Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2004/12/19 00:00

El triunfo neocon

A pesar de que el mundo critica la debacle de Estados Unidos en Irak, el Presidente y su camarilla neoconservadora repitieron mandato. La pregunta es si podrán persistir en la misma política internacional.

A la cabeza visible del grupo de neoconservadores que influencian la política externa de George W. Bush están el vicepresidente Dick Cheney y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld.

La agresiva política exterior de la primera presidencia de George W. Bush le recordó a la opinión pública mundial que lo que se decide en la Casa Blanca afecta directamente las vidas de millones fuera de las fronteras de Estados Unidos. Incluso cundió la opinión de que la tarea de elegir al gobernante del país más importante del mundo no debería dejarse sólo en manos de los norteamericanos. De hecho, diversas encuestas revelaron que en la mayoría de los países la elección habría sido desfavorable a Bush, pero fueron los estadounidenses quienes decidieron y eligieron ampliamente a un Presidente de pésima imagen internacional.

De nada valió que se hubiera demostrado que Bush mintió en varias ocasiones al país para justificar la invasión a Irak, ni que esta fuera la resurrección del concepto, tan llorado en la primera mitad del siglo XX, de la guerra preventiva. La campaña de Bush fue más efectiva en convencer al núcleo de sus votantes republicanos de que esos eran en realidad pecadillos, y que tener un líder con un mensaje claro y definido, más allá de sus verdaderas motivaciones y objetivos, era más acorde con el papel de Estados Unidos en el planeta que el discurso poco claro de John Kerry.

Bush puede haber ganado con tres millones de votos de ventaja, pero es muy impopular fuera de sus fronteras. Y lo es desde que llegó a su primera presidencia, cuando se dedicó a pasar por encima de los tratados y las instancias multilaterales que la comunidad internacional construyó trabajosamente a través de décadas de negociaciones, como el tratado de protección ambiental de Kyoto o la Corte Penal Internacional. Luego del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 el mundo apoyó el ataque contra Al Qaeda y sus protectores Talibán en Afganistán. Pero luego desaprobó que Washington pasara por encima de la ONU para atacar preventivamente a Irak con el pretexto, que se demostró falso, de que Saddam Hussein tenía "armas de destrucción masiva". La reflexión generalizada fue que si Irak había sido objeto de un ataque tan pobremente justificado, cualquiera que se atravesara a los designios de la Washington de George W. Bush podría ser el siguiente. ¿Irán, Corea del Norte, Siria, Cuba?

El origen de todo

Bush es un cristiano renacido y la ultraderecha religiosa del Partido Republicano tiene mucho que ver con su visión moralista de la vida y con su declarada lucha contra las fuerzas del mal. Pero esa influencia se siente más en la esfera interna, en temas como el matrimonio homosexual o el aborto, que en la política exterior. En esta, la construcción ideológica proviene de los llamados neoconservadores, cuyo pensamiento tiene mucho que ver con lo que se ha llegado a llamar la doctrina Bush. Estados Unidos, dicen, es una nación excepcional que debe ejercer su dominio militar dondequiera que sea necesario, incluso para prevenir las amenazas, así como beneficiar a Israel en su conflicto con Palestina y el mundo árabe. En el frente interno, defienden a ultranza la ley del mercado, el desmonte de los derechos laborales, rechazan el manejo social de la economía y abogan por la reducción de impuestos a los más ricos y el desmantelamiento de los vestigios liberales del New Deal de los años 30 y la Nueva Política de los 60.

Los neoconservadores, surgidos en los años 60 en círculos intelectuales liberales judíos de Estados Unidos, se hicieron fuertes, ya convertidos en republicanos, en la 'revolución' de Ronald Reagan. Bajo su influencia el ex actor logró desarticular la Unión Soviética mediante una carrera armamentista que acabó con su débil economía. Pero en los 90 su influencia se desvaneció. Cuando el primer

