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| 8/6/2016 12:00:00 AM

Donald Trump: Víctima de sí mismo

Al comenzar la recta final de las campañas, muchos dirigentes republicanos repudian al magnate por su estrategia de insultar a todo el mundo. ¿Garantiza esto el triunfo de Hillary?

Ni sus más cercanos colaboradores han entendido qué busca Donald Trump al confrontar una y otra vez a Khizr y Ghazala Khan, los padres de un soldado musulmán que murió hace 12 años en Irak tras la explosión de un carro bomba. Cuando el dolorido padre se dirigió a la Convención Demócrata para exigirle al magnate respetar el espíritu liberal de la Constitución, la respuesta del candidato republicano dejó boquiabiertos a propios y extraños.

“Fíjese en la esposa, estaba ahí parada”, comentó el lunes en una entrevista con la cadena ABC sobre el silencio de Ghazala. “No tenía nada que decir... Tal vez no estaba autorizada para hablar”, dijo refiriéndose a la falta de derechos de las mujeres musulmanas. Sin embargo, donde Trump quiso mostrar un ejemplo de la misoginia del islam, el resto del mundo vio el sufrimiento de una madre por su hijo muerto, de lejos el dolor más intenso que puede sentir una persona.

Y así lo entendieron incluso muchos de los líderes republicanos –como el senador John McCain o el presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan–, que por enésima vez rechazaron los ataques racistas de Trump, pero sin llegar a repudiar su candidatura. Otros, como el congresista Richard Hanna, optaron por el transfuguismo y ahora apoyan a Hillary Clinton. En su decisión seguramente pesaron las encuestas, que según el promedio del portal Real Clear Politics (ver infografía) le dan a la candidata demócrata una ventaja de cinco puntos, con algunos sondeos dándole hasta diez puntos de ventaja a la demócrata. Ante esa debacle y fiel a su estilo, el magnate ha dicho que su contrincante es “el diablo”.

En cualquier otra elección, la ofensa de Trump a los Khan habría bastado para acabar con unas aspiraciones presidenciales e incluso con una carrera política. Sin embargo, la de este año es la campaña más atípica de los tiempos modernos. Y eso se debe a varias razones, comenzando por las especificidades de los candidatos demócrata y republicano.

Por un lado, Hillary Clinton y Trump son los aspirantes menos populares de los tiempos modernos, pues más del 50 por ciento de los estadounidenses poseen una imagen desfavorable de ambos. Y eso significa que para ganar votantes no solo necesitan convencer a los indecisos, sino que también tienen la ardua tarea de cambiar la opinión que de ellos ya se ha hecho el electorado. O, por lo menos, demostrar que no son la peor opción. Como dijo a SEMANA David Alpher, profesor de la Escuela de Resolución de Conflictos de la Universidad George Mason, “los dos están básicamente tratando de demostrar que son menos impopulares que su contrincante” (ver infografía).

Por el otro, los partidos que los escogieron como sus candidatos presidenciales están profundamente divididos, y en las convenciones de la segunda mitad de julio los enfrentamientos entre sus facciones fueron evidentes. Durante la de los demócratas, pese al apoyo explícito de Bernie Sanders a la campaña de Hillary, miles de los seguidores del senador de Vermont desfilaron por las calles de Filadelfia para protestar contra la exsecretaria de Estado y por el papel que jugó en todo el proceso el Comité Nacional de ese partido, que según una filtración en WikiLeaks de 30.0000 correos electrónicos favoreció a Clinton durante las primarias.

Sin embargo, ante el caos que está viviendo el Partido Republicano, las dificultades por las que atraviesa el Demócrata parecen escaramuzas menores, pues la relación entre Trump y buena parte de esa colectividad difícilmente podría empeorar. En primer lugar, los líderes de esa colectividad temen con buenas razones que el magnate comprometa sus propias carreras políticas. Así quedó demostrado esta semana, cuando para vengarse del “tratamiento injusto” que le han dado, Trump dijo que no estaba listo para apoyar las candidaturas al Senado de Ryan, McCain y otros republicanos críticos.

En segundo, porque ellos temen que esta temporada marcada por los desmanes de Trump convierta al partido en una entidad extremista, pero minoritaria e irrelevante en el ámbito nacional. Pues si bien en las primarias Trump selló la historia de los conservadores al derrotar a sus 16 contrincantes (entre ellos varios gobernadores y senadores), en esta etapa de la contienda su estrategia populista no está dando los mismos resultados. Incluso hay fuertes indicios de que está siendo contraproducente, y eso se nota en el curso que está tomando su campaña.

