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| 10/14/1985 12:00:00 AM

EL REY DE NUEVA YORK

A punto de ser reelegido de nuevo, el Alcalde de Nueva York se convierte en una leyenda

Desafiante, autosuficiente, combativo, centro de exacerbadas controversias, expresivo, arrogante e intimidador, Edward I. Koch --Alcalde número 105 de Nueva York-- al igual que la ciudad que prácticamente acaba de elegirlo por tercera vez para ocupar el cargo más importante de los Estados Unidos después de la presidencia, es capaz de generar en quienes lo conocen, tanto la más desmedida admiración como el más profundo rencor.
De origen polaco-judío, trabajador incansable y político astuto que desfila con igual propiedad en las manifestaciones Gay que en las celebraciones patrióticas y religiosas de los hispanos, "Ed" --como lo llaman con cariño sus amigos y con ironía sus enemigos-- se convirtió desde este 10 de septiembre después de las primarias del mayoritario Partido Demócrata en Nueva York, en el más discutido pero también indiscutible "rey" de la que es considerada capital del mundo. Después de una ardorosa campaña, cuyos costos superan los 5.5 millones de dólares, caracteriza da ante todo por la ilimitada agresión verbal entre los contrincantes, tal como lo aseguraba hasta el más desprevenido de los observadores políticos, Koch obtuvo, con el 68% de la votación, una rotunda victoria sobre sus principales adversarios, Carol Bellamy, mujer emprendedora y decidida de 43 años, elegida por dos períodos consecutivos para la presidencia del Concejo de Nueva York, y Herman D. Farrel, líder democrático de Manhattan, de origen negro y miembro de la Asamblea del Estado.
Nacido en El Bronx y segundo hijo de una familia de emigrantes, cuyo negocio de pieles quebró en la época de la Depresión, Koch logró llegar hasta la escuela de leyes de New York University, trabajando primero con su padre en el guardarropa de un gran teatro en New Jersey y luego vendiendo zapatos, para poder pagar la universidad. Su carrera política se inició en 1952, recorriendo las calles del Greenwich Village en Manhattan y pronunciando discursos en favor de Adlai Stevenson, del Partido Demócrata, la ciudad estaba en enfrentaba en la lucha por la presidencia de los Estados Unidos a Dwight Eisenhower. En 1956 se hizo miembro del grupo The Village Independant Democrats, por el cual llegó más tarde, en 1965, a la Asamblea del Estado de Nueva York, después de un primer fracaso en el mismo intento durante las elecciones de 1962. Luego obtuvo un lugar en el Concejo de la ciudad, y cinco períodos en el Congreso, por el cual pasó sin pena ni gloria.
Cuando en 1978 recibió la administración de Nueva York, en su segundo intento por la nominación demócrata, la ciudad estaba en completa bancarrota, con un déficit de 712 millones de dólares y sin ninguna perspectiva de recuperación a corto plazo. Koch, quien en sus años en el Congreso había aprendido el importante arte del Lobbying contaba, por tanto, con buenos amigos dentro de las gente de peso en las Cámaras, logró el apoyo federal para refinanciar la deuda con la expedición de bonos de la ciudad a largo plazo, y con ello balancear el presupuesto por primera vez en diez años.
Con su política de "no gastes lo que no tienes", desde entonces ha mantenido los estados presupuestales en superávit. Exito que nadie se atreve a desconocer, pero que, sin embargo, lo ha llevado a adquirir la reputación de ser enemigo de las minorías que recibieron directamente el impacto de los recortes presupuestales a los programas de vivienda, educación y asistencia, en una urbe en la cual cerca de un millón de personas carecen de techo, 175 mil familias se encuentran aún esperando tener acceso a los proyectos de vivienda masiva del gobierno y 200 mil habitantes viven de la caridad pública.
Para sus críticos, la prosperidad alcanzada por Nueva York en los últimos años, de la cual Koch se jacta estruendosamente y sin dar crédito a otros miembros de su administración, "abarca sólo a unos pocos y encubre la creciente desesperación de muchos otros", como lo manifestara el semanario The Village Voice, en el editorial de su edición especial de elecciones. Acusado de no darle la más mínima importancia a los negros o los hispanos, Koch se defiende argumentando que el saneamiento financiero de la ciudad debe tener un costo a corto plazo, pero en últimas redunda en beneficio de todos sus habitantes. Para corroborarlo, muestra estadísticas según las cuales se han creado más de 250 mil nuevos empleos, de los cuales cerca del 50% habrían sido para las minorías.
Pero Nueva York, como cualquier ciudad grande de los países en desarrollo, tiene también problemas serios de servicios públicos.
En los últimos diez años ha registrado uno de los más altos índices de deserción de la educación secundaria. Su sistema de metro está considerado entre los más sucios y descuidados del mundo. Los pequeños comercios tienden a desaparecer por la desaforada alza en los arriendos, y las comunidades étnicas se han visto forzadas a huir de sus habituales sitios de residencia ante la presión de las grandes compañías constructoras que paulatinamente han ido adquiriendo las tierras y edificios abandonados, para levantar en ellos grandes centros comerciales o edificios para las clases medias y altas. "Koch ha sido cómplice de los grandes desarrollistas, a costa de las comunidades de los pequeños vecindarios", denunciaba una y otra vez la señora Bellamy. "Por eso es que los grandes constructores le han dado todo su apoyo económico en la campaña más costosa que se haya visto en la ciudad".
¿Cuál es entonces esa cualidad casi "divina" que le ha permitido a este hombre permanecer en el poder por tanto tiempo, a pesar de sus inolvidables errores políticos, como la rotunda derrota que sufriera en 1982 en las primarias para la nominación del candidato demócrata a gobernador del Estado de Nueva York, y de su figura y oratoria desmedidas, blanco perfecto para caricaturistas y comentaristas?
Según afirman los entendidos en la materia, al parecer la clave del éxito radica en que Koch ha sabido despertar y mantener la capacidad para generar respuesta en una sociedad que pasa más de la quinta parte de su tiempo discutiendo y que pareciera elegir a sus alcaldes precisamente para poder depositar en una sola persona toda la furia y el fervor de sus miembros. Nunca antes, personaje alguno dentro de la política local había logrado ser, al mismo tiempo, tan adulado y vilipendiado. Alrededor de 300 apariciones en televisión al año, declaraciones diarias en las emisoras de radio, cientos de fotografías en todo el país, controvertidos libros, elogiosos o displicentes editoriales, tarjetas postales y hasta una obra de teatro en off-Broadway, se encargan de recordarle a cada instante a los 7 millones de personas que viven en la ciudad de Nueva York, quién es el hombre que desde Gracie Mansion (cuya reciente remodelación costó más de 6 millones de dólares), dirige los destinos de ese "armónico caos", cuyo presupuesto supera los 20 mil millones de dólares, es decir, más de 300 mil millones de pesos.
"Koch es el símbolo del "I love New York" que se llevan los turistas como souvenir y portan con orgullo en sus carros, bolsos o libros los neoyorquinos", comentaba un grupo de periodistas en el City Hall, sede del Concejo de la ciudad. "Es la imagen perfecta del neoyorquino que trota por Central Park, adora la comida china y hace cola para entrar a cine. Conoce la ciudad como la palma de su mano y sabe interpretarla. Por eso Koch es y seguirá siendo la imagen de Nueva York, por algún tiempo más".--
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