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| 2/26/2011 12:00:00 AM

El tirano acorralado

Pase lo que pase, la Libia de Muamar Gadafi ya no existe. Ahora Europa e Israel se preparan para el caos que podría surgir, ante el inminente vacío de poder.

Si algo caracterizó al vanidoso Muamar Gadafi durante sus 41 años en el poder fueron sus discursos interminables en la televisión. Vestido con galas beduinas, su pose teatral recordaba más a un payaso diabólico que a un aspirante a estadista internacional. Pero de esa forma consiguió fascinar a unos y aterrar a otros durante su largo reinado.

Quiso hacerlo de nuevo el 21 de febrero, cuando se refirió durante una hora a sus opositores como "ratas grasientas". Pero ya nadie le creyó. Y el jueves pasado, ese hombre que hace dos semanas parecía imposible de derrocar mostró la cara de su desesperación. Había anunciado una nueva intervención televisiva, pero por alguna razón se limitó a llamar por teléfono a la televisión nacional. Habló por espacio de 29 minutos en una especie de monólogo patético. "Al Qaeda ha reclutado a nuestros hijos", reiteró varias veces mientras parecía hablarle a un país existente solo en su imaginación.

No solo acusó a Osama Bin Laden de lo que pasaba en Libia, a la que se refirió como una nación que daba a sus ciudadanos mejores oportunidades que Egipto y Túnez, sino que aseguró que los que lo atacaban en las calles eran jóvenes menores de 20 años "a quienes les dan drogas". Pidió a los padres que convencieran a sus hijos de volver a casa.

¿Qué había pasado con Gadafi que, por primera vez, no daba la cara? Esa era la pregunta que circulaba entre los analistas de todos los medios que han intentado seguir, a pesar de la distancia, lo que sucede en Libia desde el 15 de febrero, cuando comenzaron los enfrentamientos con las fuerzas opositoras, que habrían dejado alrededor de dos mil personas muertas y otros miles de heridos, según aseguran organizaciones de derechos humanos.

Desde entonces, Libia ha caído en un caos. Varios ministros, algunos de ellos bastante cercanos a Gadafi, como el ministro del Interior, han renunciado en protesta por el asesinato masivo de la población, y decenas de embajadores libios han hecho lo mismo. Los trabajadores extranjeros vinculados a las compañías que operan en el país, especialmente petroleras, han huido masivamente de la violencia, y sus testimonios son aterradores. Gadafi y sus hijos, que al parecer han quedado aislados en Trípoli, están dispuestos a matar sin piedad no solo para mantener poder, sino para recuperar algunas de las poblaciones del oeste que creían leales.

Las sospechas de que Gadafi perdió el respaldo total de los militares, que poco a poco lo han ido abandonando en los últimos días en el este y oeste del país, se acrecentaron aún más después de su intervención telefónica. Según versiones de testigos, en el terreno ya solo le quedarían sus milicias personales, integradas sobre todo por gente de su tribu y por los mercenarios africanos que habría traído por miles.

"Lo que le quede de vida al régimen de Gadafi, sea corto o largo, se sostiene sobre la intensidad de la violencia con la que responda desde el pequeño reducto de poder que le queda en Trípoli", aseguró a SEMANA Alex Warren, especialista en Libia de Frontier, una publicación especializada en hacer investigaciones y asesorías en Oriente Medio y África. Warren explicó que cada vez es más claro que Gadafi está siendo abandonado incluso por aquellos cercanos a él. "Especialmente después de la renuncia de algunas de las viejas figuras del comité del comando revolucionario que planearon y ejecutaron el golpe de Estado de 1969", dijo.

La soledad de Gadafi

Los "revolucionarios", como se llaman a sí mismos los luchadores contra el régimen, han ido ganando las batallas en Libia de manera tan sorpresiva como el nacimiento de las protestas. Desde la distancia, Muamar Gadafi se veía mucho más fuerte que sus vecinos ya derrocados Mubarak y Ben Ali. La razón es que en estas cuatro décadas Gadafi se las había arreglado para aplastar cualquier brote de oposición.

