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| 6/9/1986 12:00:00 AM

EL "SINDROME DE CHINA"

Una bola de fuego penetra como un cauterio en las entrañas de la Tierra

Si hace una semana el problema era aéreo--una nube venenosa, cargada de radiactividad, que recorría los cielos de Europa--, esta semana parece haberse vuelto subterráneo: es una burbuja radiactiva de metal incandescente que se va hundiendo lentamente en la tierra tras perforar los cimientos de concreto de la planta atómica de Chernobyl como si fueran de mantequilla. En teoría esa bola de fuego, que no es otra cosa que el núcleo encendido del reactor, puede abrirse paso a través de la corteza terrestre hasta desembocar en las antípodas: es el llamado "síndrome de China" de la ciencia ficción. Pero sin ir tan lejos, al cierre de esta edición parecía comprobado que los soviéticos no habían conseguido todavia apagar la brasa ardiente de Chernobyl: según el doctor Thomas Roser, director del Foro Atómico de Alemania Federal, un representante de la URSS acababa de solicitarle información sobre cómo evitar justamente eso: que "una masa incandescente perforara los cimientos de concreto de la central atómica".
En los días transcurridos desde el incidente original las dimensiones de la catástrofe no han hecho sino aumentar. Lejos de haber sido dominado, como se creyó a fines del mes de abril, el siniestro de Chernobyl continúa y se ramifica. Y las autoridades soviéticas, tomadas por sorpresa, no saben cómo manejar ni el siniestro mismo, ni sus consecuencias de imagen y prestigio frente al mundo.
Después de los primeros días de absoluto silencio que les ganaron la indignación de sus vecinos, pasaron a una locuacidad sin precedentes dentro de los cánones del bloque oriental. Primero el viceprimer ministro Boris Shcherbina quiso echar el agua sucia sobre los cientificos de la planta afectada: "Los expertos locales no evaluaron correctamente el accidente", declaró. Luego un miembro del Politburó, Boris Yeltsin, anunció personalmente que la población de la zona había sido evacuada en treinta y cinco kilómetros a la redonda: 49 mil personas. El primer ministro de Ukrania, Alexander Lyashko, dio a continuación una nueva cifra: 84 mil evacuados. Y por último, para aclarar dudas, los soviéticos dieron un paso espectacular: convocar a los corresponsales en Moscú a una conferencia de prensa sobre el tema,en la cual participaron el ya mencionado viceprimer ministro Shcherbina, que encabeza la comisión que investiga el accidente, Andronik Petrossyants, director de la Agencia Soviética de Energía Nuclear, y Anatoli Kovalev, viceministro de Asuntos Exteriores.
Simultáneamente otro alto funcionario (Georgi A. Arbachov, miembra del Comité Central y director del Instituto de Estudios Norteamericanos de la URSS) hacía algo todavía más inhabitual: participar en vivo y en directo en un programa radial de la BBC de Londres en el cual respondía a preguntas de los radioescuchas de toda Europa.
Entre tanto, las consecuencias económicas del accidente seguían complicándose también. La URSS tomó ya la dolorosa decisión de clausurar diecinueve plantas atómicas semejantes a la de Chernobyl, perdiendo así de un golpe la mitad de su energía eléctrica de origen nuclear. Energía que tendrá que ser compensada con tradicionales termoeléctricas alimentadas con petróleo, disminuyendo en consecuencia las exportaciones de este último, que constituyen la primera fuente de divisas para la economía soviética (aproximadamente el 50%).
Los ingresos en divisas de la URSS disminuirán, pues, precisamente en el momento en que necesita incrementar sus importaciones de alimentos debido a la catástrofe. Los expertos occidentales calculan, en efecto, que el accidente de Chernobyl puede afectar una extensión de tierras agrícolas comparable a la que quedó inutilizada por un desastre similar en los Urales en 1957: 25 mil millas cuadradas, donde se cultiva el 3.3% de la producción total de grano de la URSS. De manera que las importaciones, que el año pasado fueron de 55 millones de toneladas de trigo y maíz, tendrán que aumentar este año en vez de disminuir, como se esperaba.
Quedan, finalmente, las consecuencias médicas, que tampoco han concluido. Dado el nivel de radiación que actualmente reconocen oficialmente los soviéticos para las primeras 48 horas del accidente, antes de que fuera iniciada la evacuación, los expertos occidentales calculan que el número de víctimas mortales empezará a aumentar dentro de unos treinta días, para no disminuir sino un mes más tarde. Como dice Robert D. Pollard, ex miembro de la Comisión Reguladora Nuclear de los Estados Unidos, "este accidente vuelve a subrayar el hecho de que cuando uno construye una planta nuclear comercial acepta el riesgo de matar a unos cuántos miles de personas". --
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