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| 4/2/2011 12:00:00 AM

¿El verdadero efecto dominó?

Esta expresión nunca ha parecido realizarse tan fielmente como en los últimos meses, desde cuando las protestas atraviesan el mundo árabe.

En plena Guerra Fría, el Departamento de Estado de Washington popularizó la expresión 'efecto dominó' para caracterizar la doctrina según la cual si Estados Unidos permitía que Vietnam cayera en manos de los comunistas, uno a uno los países del sureste asiático seguirían ese camino. Y si caía ese sector del mundo, el efecto se agigantaría. Ya no serían los países, sino los continentes.

Ese escenario, como es ya conocido, nunca se materializó, a pesar de que Estados Unidos sufrió la derrota más humillante de su historia. Pero el concepto ha renacido desde comienzos de este año, en el contexto del mundo árabe, donde una disputa callejera entre una agente de la policía y un vendedor ambulante en Túnez fue la chispa de una explosión que aún resuena en las más diversas capitales de ese sector del mundo.

En efecto, después de la caída de Zine al-Abidine Ben Ali, el dictador de Túnez, vino la de Hosni Mubarak, el hasta entonces presidente cuasi vitalicio de Egipto. El incendio se propagó rápidamente, y hoy arde con mayor o menor fuerza en al menos ocho países. Pero ese rápido desenlace no se ha repetido. La situación más dramática se presenta en Libia, donde la manifestaciones iniciales dieron paso a una caótica guerra civil. Allí, la intervención aérea de la Otan, autorizada por la ONU para proteger a la población civil de las fuerzas del brutal Muamar Gadafi, abre interrogantes ante la realidad de que, en las condiciones actuales, ninguno de los bandos está en capacidad de derrotar al otro. Y mientras en Yemen, Siria y Bahréin los disturbios son sofocados a sangre y fuego, sin que se descarte que la situación escale a algo aún más grave, en Marruecos y Jordania los gobiernos maniobran políticamente en busca de quitarle oxígeno a la conflagración antes de que se vuelva incontrolable.

A pesar de que la situación de cada país es diferente, y de que, en el fondo, toda revolución es local, los observadores internacionales han señalado los aspectos comunes que apoyarían la tesis del efecto dominó. Algunos de ellos son los siguientes:

Uno. Sin importar el tipo de gobierno, los países árabes tienden a ser dominados por dinastías políticas. Antes de ser derrocado, el egipcio Mubarak tenía todo listo para dejar en el poder a su hijo Gamal, en las elecciones de septiembre. Los retoños de Gadafi, en el mismo sentido, cumplían papeles aparentemente antagónicos: el bueno, liberalizante; el malo, totalitario. En Yemen, las fuerzas especiales que defienden el régimen de Ali Abdulá Saleh son comandadas por sus hijos y sobrinos. En Siria, gobierna el hijo del patriarca Hafez al-Assad. Y las monarquías, como las de Arabia Sudita, Jordania o Marruecos, son hereditarias por definición.

Dos. Una combinación de desempleo y falta de oportunidades para una juventud con expectativas cada vez más altas. En este aspecto tienen mucho que ver Internet y las redes sociales, no tanto, como se suele afirmar, como medio para comunicar rápidamente decisiones tácticas, sino como vehículo para compararse con las circunstancias de sus iguales en otras partes del mundo.

Tres. La brecha generacional cada vez más marcada entre esos líderes de pelo pintado de negro azabache y cara marcada por las cirugías, que fascinaron a los padres y abuelos de los actuales manifestantes, pero a quienes estos ven como momias del pasado. Esa permanencia interminable en el poder tiene el efecto, que se vio con fuerza en el caso de Mubarak, de desconectar al longevo gobernante de la realidad.

El cuarto aspecto es el más preocupante: la indefinición del resultado. En ninguno de los países afectados hay indicios de qué podría resultar de la caída del régimen vigente. Por ahora, todo indica que Egipto estará bajo el cuidado de un régimen militar, con la posibilidad de que revivan las protestas, y que Libia podría desembocar en un conflicto tribal. Y cualquiera de esas hipótesis encierra su propia angustia. El siguiente gráfico muestra un panorama de este proceso, ciertamente parecido al clásico efecto dominó, cuya real resolución podría tomar desde meses hasta generaciones.
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