George Bush decidió no destruir el régimen de Hussein tras la guerra del golfo de 1992, el hoy subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, que se desempeñaba en un puesto similar, escribió un borrador que causó escándalo. Era un texto destinado a convertirse en el 'Defense Plan Guidance' (Guías para la planeación de la defensa). Wolfowitz sostenía que la contención era una reliquia de la Guerra Fría y que Estados Unidos debería hablar duro, blandir el gran garrote y usar su poder militar para prevenir el uso por terceros de "armas de destrucción masiva". Y que si tenía que actuar por su cuenta, pues que lo hiciera. Cuando el texto se filtró, la controversia fue inmediata. El Presidente le ordenó a su secretario de Defensa, el hoy vicepresidente Dick Cheney, que se eliminaran conceptos tan escandalosos como la guerra preventiva y unilateralmente decidida.

Lo que entonces era impresentable ahora es, en muchos de sus puntos, una política consignada en la Estrategia Nacional de Seguridad proclamada el 17 de septiembre de 2002. ¿Cómo se llegó allí? Los neoconservadores siguieron trabajando en forma silenciosa. En 1997 nació el think tank Project for a New American Century, Pnuc (Proyecto para el nuevo siglo norteamericano). Varios de sus fundadores pertenecían también al ultraderechista Institute for Advanced Strategic and Political Studies, con base en Jerusalén y sucursal en Washington, del cual había salido, en 1996, el imperativo de acabar con Irak. Se argumentaba que sus misiles Scud eran la mayor amenaza pendiente contra Israel. Uno de los primeros actos del Pnuc fue, en enero de 1998, enviar una carta al presidente Bill Clinton en la que pedían acción militar directa contra Irak. Entre los firmantes estaban Donald Rumsfeld, Wolfowitz,

Richard Perle, William Kristol, Richard Armitage y John Bolton, todos los cuales han sido o son funcionarios del gobierno actual y tuvieron mucho que ver con la decisión de atacar a Hussein.

En marzo de 1999 George W. Bush, el gobernador de Texas, decidió formar el reglamentario comité exploratorio de su candidatura presidencial. ¿Quiénes aparecieron allí? Pues Rumsfeld y Wolfowitz, junto con dos exponentes, al menos por entonces, del realismo político: Colin Powell, recién retirado del ejército, y Condoleeza Rice. Tras la controversial victoria de 2000, los neoconservadores consiguieron tres puestos clave: Cheney, convertido en vicepresidente, puso a Donald Rumsfeld como secretario de Defensa y a Wolfowitz como ideólogo desde la subsecretaría. La presencia de Colin Powell, sin embargo, garantizaba algún contrapeso a su influencia. Mientras los neoconservadores promovían la acción militar contra Irak, Powell defendía las sanciones económicas y la presión diplomática.

Con el ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001, los neoconservadores del gobierno tomaron una ventaja definitiva. Dos días después, en una rueda de prensa, Wolfowitz habló por primera vez de la necesidad, no sólo de capturar a los asesinos, sino de destruir sus refugios y "terminar los Estados que promueven el terrorismo". Rumsfeld convocó a los miembros del Pnuc a una reunión de 19 horas que terminó con una carta al Presidente que hacía más énfasis en atacar a Irak que en la amenaza del saudí Osama Ben Laden. Finalmente, Bush decidió atacar primero a Al Qaeda en Afganistán, pero es claro que desde el primer momento, sin la menor prueba de su participación en el 11 de septiembre, la intención de los neoconservadores era conducir a su gobierno a invadir a Irak y sacar del poder a Saddam Hussein. No es una coincidencia que Bush haya escogido al American

Enterprise Institute (considerado el cuartel general neoconservador y defensor de la 'democratización' del mundo árabe por más de 10 años) para su discurso de febrero de 2003 en el que declaró la victoria sobre Irak.

Las razones para la obsesión con Irak tienen que ver con la influencia israelí, pero el petróleo iraquí también estaba en la agenda. No solamente por las razones geoestratégicas de obvia conveniencia para Estados Unidos, sino por algo mucho menos presentable: las relaciones del vicepresidente Dick Cheney con la gigante de servicios petroleros Halliburton, de la que fue presidente varios años y de la que se retiró con una bonificación de 30 millones de dólares. Halliburton, en medio de varios escándalos, ha sido la mayor beneficiaria económica de la invasión a Irak, con contratos por muchos millones de dólares.

