerra del opio, la cual tuvo lugar entre 1839 y 1842.
El consumo de opio se había generalizado en China a niveles alarmantes desde la época de la dinastía Ming, pero fue el emperador manchú Yun Cheng quien por primera vez prohibió en 1793 no sólo la importación sino el cultivo interno de la adormidera. Para 1820 el principal suministrador de opio, bajo la mirada complaciente de la corrupta burocracia china, era la British East India Company, que tenía enormes plantaciones en la India colonial. En 1838, debido en parte al desbalance comercial y en parte a la necesidad de disminuir un consumo que tenía dimensiones catastróficas, el emperador Tao-Kuang decidió cerrar sus fronteras a la importación de opio y destruir las existencias almacenadas en Hong Kong.
La reacción británica contra ese "inaceptable atentado a la libertad de comercio" no se hizo esperar. Una fuerza expedicionaria barrió con las defensas chinas y obligó a la apertura del comercio de opio. Como consecuencia se firmó el tratado de Nankin, por medio del cual China cedió a Gran Bretaña a perpetuidad la isla de Hong Kong. El subproducto de la guerra fue la apertura de China al comercio internacional.
Tras nuevos conflictos, los británicos ganaron las islas de Kowloon y Stonecutters y en 1898 Gran Bretaña adquirió los 'nuevos territorios' en un contrato de arrendamiento a 99 años. Es este instrumento el que motiva la entrega a China de todo lo que hoy hace parte de Hong Kong el primero de julio de 1997.

Principales acuerdos
Estos son los principales puntos que, en teoría, regirán la vida de Hong Kong en los próximos años.
- Hong Kong disfrutará de un alto grado de autonomía como Región Administrativa Especial -RAE- de la República Popular China. Las políticas socialistas no se aplicarán a la RAE y su estilo de vida se mantendrá por los próximos 50 años.
- Los habitantes de Hong Kong seguirán disfrutando de sus derechos y libertades.
- La legislatura de Hong Kong continuará expidiendo las normas por las cuales se regirá la RAE. La legislatura será elegida. El jefe ejecutivo será responsable ante ella.
- El sistema legal y judicial de Hong Kong se mantendrá, incluido el sistema de common law y de precedentes legales.
- La RAE podrá seguir formando parte de organismos internacionales con la autorización del gobierno chino.
- La RAE tendrá autonomía en los campos económico, monetario y financiero. No habrá control de cambios y el dólar de Hong Kong seguirá siendo convertible.
- Los pasaportes británicos de ultramar expedidos a los ciudadanos de Hong Kong deberán tener un endoso que indique que el portador es titular de una tarjeta de residencia permanente en Hong Kong. Sólo así serán válidos como documentos de viaje.

El hombre de Beijing
La persona que ha sido escogida para el cargo de 'jefe ejecutivo' de Hong Kong es un hombre que encierra en sí mismo todas las contradicciones implícitas en el proceso de entrega de la colonia británica. Se trata de Tung Chee Hwa, un magnate naviero nacido en Shangai en 1937. Tung es heredero de un rico negociante que se estableció en Hong Kong huyendo de la invasión japonesa y la guerra civil. Fue enviado a estudiar a la Universidad de Liverpool (Gran Bretaña) y luego pasó 10 años viviendo en Estados Unidos, primero en Boston y luego en San Francisco, donde se hizo fanático del equipo de fútbol 49ers. Regresó a Hong Kong en 1969 y a la muerte de su padre, en 1982, asumió la salvación de su empresa, Orient Overseas (International) Holding Inc., agobiada por las deudas.
Fue entonces cuando Tung, consiguió que el gobierno chino salvara su empresa con inversiones por 120 millones de dólares. Aunque él mismo no habla mucho de este punto, se cree que tiene mucho que ver con su actual lealtad absoluta para con Beijing.
La gran pregunta es si Tung será realmente una marioneta de los designios del gobierno chino. En sus intervenciones públicas ha mostrado muy poco respeto por las instituciones democráticas creadas en los últimos tiempos por el gobernador Patten, y particularmente por el parlamento especial, lo cual rima con la actitud oficial china. Pero, por lo demás, Tung parece tener el respeto de la comunidad internacional, que valora mucho su cosmopolitismo, producto de una vasta red de contactos de negocios en el mundo entero.
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