Todo comenzó casi inadvertidamente. Cuando en la vecina Egipto rugía la rebelión, unos cuantos habitantes de Bengazi salieron a la calle para protestar por el arresto de varios activistas de derechos humanos. Gadafi trató entonces de salir al quite prometiendo liberar a cientos de presos y haciendo una que otra broma para bajar los humos.

Pero las protestas siguieron y Gadafi mostró su verdadera cara. Enfurecido, ordenó a sus tropas atacar a los manifestantes, que en Bengazi y las ciudades cercanas mataron al menos a 200 personas, una cifra que algunos calculan en más de dos mil. Pero ni eso consiguió que cesara la rebelión.

Por el contrario, después de diez días, los rebeldes, convertidos en milicias con el apoyo de tropas que se pasaron a su bando, liberaron esa región, conocida como Cyrenaica. Históricamente distante de Trípoli, Bengazi ha declarado su independencia del poder de Gadafi. Algunos periodistas que han llegado hasta allí aseguran que la ciudad intenta recobrar su normalidad. Esto se habría logrado, aseguran analistas, gracias a dos factores: la voluntad de los jóvenes que se han movilizado para que todo estuviera bajo control y a que Libia es una sociedad tribal.

Esta es una de las razones detrás de la victoria de la oposición: que la mayoría de los líderes tribales de la zona y del país decidieron apartarse de Gadafi. "Le decimos al hermano Gadafi que ya no es nuestro hermano. Que abandone el país", dijo hace unos días a la cadena Al Jazeera Akram al-Warfali, uno de los líderes de la tribu Wafalla, la más grande del país, con un millón de personas. Esta es una proporción interesante si se tiene en cuenta que Libia posee 6,5 millones de habitantes y 140 tribus.

Con esta situación, Gadafi solo contaría actualmente con la gente de su tribu, Qathathfa, y otras más que habitan en Trípoli y que fueron las mayores beneficiarias de su poder. La parte oeste del país, cercana a la frontera con Túnez, también estaría más o menos liberada, aunque todavía los defensores de Gadafi estarían dando la batalla en poblaciones como Zawiya, a 50 kilómetros de Trípoli.

"El futuro de Libia puede ser muy difícil después de Gadafi, porque tanto los movimientos de oposición secular e islamista están inmensamente divididos en docenas de organizaciones", explicó a SEMANA Wayne White, analista del Middle East Institute. Señala que "Gadafi pasó 40 años tratando de consolidarse como el único poder".

Como consecuencia, no hay movimiento sindical, ni partidos políticos, ni una sociedad civil que pueda asumir una transición. Por eso, para White, como para otros analistas, existe la posibilidad de que Libia quede divido en dos naciones, o incluso en más, si Gadafi logra quedarse con Trípoli. "Si eso pasa, habrá una gran pelea para definir fronteras y los beneficios de la explotación de petróleo, debido a que gran parte de esta infraestructura está ubicada en un sector donde convergen ambas regiones", concluye.

Una Libia sin Gadafi, sin duda, será un dolor de cabeza para Occidente, especialmente en Europa, su vecino natural. Por un lado, está la explotación de petróleo, ya que Libia es uno de los grandes productores del mundo y el mayor de África. Decenas de compañías extranjeras tienen inversiones en el país. Segundo, está el problema de la inmigración: por años Libia había servido como barrera de contención para millones de subsaharianos que tratan de llegar a Europa cada año. A esto se suma que todo el norte de África es de primordial importancia para la Unión Europea, y en especial para Italia, que tiene inversiones por millones de euros (ver recuadro).

"No me sorprendería que los inteligentes estrategas israelíes vean ahora al norte de África como una mayor amenaza que Irán", explicó a SEMANA Paul J. Sullivan, profesor y experto en el norte de África y el Levante de la Universidad Nacional de Defensa en Washington. Añadió que el verdadero terremoto pasa en el norte de África y la manera como se desarrolle la situación en estos países va a afectar a todo el mundo islámico.

Pase lo que pase con Gadafi, lo cierto es que parece imposible que recupere el control total de Libia. El hecho simbólico de hablar por teléfono cuando el país se cae a pedazos lo confirma. La pregunta es cuánto más permanecerá en el poder y cuánta sangre estará dispuesto a derramar.
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