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| 8/8/1988 12:00:00 AM

EL ULTIMO EMPERADOR

La estrecha victoria de Carlos Salinas de Gortari, podría significar el fin de la hegemonía del PRI.

Casi inesperadamente, las elecciones presidenciales y parlamentarias de la semana pasada en México se convirtieron en un hito histórico del país azteca. Aunque el candidato oficialista Carlos Salinas de Gortari las ganó como era previsto y extendió el imperio del PRI --Partido Revolucionario Institucional--por seis años más, nunca, desde que esa agrupación política se afianzó en el poder en 1929, las elecciones habían sido más disputadas y su validez más cuestionada. De cumplirse lo que muchos analistas políticos vaticinan, las de la semana pasada serán las últimas elecciones organizadas, realizadas, escrutadas y decididas por el PRI, que acusa ya el desgaste de casi 60 años en el poder, los mismos 60 años que convierten su hegemonia en la más larga del mundo en el siglo XX, exceptuados los regimenes comunistas.

Dados esos antecedentes de fraude, casi nadie en México se extraño que Salinas de Gortari se apresurara a anunciar su triunfo nacional "indudable y evidente", aun cuando en ese momento faltaban días enteros para que se anunciaran los resultados oficiales. Pero muchos esperaban que, dadas las circunstancias, Salinas de Gortari, de 40 años y quien se presenta como un renovador, exhibiera mayor prudencia a la hora de reclamar la victoria.

Esa hubiera sido, a los ojos de los observadores extranjeros, una actitud mucho más política frente a las denuncias que los candidatos de oposición comenzaron a hacer desde mucho antes del día de las elecciones.

Uno de los factores que más influyó en la nueva actitud de muchos mexicanos ante su proceso político fue la presencia a la cabeza del frente Demócratico Nacional de Cuauhtémoc Cárdenas, hasta el año pasado miembro del PRI y gobernador de Michoacan, pero sobre todo hijo del legendario general Lázaro Cárdenas, quien fue presidente en 1934, nacionalizó el petróleo y encarnó para muchos, el último exponente de los ideales de la revolución mexicana. Cuauhtémoc declaró que abandonaba el partido porque se había convencido de que era imposible reformarlo desde dentro y porque era necesario protestar contra la práctica casi monárquica del presidente saliente, cuando elegía "a bolígrafo" a su sucesor. Su coalición política, denominada Partido Mexicano Socialista, se conformó con la reunión del Partido Comunista Mexicano,, el Partido del Pueblo Mexicano, y otras facciones de la alicaida izquierda, que vieron en Cárdenas el candidato ideal.

Desde el otro lado del espectro político se alineó el candidato del conservador Partido Acción Nacional --PAN--, Manuel Clouthier, de 54 años, un rico hacendado corpulento y de verbo explosivo, quien se convirtió en un momento dado en el abanderado de la campaña contra el fraude.
Según algunos observadores, Clouthier se convirtió en el enemigo más acérrimo del sistema electoral mexicano luego de ser derrotado en 1986, en las elecciones para elegir al gobernador de su Estado natal Sinaloa, y desde entonces juró acabar con el hegemonismo oficial.

Sea como fuere, los candidatos principales de oposición, junto con la única mujer en competencia, Rosario Ibarra de Piedra, candidata del Partido Revolucionario de los Trabajadores, de tendencia trotskista, llegaron, pese a sus diferencias ideológicas, a firmar un pacto por medio del cual aunarían sus esfuerzos por vigilar y evitar el fraude electoral.

En medio de un ambiente tan caldeado, mientras los voceros oficiales, y en especial el ministro del Interior, Manuel Bartlett Díaz, se esforzaban sin éxito por convencer a tirios y troyanos de que los comicios serían los más transparentes de la historia de México, se produjo un episodio cuya trascendencia aún no es posbile determinar. Dos de los asesores de Cárdenas, Xavier Ovando Hernández y Román Gil Heráldez, fueron asesinados luego de terminar una reunión política en Ciudad de México. El mismo Cárdenas fue prudente en el discurso pronunciado en el funeral, cuando dijo que "Xavier ha caído porque luchaba por que México tuviera una democracia real", sin atreverse a acusar directamente a ninguna persona en una declaración demasiado vaga que podía explicarse, según algunos, precisamente por lo álgido del momento, a pocos días de la fecha de las elecciones. Aunque el asunto fue rápidamente relegado a segundo plano por la prensa oficial, las consecuencias del crimen sobre la imagen del futuro gobierno de Salinas pesarán sin duda como una sombra negra sobre su cabeza.

En cualquier caso, los esfuerzos contra el fraude no lograron su objetivo. En muchas regiones se impidió el acceso a los observadores de la oposición, y los resultados se demoraron extraordinariamente, como si los escrutadores estuvieran en aprietos para descontar el avance de los partidos de oposición, y en especial del candidato Cárdenas. Al cerrarse esta edición, mientras el mexicano raso hacia gala de su sarcasmo al referirse a las múltiples formas de fraude desplegadas por la Comisión Federal Electoral, los porcentajes extraoficiales apuntaban a una votación ligeramente superior al 50% en favor de Salinas Gortari. Una ventaja que se antoja ridícula, si se tiene en cuenta que el promedio en las elecciones anteriores a favor del candidato oficial era del 90% y que la más baja se registró en 1952, con el 74%.

Lo único que parece claro es que las cosas en México al menos en asuntos electorales, ya no serán las mismas. Como anotaba un observador, "lo importante es que en México se creó la conciencia de que ya no hay que estar del lado del PRI para estar con los ganadores". --
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