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| 11/9/1987 12:00:00 AM

EL VIAJE DE LA MUERTE

Los tiburones, los arrecifes y el agua cortaron de tajo las esperanzas de más de 100 dominicanos

Todo había empezado mal. El viaje, que se debía hacer el lunes en horas de la tarde, se aplazó para la madrugada del martes debido al constante patrullaje de las autoridades. Desde el momento de la partida los más de 160 ocupantes de la pequeña embarcación, debieron armarse con tarros para sacar el agua que se colaba en el interior. Después, según algunas versiones, hubo una discusión entre el capitán y algunos de los ocupantes, que se saldó con la muerte de aquél. Para terminar, uno de los palos de la nave rompió la proa que de inmediato comenzó a zozobrar.
Más de 100 personas vieron frustradas sus esperanzas y murieron sin poder realizar su sueño.
Se trataba de uno de los cientos de viajes que se hacen anualmente para llevar clandestinamente gente de la República Dominicana a Puerto Rico. En esta ocasión, el recorrido de 100 kilómetros a través del Estrecho de la Mona se llevaba a cabo en una pequeña embarcación de 15 metros de eslora y dos motores fuera de borda que partió desde la costa dominicana de Nagua con rumbo a la costa oeste de Puerto Rico, en donde sus ocupantes, acosados por el desempleo y la miseria, tenían la esperanza de encontrar mejores oportunidades. La nave se había alejado cinco kilómetros de la costa cuando ocurrió la tragedia. El agua que entró por el boquete abierto en la proa apagó los motores, y los ocupantes, en su mayoría mujeres que no sabían nadar, se lanzaron al mar en una zona infestada de tiburones. Los primeros trabajos de salvamento fueron realizados por pescadores del área, pero la tardanza de los helicópteros botes de la marina permitió que muchos de los náufragos murieran ahogados, quemados, o atacados por los escualos. Algunos desocuparon los galones de combustible para utilizarlos como salvavidas, pero el combustible, el agua salada y el sol que debieron soportar por más de tres horas les produjeron quemaduras graves. De los pocos que sabían nadar, algunos murieron al ser arrastrados contra un acantilado cercano a la playa y algunos de los que lograron salvarse huyeron ante la posibilidad de ser arrestados.
Los ocupantes de la motonave habían ahorrado durante mucho tiempo y vendido algunas de sus pertenencias para conseguir los 150 dólares que costaba el tiquete en el barco de la muerte.
La práctica de viajar ilegalmente a Puerto Rico o Estados Unidos se ha generalizado en la República Dominicana, una nación de 6 y medio millones de habitantes y un ingreso per cápita que no alcanza a los 1.500 dólares anuales. La recesión económica y la caída de los precios del azúcar en el mercado internacional han restringido las posibilidades de empleo para miles de quisqueyanos que, para rematar, deben ceder ante las constantes oleadas de trabajadores agrarios que llegan de Haití para ocuparse en las zafras azucareras y que se emplean por menos del salario mínimo que se les paga a los trabajadores nativos.
Pero la tragedia del pasado 6 tiene varios agravantes. El más importante es la indiferencia de la marina ante los llamados de auxilio lanzados por los pescadores, que fueron los primeros en acudir a la zona del desastre. El director de la Defensa Civil dominicana Eugenio Cabral, quien sobrevoló el área minutos después del naufragio vio cómo muchas de las personas que estaban en el agua eran atacadas por los tiburones sin que nadie, fuera de las canoas de pesca, llegara a ayudarlas, pues los helicópteros enviados por la Armada carecían de sogas y ganchos para emprender las labores de rescate y debieron limitarse a arrojar algunos salvavidas. También salió a la luz pública la falta de interés de algunos sectores de las fuerzas de seguridad para evitar la proliferación de los viajes clandestinos.
Al cierre de la presente edición, parecía que el desempleo podía más que la inminencia de la tragedia. El jueves en la tarde fueron detenidos por las autoridades más de 50 dominicanos que estaban a punto de embarcarse ilegalmente, en lo que podía ser otro viaje hacia la muerte.--
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