Jueves, 30 de octubre de 2014

| 1988/05/30 00:00

¿EL ULTIMO NAZI?

Cerrado el caso Demjanjuk, el criminal de guerra más buscado del mundo es Alois Bruner

¿EL ULTIMO NAZI?

El año pasado fue Klaus Barbie, y éste, John Demjanjuk. Como traídos por una máquina del tiempo, los fantasmas del holocausto han regresado a la conciencia del mundo, y le han recordado que aún hoy, más de 40 años después, personajes tan tenebrosos como Alois Bruner aún esperan la llegada de la espada de la venganza.
"Los crímenes que cometió no pueden ser perdonados, ni por la letra de la ley, ni por el corazón de los hombres". Con esas palabras, el juez Zvi Tal anunció la sentencia a muerte de John Demjanjuk, conocido como Iván El Terrible, por los crímenes que cometió en Polonia durante la Segunda Guerra Mundial. Su trabajo en aquella época: operador de la cámara de gas del tristemente célebre campo de concentración de Treblinka.
Según determinó el juez durante el proceso, Demjanjuk, quien es un nativo de Ucrania, no sólo desempeñó el terrible oficio con celo y dedicación extraordinarias, sino que ejerció la máxima sevicia contra sus miles de víctimas. Al final de la guerra, y aprovechando la confusión y origen no alemán, el Terrible escapó a Estados Unidos, país que le otorgó su ciudadanía más tarde.
Pero el manto de olvido no fue suficiente para él. Establecido como obrero de una fábrica de automóviles en Cleveland, en 1976 fue identificado como el ángel de la muerte de Treblinka y desde entonces, los fantasmas que le acompañaron durante sus años de anonimato adquirieron carne y hueso. Despojado de la ciudadanía norteamericana en 1981, fue extraditado a Israel en 1986.
Desde que comenzó su juicio, el rubicundo y calvo ucraniano negó insistentemente ser Iván El Terrible, y por el contrario insistió en que él mismo fue víctima de la guerra y estuvo prisionero varios años. Esos alegatos, sin embargo, pesaron menos que el testimonio de varios sobrevivientes de Treblinka, quienes declararon cómo Iván El Terrible azotaba y vejaba a los prisioneros que, desnudos y aterrorizados, caminaban hacia la muerte en la cámara de gas. Uno de los testigos, Eliyahu Rosenberg, dijo más tarde que "el veredicto es muy satisfactorio aunque no hay castigo capaz de borrar los crímenes que cometió".
El tono emotivo de audiencia subió cuando el juez completó su discurso: "¿Qué castigo puede darse a este Iván El Terrible? Un hombre que mató a miles de personas, que torturó y trató con sadismo a aquellos que iban a morir ¿cuál puede ser su pena? Sabemos muy bien cuan pálida puede ser esta sentencia comparada con los millones de muertes que decretó para sus víctimas. Así como no hay nombre para lo que ha hecho, no hay castigo en las leyes del hombre suficientemente severo para las culpas del acusado".
Aunque toda sentencia de muerte recibe una revisión especial de la Corte Suprema de Israel, los abogados de Demjanjuk anunciaron que además apelarán la decisión. Su defensa se ha centrado principalmente en la supuesta falsedad de un documento de identificación nazi que contiene el nombre del acusado, su fotografía y su firma, que según los defensores habría sido falsificado por las autoridades soviéticas en su afán por presentar evidencias de su persecución de criminales nazis.
Pero ese no ha sido el único argumento esgrimido por los abogados de la defensa. Hábilmente han cuestionado la validez de las declaraciones de los testigos, sobre una base doble: por una parte, han transcurrido más de 40 años, y la fisonomía del acusado, entonces apenas sobre los 25 años, ha cambiado muchísimo. Por la otra, los testigos son personas que en medio del holocausto se encontraban bajo fuerte presión sicológica y, por lo tanto, su capacidad para recordar a alguien con tanta precisión despues de tantos años, no puede ser la mejor, sin contar con que todos estan ya en una edad avanzada.
Sea como fuere, el destino de Demjanjuk parece sellado. La opinión pública israelí, que celebra los 40 años de existencia de su Estado, no está dispuesta a dejar pasar esta oportunidad de recordar el holocausto que amenazó la existencia misma de la raza judía, y unos simples argumentos jurídicos no van a cambiar esta actitud. De eso son testimonio los aplausos que inundaron la sala luego de que se pronunciara la sentencia.
Pero el juicio y la casi segura ejecución del obrero automoviliario tuvieron el efecto de recordar además, que aún quedan algunos criminales nazis andando por ahí, entre las sombras, sospechando de todo y de todos, escondidos detrás de identidades ficticias.
Algunos de ellos, sin embargo, tuvieron mejor suerte pues la muerte se los llevó sin que hubieran pagado por sus crímenes. En esa categoría está Walter Kutschmann, acusado de asesinar 1.500 judíos polacos, quien murió a finales de 1986 en Argentina. Dos semanas después de su entierro su tumba fue volada por activistas judios. Otro que escapó sólo para enfrentar la justicia divina fue Valerian Trifa, antiguo arzobispo ortodoxo en los Estados Unidos, quien murió en Portugal en febrero de 1987 antes de ser juzgado por la muerte de 1.000 judios.
Algunos esperan la muerte luego de haber sido sentenciados en distintos países. Feodor Federenko, el primer ciudadano norteamericano deportado a la Unión Soviética para responder por sus crimenes de guerra, sólo aguarda la confirmación de su sentencia dictada por los jueces soviéticos. Andrija Artukovic, que dirigío campos de concentración donde murieron 700 mil judíos, fue sentenciado a muerte en Yugoslavia en 1986 y espera su fusilamiento. Y el más sonado antes de Demjanjuk, el "Carnicero de Lyon", Klaus Barbie, cumple cadena perpetua en Francia, luego de un publicitado juicio que removió la conciencia del pueblo francés sobre su papel en la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, hay otros que todavía escapan al largo brazo de la justicia. Uno de ellos paradójicamente fue el director del programa del cohete Saturno cinco en los Estados Unidos entre 1964 y 1969, Arthur Rudolph, ingeniero astronáutico, abandonó ese país luego de ser acusado de dirigir en Alemania una planta industrial operada por esclavos durante la guerra. Se rumora que vive en Alemania Occidental. Pero si Rudolph tiene sobre sí solamente acusaciones, Karl Linnas, residente en Long Island, lucha contra la extradición a la Unión Soviética, donde ha sido sentenciado a muerte por los crimenes que cometió mientras era guarda de un campo de concentración en Estonia.
Los anteriores son solamente un coro de ángeles frente a la gran presa de los servicios secretos israelíes. Alois Bruner, el más tenebroso de los criminales nazis vivos aún, es acusado de ser el responsable directo de la muerte de 125 mil judíos, y aparentemente vive, bajo protección oficial, en Siria. Sus manos están horriblemente mutiladas por efecto de atentados con cartas-bomba. Pero con absoluta y total seguridad, su refugio temporal de Siria no le sirve para esconderse de los tormentos de su conciencia, especialmente ahora cuando Israel está a punto de ejecutar a otro de los últimos nazis.--

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