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| 2/24/1986 12:00:00 AM

EL TUNEL DEL CHANNEL

Cincuenta kilómetros de ferrocarril submarino entre Calais y Dover ponen fin a mil años de "espléndido aislamiento" inglés

La escena tiene lugar en el salón de honor de la Alcaldía de Lille una pequeña ciudad al norte de París. Sobre el tapete rojo desplegado para la ocasión avanza el presidente Francois Mitterrand. Es el mediodía del lunes 20 de enero. "Tengo el honor de informar--dice el Mandatario tomando un micrófono ante el centenar de invitados--que los gobiernos de la Gran Bretana y de Francia han decidido unir los dos países por un doble túnel ferroviario que permitirá la circulación de trenes para pasajeros y de vagones para automóviles". Una pequeña pausa de suspenso y luego el remate: "Posteriormente una autopista deberá ser construida".
A renglón seguido, la primera ministra británica Margaret Thatcher toma el lugar de Mitterrand y lentamente, en engolado inglés, repite las frases de aquel. Una salva de aplausos, que no deja oír la última palabra del corto recitativo de la "dama de hierro", viene a subrayar el ambiente de entusiasmo que reina entre las notabilidades allí congregadas. De esa manera comenzaba la ceremonia mediante la cual los dos países ponían fin a los 182 años de vacilaciones y divergencias sobre la idea de unir definitivamente los dos territorios por medio de un vínculo fijo a través del Canal de la Mancha.
Pero no eran los aspectos históricos los que en esa tarde atraían la atención de los periodistas que concurrían a Lille. De hecho, las filtraciones noticiosas del día 16, cuando la decisión fue tomada, habían impulsado a la prensa a sacar del baúl de los recuerdos los pintorescos, cuando no estrafalarios, proyectos con los cuales deschaveteados ingenieros intentaron el siglo pasado ligar la isla al continente, como la locomotora insumergible, o el fantasmal puente ferroviario fijado sobre pilastras de cemento, o el túnel militar presentado en 1803 a Napoleón Bonaparte. Tambien evocaron las modernas ideas de Jules Moch de 1963, acerca de una isla artificial sobre las aguas del Paso de Calais, y la propuesta de 1973 para un asombroso puente colgante de múltiples servicios.
Lo que describió en Lille Francois Mitterrand, pasándole de vez en cuando la pelota a la señora Thatcher --quien habló en francés en algunos momentos--era algo del todo distinto: un doble (o más bien triple) túnel ferroviario de 50.5 kilómetros de largo--37 de los cuales serán bajo el lecho del Canal de la Mancha--que costará entre 27 y 51 mil millones de francos franceses (entre cuatro y siete mil millones de dólares) y que será inaugurado en 1993.
"Es un proyecto apasionante, porque se trata de una realización nueva, de una gran empresa, porque es una obra digna de nuestra época y de las aspiraciones populares de nuestros dos países", dijo la Thatcher. La verdad es que en las palabras de la Primera Ministra podían rastrearse algunos gramos de amargura, pues los prolongados estudios de nueve meses entre los ministros de Transportes de los dos países, quienes examinaron cuatro proyectos diferentes, concluyeron con la adopción del túnel ferroviario defendido por París. Ella no había cesado de jurar que sería la primera en atravesar el english channel en una autopista conduciendo su propio automóvil. En su opinión, la "vulnerabilidad" de la obra ante las "acciones huelguísticas o terroristas", hacían el túnel ferroviario desaconsejable. Mitterrand, quien gentilmente rechazó el intento de la líder conservadora de poner en pie de igualdad las acciones huelguísticas y los actos terroristas, replicó indirectamente al enfatizar que el proyecto aprobado era el menos caro y el más viable tecnológicamente.
El túnel tendrá tres ramales: dos de 7.30 metros de diámetro para los ferrocarriles y una tercera nave central de menor radio que hará de ventilador, vía de servicio y salida de emergencia. La red cruzará a una profundidad de 40 a 100 metros bajo el lecho del mar.