Durante los 12 meses que siguieron al lanzamiento de su candidatura, su manejo de los medios de comunicación y de las redes sociales, su afinidad con las teorías conspirativas –como que el presidente Obama no nació en Estados Unidos, o que las elecciones están “arregladas”– y sus respuestas violentas a cualquiera que se atreva a criticarlo convirtieron a Trump en el héroe de sus seguidores. Estos son esencialmente hombres blancos con bajo nivel educativo, muchos de ellos abiertamente racistas y misóginos, aterrados con los cambios sociales de las últimas décadas, pues les atribuyen al multiculturalismo y a las políticas progresivas del gobierno de Barack Obama la degradación de su nivel de vida y la pérdida de sus privilegios históricos.

Hoy, sin embargo, aunque los seguidores de Trump siguen siendo tan numerosos como durante las primarias, el magnate está jugando en un terreno diferente. Pues lo cierto es que el Partido Republicano cada vez representa menos a la población norteamericana. Si para ganar las primarias le bastó a Trump con convencer a ese sector de los blancos, en las generales ese grupo social es una minoría más y sus votos no bastan. Si a eso se le suman los comentarios degradantes que el magnate ha hecho sobre las mujeres, los musulmanes, los asiáticos, los discapacitados y los latinos, el resultado es un punto muerto electoral, pues el candidato no tiene para dónde crecer.

Como resultado de esa situación, muchos republicanos han asumido que su candidato no es viable y que la derrota en noviembre es inevitable. Y no porque no haya mucho en juego, pues una victoria de Clinton significaría que el Grand Old Party estaría fuera del poder durante tres mandatos consecutivos, algo que no sucede desde la Segunda Guerra Mundial. También, porque todo indica que ella designaría la Corte Suprema más liberal de la historia, pues tres de sus nueve miembros están cerca de cumplir 80 años. Y como si lo anterior fuera poco, el legado de Obama quedaría escrito en piedra, por lo que el acercamiento con Cuba, el tratado nuclear con Irán y la reforma migratoria ya no tendrían marcha atrás.

Todo lo anterior no quiere decir, sin embargo, que las elecciones están sentenciadas. Trump ha demostrado con creces que es un peligro, y el mayor error que cometieron durante los últimos 12 meses sus contrincantes y los medios de comunicación fue subvalorarlo. “Aunque no representen a una franja muy grande de la sociedad, los seguidores de Trump suelen ser votantes muy confiables y bastarían para darle la victoria si el resto de los votos se dispersa entre candidatos de partidos minoritarios, o si los seguidores de Hillary dan por sentado que ella va a ganar y no hacen efectivo su voto el 8 de noviembre”, dijo Alpher.

A su vez, el magnate es un oportunista de marca mayor que ha sabido explotar los miedos del estadounidense promedio y capitalizar la incertidumbre sobre la situación en Oriente Medio. En una época de amenazas terroristas, no se puede excluir que en Estados Unidos haya un atentado como el que segó la vida de 80 personas en Niza, algo que el magnate no dudaría en aprovechar para insistir en su idea recurrente según la cual el gobierno de Obama –y por extensión de Hillary– puso al país en manos de los terroristas.

A Trump, además, le favorece el sistema electoral estadounidense, ya que para ganar no necesita lograr la mayoría del voto popular, sino reunir la mitad más uno de los votos electorales (ver infografía). Pese a las anomalías de estas elecciones, las encuestas siguen indicando que pase lo que pase algunos estados votarán republicano –como Texas y otros estados del Middle West– y otros, demócrata –como California y la mayoría de Nueva Inglaterra–. Y eso en plata blanca significa que la competencia se decidirá en algunos estados llamados swing states, que por su alta demografía dan una gran cantidad de votos electorales al candidato ganador. Y en ese sentido, aunque más de la mitad de Estados Unidos no pueda ver al magnate ni en pintura, a este le bastaría superar a Hillary en Florida, Pensilvania y Ohio para tener un pie en la Casa Blanca. El juego sigue abierto.

Vea la radiografía de SEMANA: sobre los comicios presdienciales más críticos de los últimos 100 años en Estados Unidos.

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