Lunes, 16 de enero de 2017

| 2016/04/09 00:00

Primarias republicanas, entre convención o batalla

Las cuatro derrotas consecutivas de Donald Trump ponen en entredicho su nominación y le abren las puertas a una convención abierta, una situación que tiene más de guerra que de coronación electoral. Así funcionaría.

Donald Trump sería el gran damnificado de una convención abierta, pues tendría que luchar contra una gran coalición republicana en su contra. Foto: A.F.P.

“Es vulgar, es feo, es estúpido, es tedioso y es duro tanto para el cerebro como para los glúteos. Y, sin embargo, tiene algo de encantador”. Con esas palabras se refirió a la extenuante convención demócrata de 1924 el periodista H. L. Mencken, en la cual fue necesario realizar 103 votaciones que se extendieron durante 16 días para elegir al candidato de ese partido. Se trata de la más larga de las convenciones abiertas que ha vivido la política estadounidense.

Aunque situaciones similares fueron la norma durante el siglo XIX y buena parte del XX, desde 1952 ni los republicanos ni los demócratas han tenido que recurrir a semejante proceso, que ocurre cuando a ninguno de sus precandidatos presidenciales los respalda la mayoría absoluta de los delegados. Y estos, en últimas, son quienes eligen a la persona que los representará en las elecciones presidenciales, que este año se celebran el 8 de noviembre. Sin embargo, la derrota de Donald Trump en Wisconsin el martes ha puesto sobre el tapete esa posibilidad, pues si bien el magnate es de lejos el preferido de los votantes republicanos (y quien ha reunido más delegados de ese partido), las matemáticas han dejado de favorecerlo.

De hecho, en las últimas semanas, los vientos electorales han comenzado a soplar contra el magnate, pues desde el supermartes del 15 de marzo Ted Cruz lo ha derrotado en Utah, Dakota del Norte, Colorado y Wisconsin, y solo ha ganado en Arizona, un estado fronterizo donde su discurso antiinmigrantes tiene gran aceptación. Hoy, Trump cuenta con 746 delegados, por lo que le faltan 491 para reunir los 1.237 necesarios para convertirse en el candidato republicano.

Y aunque a estas alturas es el único que tiene verdaderas posibilidades de alcanzar o de superar ese número mágico, lo cierto es que la contienda republicana se ha calentado de tal manera, que la convención de este año se anuncia particularmente movida y cada vez más voces dudan que el magnate logre ganar. De hecho, lo que usualmente es una gran vitrina partidista por la que desfilan estrellas de Hollywood y otras personalidades, podría convertirse en un drama en el que la palabra clave sería ‘incertidumbre’.

Esto se debe a dos razones. Por un lado, como dijo a SEMANA Gregory Magarian, profesor de Derecho de la Universidad de Washington en St. Louis, “el ‘establishment’ del Partido Republicano desprecia profundamente a Trump y va a hacer todo lo posible para impedir su candidatura”. Por el otro, Ted Cruz, que hasta ahora ha reunido a 510 delegados, tendría prácticamente que arrasar en los 18 estados que aún deben votar para completar los 1.237, una aspiración que contradicen tanto los encuestas como el sentido común (John Kasich, el tercer precandidato sobreviviente, no tiene posibilidades matemáticas).

Sin embargo, si hay alguien a quien la elite republicana desprecia tanto como a Trump es al propio Cruz, que en varias ocasiones le ha jugado sucio a su partido para favorecer sus aspiraciones políticas personales. De hecho, los gamonales de ese partido no esperan que este reúna la mayoría de los delegados, sino que tome la suficiente fuerza como para impedir que el magnate logre hacerlo. Esa apuesta funcionó en Wisconsin, donde muchos electores votaron por Cruz más por temor a Trump, que por afinidades con sus propuestas políticas. La tendencia puede repetirse en los estados que aún deben votar, donde el bloque anti-Trump ya está gastando enormes sumas de dinero en publicidad negativa sobre el magnate. Y en ese punto surge la posibilidad de que haya una convención abierta.

En principio, la cosa es sencilla. De hecho, el principal objeto de una convención es servir de escenario para que los delegados de los 50 estados de la Unión voten por un candidato. Sin embargo, como dijo a esta revista Joel K. Goldstein, catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad de Saint Louis, “desde los años sesenta, con la proliferación de primarias y de caucus, el nominado de cada partido se conoce casi siempre de antemano”. Y en efecto, desde hace sesenta años las elecciones de los grandes partidos estadounidenses albergan menos sorpresas que las de la asamblea de los sóviets en los tiempos de la Unión Soviética: todo el mundo sabe que el ganador será el candidato que haya logrado la mitad más un delegado, que en el caso republicano suman 1.237.

Sin embargo, cuando nadie alcanza esa cifra, las reglas electorales prevén una segunda votación en la que muchos delegados quedan libres, es decir, no tienen que votar por el candidato que los electores de sus estados escogieron. Así, quienes votaron por Trump en la primera ronda, pueden hacerlo por Cruz en la segunda, y viceversa. Pero eso no es todo. Steffen Schmidt, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Iowa, dijo a SEMANA que “si tampoco en la segunda votación ninguno de los precandidatos logra imponerse, los delegados pueden votar literalmente por quien quieran. Y eso anuncia por un lado una gran batalla para sonsacar delegados y, por el otro, les abre la puertas a candidatos de ‘unidad’, que no tienen que haber hecho campaña y ni siquiera haber participado en las primarias”. De ahí que se hable de una convención ‘abierta’.

Y en ese sentido, ya están sonando nombres como el de Mitt Romney, quien ya fue candidato en 2012; el del presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan; el del exprecandidato Marco Rubio, que le pidió a los 171 que acumuló hasta su retirada mantenerle su lealtad; e, incluso, el de otros derrotados durante las primarias, como Lindsey Graham o el propio Jeb Bush.

A su vez, todo indica que para favorecer a Romney se va a caer una regla aprobada en 2012, según la cual solo los candidatos que hayan ganado en ocho estados pueden participar en la convención. Y esto por un motivo sencillo. “La elite republicana puede perfectamente cambiar las reglas de juego si lo considera necesario para detener a Trump. Recordemos que el partido es una organización que funciona con normas muy similares a las de un club privado. Puede hacer lo que quiera a la hora de escoger a su nominado. De hecho, esto no tiene que ver con la ley. Esto es pura política”, dijo Magarian.

Ante esa eventualidad, Trump ha dicho una y otra vez que los están tratando “injustamente” y ha vuelto a evocar la posibilidad de lanzarse como independiente, una opción con la que prácticamente garantizaría una victoria demócrata. “Sería muy difícil para un candidato republicano ganar si Trump se lanza de ese modo, pues su candidatura fragmentaría los votos conservadores, y sería prácticamente imposible para Trump ganar sin el respaldo de un gran partido”, dijo Goldstein.

“Aunque en las elecciones presidenciales los candidatos independientes han ganado en algunos estados, como George Wallace en 1968, y a veces han logrado votaciones muy altas, como Ross Perot, que obtuvo el 19 por ciento de los votos en 1992, lo cierto es que nunca han ganado unas elecciones”. Y en ese sentido, el gran temor de los republicanos es que Trump se convierta en un zombi: muerto (políticamente), pero imparable y dispuesto a hacer todo el daño del mundo.

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