Conocida es la adoración de los franceses por los ferrocarriles y el orgullo que en ellos despierta el llamado tren de alta velocidad (TGV) que Francia ha fabricado con tecnología propia. Todo indica que el acuerdo suscrito el Lille, el cual será firmado definitivamente el 12 de febrero próximo en Londres bajo la forma de un tratado franco-británico, incluye como una de sus condiciones la utilización del sistema TGV, lo cual daría impulso, por otra parte, a la construcción de la línea París-Bruselas Colonia, que se discute actualmente con Belgica y Alemania Federal. Si todo sale bien, dentro de ocho años los viajeros entre París y Londres gastarán únicamente tres horas y cuarto viajando en TGV y 4,40 en tren clásico, a razón de 230 francos por persona. Hoy en día ese trayecto se hace en ocho y diez horas, utilizando tren o automóvil y transbordador para el Canal.
Pero no todos los puntos de la negociación los ganó París. Los socialistas franceses proponían que el proyecto contara con financiación estatal. Tuvieron que ceder finalmente ante la postura de la Thatcher, quien insistía en que el dinero debía tener origen estrictamente privado. De tal suerte, el consorcio binacional, bautizado como Channel Tunnel-France Manche, será un negocio redondo para una treintena de bancos de los paises. Algunas instituciones japonesas también están interesadas en tener su parte del ponqué.
La Thatcher ganó ese punto pero perdió el de la autopista. A manera de consuelo obtuvo una promesa: que los consorcios deberán presentar antes de 15 años un proyecto carreteable. Si el grupo francés no lo hace en ese lapso perderá su derecho a participar en la construcción de la ruta.
Las repercusiones sociales del túnel también avivan la polémica. El gobierno francés afirma que la obra, una de la más importantes que conocerá el siglo XX, significará la creación de 50 mil empleos en los dos paises, 30 mil de los cuales beneficiarán a la región Nord-Pas-de Calais, una de las zonas francesas más afligidas por el desempleo. La crisis de los astilleros de Dunquerque y de la siderurgia local ha hecho subir este flage lo al 13.2%. Por lo tanto, para la administración socialista el acuerdo sobre el túnel constituye un rotundo gol político, justamente por la proximidad de las elecciones legislativas en las que la derecha tiene todas las de ganar. En los medios sindicales de la pro comunista CGT, la noticia fue recibida con recelo. Dos mil manifestantes se citaron en Lille para protestar por la ausencia de planes concretos del gobierno para beneficiar la región.
Del otro lado del mar, el entusiasmo no es muy grande. En Kent, donde se iniciarán los dos puntos de ataque de la parte inglesa, el 90% de los habitantes se opone al túnel. Algunos columnistas tratan de explicar que el Canal juega un papel importante en la sicología británica. "La jornada de ayer en Lille marca el fin de 920 años de espléndido aislamiento", escribia Brian Moynahan en el Sunday Times, al recordar que Inglaterra, considerada por Shakespeare como "diamante en un estuche azul", ya no lo será más. "Un mar atravesado por un túnel no es sino una joya de segunda categoria" se lamentaba Moynahan, a pesar de estar a favor de la obra.
Algunos políticos también están haciendo frases. Keith Best, diputado conservador, declaró con gran dosis de humor negro: "Napoleón se salió con la suya". Menos pesimista, la patronal inglesa, mediante una declaración del CBI, aplaudió la empresa, que facilitará la tarea de los hombres de negocios y permitirá a la industria británica mejorar sus incursiones sobre Europa.
Que todo esto no es más que "un primer paso", es la banderita que agita la señora Thatcher pensando en la perforación de una autopista bajo el mar para el año 2000. ¿Por qué dio entonces su visto bueno al tramo exclusivamente ferrocarrilero? Por razones de política interior, comenta la prensa. Puede ser. Tras el escándalo Westland (ver SEMANA anterior) la Primera Ministra estaba obligada a hacer un viraje ante aquellos que la acusan de pro norteamericana. Y nada mejor que este proyecto que tiene todas las características de un regalo para Europa. Convencido y feliz con la carambola política, el presidente Mitterrand no pudo menos que agradecerle a ella "su acto de buena voluntad" al suscribir un acuerdo histórico que dejaba frío a los conservadores ingleses y apoyaba electoralmente a los socialistas del Palacio del Eliseo . --
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