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| 8/14/2010 12:00:00 AM

El sucesor del faraón

Después de tres décadas en el poder, la salud de Hosni Mubarak abre el debate sobre quién lo reemplazará en el país de las pirámides.

Las elecciones en Egipto han sido hasta hoy bastante predecibles. Para Hosni Mubarak, el presidente durante las últimas tres décadas, se trata de un mero trámite. El entonces Vicepresidente llegó al poder en 1981, tras el asesinato de Anwar el-Sadat, y ganó con 88 por ciento de los votos su quinto mandato consecutivo en 2005, aunque esa fue la primera ocasión en que enfrentó a otros candidatos. Las anteriores fueron referendos en los que se consultó su continuidad. Pero un cambio de era se acerca en el país de los faraones.

Mubarak dijo hace unos años que serviría a su país hasta el último aliento. A sus 84 años, ese día ya no parece tan lejano. En marzo viajó a Alemania para ser tratado por especialistas. Según la versión oficial, le hicieron una operación de vesícula, pero en círculos diplomáticos se susurra que tiene cáncer. El mes pasado, después de haber pospuesto varios compromisos, tuvo que salir a dar un discurso en televisión para desmentir los rumores sobre su salud. Nadie ha confirmado si se presentará a la reelección en 2011, y no existe un Vicepresidente designado.

Egipto es una dictadura con una débil fachada democrática, donde el estado de excepción está vigente desde 1981. La Hermandad Islámica, la única organización opositora con verdadero apoyo, está prohibida y los opositores son encarcelados. Occidente ha apoyado incondicionalmente al régimen por considerarlo moderado, pero la incertidumbre sobre el futuro político del más poblado de los países árabes, con 80 millones de habitantes, flota en el aire.

En las condiciones actuales, es imposible que alguien suba al poder sin el apoyo del oficialista Partido Democrático Nacional (PDN). Y en una región donde abundan las dinastías políticas, el hijo de Hosni, Gamal Mubarak, un ex banquero que favorecería la liberalización económica, se ha posicionado desde hace diez años y oficialmente es el número tres del PDN. Sin embargo, a diferencia de su padre y sus antecesores, no tiene antecedentes en el ejército, lo que le resta puntos. Por esto, algunos comentaristas apuntan a Omar Suleiman, el jefe de los servicios secretos que ha tenido un papel importante en la política exterior.

Sin embargo, a los vientos de cambio se sumó la irrupción de Mohamed el-Baradei, ex director de la Organización Internacional para la Energía Atómica. El premio Nobel de Paz dijo en una entrevista, el año pasado, que consideraría postularse a Presidente si había reformas constitucionales y verificación independiente de las elecciones para garantizar que sean libres y justas. No tardó en convertirse en un ícono del cambio. Fue aclamado en febrero de este año, cuando regresó a Egipto después de vivir casi 30 años en el exterior. Muy pronto recibió el apoyo tanto de sectores liberales como islamistas y aseguró que solo se presentaría como candidato independiente, lo que es casi imposible con las reglas actuales.

El impacto de su campaña, sin embargo, ha sido limitado. "La Asociación Nacional por el Cambio de El-Baradei no ha sido capaz de movilizar decenas de miles para tomar las calles en masivas protestas organizadas, pacíficas y sostenidas. Esta es de las pocas maneras de crear suficiente presión en el régimen para forzar algún tipo de cambio", dijo a SEMANA Samer Shehata, profesor de política árabe en la Universidad de Georgetown.

La figura de El-Baradei ha perdido fuerza e incluso hay quienes lo consideran un oportunista, símbolo de la injerencia extranjera en la región. "Estoy asfixiado -le dijo recientemente a The Economist-. No podemos tener cuarteles generales, no podemos recaudar fondos, no podemos tener reuniones públicas. Todo lo que puedo hacer es visitar unos pocos lugares, y cuando me voy arrestan a algunos". Con Mubarak o sin él, el autoritarismo político está arraigado. Es difícil imaginar cambios verdaderamente revolucionarios, pero Egipto está en movimiento.
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