Jueves, 27 de noviembre de 2014

| 1989/02/13 00:00

EL SOL NACIENTE

¿Qué papel tendrá la monarquía en el Japón de fin del siglo?

EL SOL NACIENTE

A los 55 años a una edad en que a la mayoría de los hombres está pensando en su retiro, el protagonismo comienza en la vida del nuevo emperador del Japón, Tsugu Akihito. Pero pese a sus años, su llegada ya ha constituido una bocanada de aire fresco para la ultraconservadora etiqueta y para el rígido estilo de vida, que imperó en el "trono del crisantemo" durante los 64 años que duró la permanencia allí de su padre, el ya legendario Hirohito.

El cambio de guardia generacional comenzó a sentirse desde la primera audiencia formal concedida por el emperador a los miembros del gobierno de Nuboru Takeshita, que por primera vez fue televisada a lodo el pais. Los japoneses observaron con asombro cómo Akihito permitió la presencia de las esposas de los funcionarios más importantes y se dirigió a los asistentes con un lenguaje que, comparado con el de su padre, parecía casi coloquial e informal. La era "Heisei", o la "Paz de las Realizaciones", marcaba desde su comienzo diferencias que aunque son impresionantes para los japoneses, resultan sutiles para los occidentales.

Las circunstancias de la vida del príncipe Akihito estuvieron marcadas desde su comienzo por los aires de cambio. Nacido el 23 de diciembre de 1933 tras cuatro hermanas, la primera brecha de la tradición se presentó cuando no fue separado inmediatamen(e de sus padres para comenzar la educación dirigida por chambelanes reales, y sólo a los 3 años fue trasladado a un palacio diferente al de sus padres. Toda su vida sobreprotegido y mimado, su educación cambió radicalmente cuando una institutriz norteamericana, Elizabeth Gray Vining fue contratada poco después de la guerra para que se encargara de darle al futuro emperador una educación más cosmopolita y, sin duda, más occidental. Sobre su época de estudiante circula una historia, tal vez verdadera, según la cual, con la complicidad de unos compañeros aristócratas, se escapó del palacio real por unas horas, paseó a sus anchas por el sector de Ginza y hasta se compró algo.

Esa tendencia a conocer el mundo exterior se vio favorecida por la larga vida de príncipe heredero que le deparó la longevidad de Hirohito. Mientras éste sólo pudo hacer un viaje cuando joven a la corte de Inglaterra, que el viejo emperador recordaría siempre como su época más feliz, Akihito tomó por su cuenta la representación de la familia real en cada oportunidad que tenia de viajar al exterior. Pero el gesto que resultó más impactante para sus paisanos fue el de casarse a los 25 años con una mujer plebeya, a quien había conocido jugando tenis. Michiko Shoda, hija de un acaudalado industrial, se convirtió en la primera esposa de un emperador en casarse por amor, en medio de un romance verdadero. Y en un viraje acorde con las circunstancias, la pareja se negó a separarse de sus hijos, y crió personalmente a todos ellos, incluido el príncipe heredero, Naruhito, quien tiene hoy 28 años.

Pero si el estilo de vida de los emperadores del Japón sufrirá seguramente un cambio espectacular para la perspectiva nipona, los nuevos aires no parecen implicar variaciones importantes en la institución misma de la monarquía. Akihito, aun con las diferencias generacionales con su padre, tiene con él un paralelo impresionante. Biólogo marino, mantiene un perfil bajo y una prudencia en materia politica que hace pensar que nada cambiará en el fondo.

Sin embargo, fuera de las paredes del Palacio Imperial, en el corazón de Tokio, bulle un país en donde el cambio de era, de la Showa de Hirohito a la Heisei de su sucesor, ha despertado en las nuevas generaciones el furor por reexaminar su histora reciente, de la que los libros de texto no les contaban sino una versión acomodaticia.
Muchos jóvenes se sorprendieron al saber que en Corea se había descrito al difunto Hirohilo como "criminal de guerra" al conocer la historia de la invasión a ese país y a Manchuria.
Hasta que se les corrió el velo, creían que los japoneses habían sido más víctimas que responsables de su propio destino bélico. En medio de ese reexamen, las nuevas generaciones parecen aspirar a una integracion más auténtica con un mundo que su país ha llegado casi a dominar económicamente.

Pero al lado de las voces de cambio, ya han salido a la palestra tendencias que afirman que el orden impuesto por los norteamericanos al final de la Segunda Guerra Mundial ya no tiene razón de ser, que el emperador debe recuperar su tradición sintoísta de semidiós y el Japón su soberanía plena, incluido su derecho a tener unas fuerzas armadas poderosas.
Nada de eso parece tener eco en el prudente Akihito, para quien parece muy claro que ni ahora, ni en sus remotos orígenes, la monarquía japonesa pasó de ser un símbolo nacional sin poder efectivo. Pero el debate está abierto y la metrópoli económica del mundo tardará algún tiempo aún, dicen los observadores, para hacer las paces con su historia y conciliarla con su nueva imágen. -

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