Cheney, por lo demás, se convirtió en el mayor promotor del ataque contra Irak, y sus palabras en un discurso en agosto de 2002 resultan dicientes: "El cambio de régimen en Irak traerá un número de beneficios a la región. Cuando las amenazas sean eliminadas, los amantes de la libertad tendrán la oportunidad de promover los beneficios de una paz duradera. El profesor Fouad Ajami predice que tras la liberación, las calles de Basora y Bagdad seguramente estallarán en alegría (...) Los extremistas deberán repensar sus estrategias y los moderados de la región recibirán un fuerte impulso". El contraste con la realidad es impactante.

¿Y ahora?

Tras las elecciones de noviembre ha surgido la pregunta de si esta camarilla de pensadores de extrema derecha y su doctrina de hegemonía incontestable de Estados Unidos y defensa a ultranza de Israel en el Medio Oriente seguirán teniendo la influencia que demostraron en el primer período de Bush.

Por un lado ya no estará Colin Powell, quien renunció, aunque la mayoría de los observadores norteamericanos concuerda en que no era bienvenido en una segunda administración. En su reemplazo ha sido designada la hasta hoy asesora de seguridad nacional Condoleeza Rice, que a pesar de no pertenecer a la entraña de los neoconservadores ha terminado plegándose a su doctrina. Pero si a ella le falta convicción, a su lado estará, según parece, el ultraneoconservador John Bolton, que desde mucho antes de la invasión a Irak ya aseguraba que la agenda militar de Estados Unidos debería incluir a Siria e Irán.

Otro factor es el nombramiento de Stephen Hadley para asesor nacional de seguridad, en reemplazo de Rice. Hadley es retratado como un tecnócrata y un declarado neoconservador, que ya en 2000, en una conferencia ante un grupo de prominentes republicanos, hablaba de la necesidad de atacar a Irak y de poner el tema de Israel en el congelador.

Todo ello debería llevar a un continuismo y a una mayor agresividad, con varios extremos: una mayor presión sobre Corea del Norte, el acercamiento cada vez mayor a las políticas del primer ministro Ariel Sharon, de Israel, un choque con Irán y acciones más agresivas en temas como Cuba, entre otras.

Pero si bien Cheney declaró luego de las elecciones de noviembre que Bush ahora tenía un "mandato popular", implicando que la administración debería seguir por el mismo camino, no todo el mundo está de acuerdo en que la política internacional podrá ser la misma en el segundo período de Bush.

Para lo críticos de la línea neoconservadora, el caos que se ha apoderado de Irak debe necesariamente quitarles influencia a los promotores de la invasión. La imagen de Estados Unidos en el Medio Oriente está en el punto más bajo de su historia, por lo que Bush debería tratar de salvar el poco apoyo que le queda. Cuando invadió a Irak, el Presidente dependía de su alianza con el británico Tony Blair, pero nada garantizaría que un nuevo ataque, por ejemplo contra Irán, no significaría que el Primer Ministro cayera o, para evitarlo, se alejara de Washington.

Esos opositores dicen también que es muy difícil que Estados Unidos se embarque en nuevas empresas bélicas sin establecer el servicio militar obligatorio, una medida altamente impopular. La reciente controversia entre Rumsfeld y un contingente de soldados que reclamaban mayor seguridad en Irak mostró las fisuras y la escasa voluntad popular de exponer vidas en continentes lejanos y por causas abstractas como la 'democratización' del mundo.

Antes de las elecciones de noviembre hubo quienes, como la revista The Economist, pronosticaron el fin de la influencia de los neoconservadores, así ganara Bush. Sostenían que el péndulo regresaría al ala tradicional republicana, la de los pragmáticos o realistas de los ex secretarios de Estado Henry Kissinger o Brent Scowcroft. Eso no parece haberse confirmado. Pero a pesar del "mandato popular" proclamado por Cheney, la sensación es que en el segundo mandato de Bush la realidad se encargará de poner los límites.

*Jefe de redacción y editor internacional de SEMANA

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