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| 4/15/2017 10:00:00 PM

Todos contra Marine Le Pen

En medio de una crisis económica y de confianza en la democracia, los franceses se juegan el futuro del país y la supervivencia de la Unión Europea en las elecciones presidenciales. La primera vuelta, el 23 abril, será decisiva.

Bacalao de la Mancha y sardinas de Finisterre, pollo de Gironda y pato de Dordoña, buey de Calvados y marrano de Cantal, mercaderes, clientes, fillonistas, macronistas y hamonistas de París. En este fin de semana que anuncia las vacaciones de Pascua, no hay muchos clientes en el mercado de Saint-Honoré, pero abunda en carnes de todos los rincones de Francia y en activistas de los candidatos presidenciales. Estos, afanados, estrechan manos y blanden argumentos con la esperanza de que los pocos transeúntes compren sus ideas, como hábiles comerciantes que ofrecen sus productos.

 William Barrett, empresario de origen británico de 30 años, viene todos los fines de semana a este mercado con banderillas galas y europeas y distribuye el programa del centrista Emmanuel Macron, candidato del movimiento ¡En marcha! “Antes yo votaba por la derecha. Pero dado que Macron ha sabido conciliar los valores humanistas de la izquierda y la apertura económica de la derecha, por primera vez me identifico completamente con las ideas de un político”, explica a SEMANA. Para él, luchar por la igualdad y por una Europa unida es tan importante como liberalizar las inversiones privadas.

 Los equipos de Marine Le Pen, la favorita al lado de Macron de la primera vuelta del 23 de abril, no vienen al mercado. Quizás saben que no es tarea fácil convencer a las elites denunciadas por la presidenta del Frente Nacional, que se pasean en las calles del burgués distrito 1 de la capital. A 400 kilómetros al sur, en Dardilly, un municipio de 8.000 habitantes, el ingeniero de 27 años Frédéric Espieux milita a su manera en las redes y en lo que él llama los “medios de comunicación alternativos”, donde difunde las ideas de Le Pen. Con su teclado lucha contra el aborto, la teoría de género, el matrimonio homosexual, el neoliberalismo, los tratados de la Unión Europea y la inmigración magrebí musulmana. “Muchos dicen que el Frente Nacional es de extrema derecha, o fascistas, pero no es el caso. Es una derecha dura, simplemente. No hay candidato ideal, pero Marine Le Pen es la que está menos alejada de mis ideas”, afirma.

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 Esos dos universos hacen parte de una compleja realidad política en Francia, representada hoy por 11 aspirantes a la máxima investidura. Según las encuestas, solo 4 tendrían posibilidades de ganar. Macron, joven exbanquero y antiguo ministro de Economía de François Hollande, quiere encarnar la renovación política. Le Pen se presenta por segunda vez a unas elecciones presidenciales con el sueño de aplicar su programa ultranacionalista. François Fillon, antiguo primer ministro del conservador Nicolas Sarkozy, quiere reducir el gasto público drásticamente, y el izquierdista Jean-Luc Mélenchon promete una revolución pacífica para “abolir la monarquía presidencial actual”.

 Salvo alguna sorpresa de última hora, el éxito de la extrema derecha en la primera vuelta está asegurado. En 2002, Jean-Marie Le Pen, padre de Marine Le Pen, había logrado esa proeza gracias a una izquierda dividida y a una abstención importante. Esta vez, se trata de un voto de adhesión reivindicado por cerca de 30 por ciento de los ciudadanos que, según las encuestas, estaría de acuerdo con las ideas del Frente Nacional. Buena parte de su éxito radica en haber hecho creer a millones de franceses que viven en un país en la miseria, sin soberanía e invadido por los extranjeros.

Una de las causas que ha contribuido al éxito de ese discurso es la lenta economía traducida en una tasa de desempleo de 10 por ciento. El presidente socialista François Hollande había prometido invertir la curva del desempleo en 2013, pero los franceses debieron esperar hasta el año pasado para ver los efectos de su política económica. En 2016 se crearon cerca de 190.000 empleos gracias a una tasa de crecimiento del producto interno bruto de 1,1 por ciento. Esas cifras ilustran una lenta recuperación, pero son insuficientes para luchar contra la percepción negativa sobre el estado del país.

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 En ese contexto, la Unión Europea se ha vuelto el chivo expiatorio. Ocho de los once candidatos acusan a la institución transnacional de la crisis económica y de identidad del país. Tan solo Emmanuel Macron reivindica su voluntad de construir una “Europa más ambiciosa”. Marine Le Pen prefiere “una Europa de naciones”. Para ello, la abogada afirma que impulsará un frexit por referendo si los tratados no se logran negociar. “La crítica contra la construcción europea es real y profunda en la sociedad francesa. Europa defrauda a sus ciudadanos en su incapacidad para protegerlos de las vicisitudes de la globalización, de los capitales y de los flujos migratorios. El reflejo que consiste en encerrarse en sí mismo en un periodo de crisis toma la delantera hoy”, explica a esta revista Béligh Nabli, director de investigación en el Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París.

 A la crisis económica se suma una gran desconfianza en los partidos políticos tradicionales alimentada por los fracasos de los gobiernos del conservador Sarkozy y del izquierdista Hollande. Si, como predicen los estudios de opinión, Macron pasa junto con Marine Le Pen a la segunda vuelta, por primera vez en la historia de la Quinta República los dos grandes movimientos tradicionales saldrían prematuramente de la competición electoral. El Partido Socialista, con más de un siglo de existencia, naufraga con el peso de las divisiones internas producidas por la candidatura de Benoît Hamon, quien no logra convencer a las filas moderadas de la izquierda y se asfixia en el quinto lugar en los sondeos. Los Republicanos, partido heredero del general Charles de Gaulle, no logran imponer su líder, François Fillon, quien está a 3 o 5 puntos detrás del 23 o 25 por ciento en el que Macron y Le Pen fluctúan en las encuestas.

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 Además, los recientes escándalos de corrupción minan aún más la credibilidad del sistema político. A Fillon, favorito hace unos meses, lo investigan por haber contratado con dineros públicos a su mujer como asistente parlamentaria cuando, supuestamente, no habría trabajado. A Le Pen, por su parte, la acusan de haber procedido de la misma manera al emplear a dos de los colaboradores del partido como asistentes parlamentarios de la Unión Europea. “Nunca había existido una campaña presidencial tan marcada por los ‘affaires’. Es necesario reforzar los dispositivos de prevención y de control de irregularidades, como las declaraciones de las actividades, de los intereses y del patrimonio”, afirma Julie Benetti, miembro de la comisión de deontología pública creada por el presidente Hollande en 2012.

Ese panorama sirve de telón de fondo de un combate electoral decisivo de donde saldrán las dos grandes líneas políticas que los franceses desean para su país, que se enfrentarán en la segunda vuelta el 7 de mayo. Parece concretarse, en medio de esa crisis de confianza en la política tradicional, un país dividido en dos visiones irreconciliables: una abierta, liberal y europea, y la otra sombría, proteccionista y nacionalista. 

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