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| 4/29/2017 10:00:00 PM

Emmanuel Macron, el banquero que podría ser presidente

La llegada de la extremista Marine Le Pen a la segunda vuelta de las elecciones tiene a la mayoría de los franceses pensando en votar por un político sin experiencia que ya cometió el error de creerse ganador.

Luego de una jornada de tensiones y hasta de miedo, los franceses se sentaron frente a sus pantallas para esperar el veredicto de la historia. Y al final, nunca antes unas elecciones habían provocado un temblor de tal magnitud: la humillación de los partidos tradicionales y la clasificación a la segunda vuelta de la extremista Marine Le Pen y del outsider Emmanuel Macron. La izquierda y la derecha obtuvieron un porcentaje de sufragios históricamente bajo, la ultraderecha logró su resultado más alto y dos candidatos ajenos a los grandes partidos se lograron clasificar a la segunda vuelta. El principal actor de esta recomposición del sistema político es Macron, quien llegó primero con 24 por ciento de los votos, seguido de Le Pen con 21,3 por ciento.

Macron, favorito de la segunda vuelta con 60 por ciento de las intenciones de voto, es para sus simpatizantes el nuevo rostro del progresismo, pero para sus adversarios un joven sin experiencia, producto de las elites. Pero todos reconocen en el candidato de 39 años al estratega que logró la hazaña de llegar al podio presidencial, sin haber participado en otros comicios y sin ser apoyado por alguno de los principales movimientos políticos.

Si llega a la Presidencia el próximo 7 de mayo, como todo parece indicarlo, el centrista coronaría la impresionante trayectoria que construyó desde su época de estudiante en Amiens, ciudad industrial del norte de Francia. Siempre primero de la clase, Macron era un niño modelo que montaba obras de teatro, escribía poemas, tocaba piano y debatía con sus profesores. Febril y entusiasta, en tan solo algunos años construyó una hoja de vida ecléctica, muchas veces contradictoria: filósofo, inspector de finanzas, miembro del Partido Socialista, banquero en Rothschild & Co, secretario general del Palacio del Elíseo y ministro de Economía del presidente de izquierda François Hollande. Macron hubiera podido seguir ascendiendo a esa velocidad los escalones de las instituciones, pero decidió acelerar aún más, presentar su renuncia a Hollande y crear el movimiento ¡En Marcha! con el sueño delirante de cambiar el destino político de la sexta potencia del mundo.

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El Cohete Macron, como algunos lo apodan por su admirable ascenso, quiere realizar ese sueño con un programa que concilia las reformas neoliberales de la derecha y las medidas protectoras de la izquierda. Quiere suprimir 120.000 empleos de funcionarios públicos para reducir los gastos del Estado y, al mismo tiempo, propone exonerar del impuesto de vivienda a 80 por ciento de los franceses. Su programa incluye 10.000 millones de euros de reducción de gastos en los subsidios de desempleo, pero también la posibilidad para quienes renuncien a su trabajo de acceder a esos auxilios, consagrados hoy exclusivamente a quienes son despedidos. Macron reduciría igualmente la factura fiscal de las empresas privadas, pero lanzaría un plan de inversión de 50.000 millones de euros para desarrollar las energías renovables y la formación de desempleados. Además de esta síntesis de neoliberalismo y estatismo, el exbanquero propone impulsar una Unión Europea más social y protectora.

Ese muchacho aplicado enfrentará a su antítesis, la anticapitalista, antieuropea y antiinmigración Le Pen. La heredera del Frente Nacional (FN), partido xenófobo fundado por su padre, Jean-Marie Le Pen, no hubiera llegado con facilidad a enfrentar a Macron en la segunda vuelta si no fuera por la metamorfosis progresiva que ella impulsó en el partido. La abogada condenó en los últimos años la xenofobia explícita de sus antiguos miembros y terminó expulsando a su padre por sus declaraciones revisionistas. “La llamada estrategia de ‘desdiabolización’ hizo que el partido se alejara de sus viejas manías de extrema derecha: el antisemitismo, la obsesión por la Segunda Guerra Mundial, el racismo primario. Pero Marine Le Pen continúa con un lenguaje muy duro sobre la inmigración, el islam, la supuesta decadencia de Francia y la traición de las elites”, explica a SEMANA Jean-Yves Camus, director del Observatorio de los Radicalismos Políticos de la Fundación Jean Jaurès, en París.

No todo está cantado

En este contexto, pensar que la victoria de Macron está garantizada sería un grave error. “Solo nos separan diez puntos, podemos ganar” repite la ultraderechista. Y tiene razón. La presencia del FN en la vida pública se volvió tan normal que el Frente Republicano de 2002, la coalición de los partidos contra el extremismo que permitió en parte a Jacques Chirac vencer con 82 por ciento de los sufragios a Jean-Marie Le Pen, es cosa del pasado. Aunque esta semana la clase política tradicional –incluidos el eliminado candidato conservador François Fillon, el expresidente Nicolas Sarkozy y el propio Hollande– pidió votar contra Le Pen, varias personalidades de peso de la izquierda y la derecha no se han sumado al llamado.

 Una de las figuras claves de las elecciones que no se pronunció en favor del centrista para detener al FN fue el político de extrema izquierda Jean-Luc Mélenchon, quien obtuvo 19,6 por ciento de los sufragios en la primera vuelta, es decir, 7 millones de ciudadanos que serían preciosos para una victoria de ¡En Marcha! Algunos miembros de sus tropas piden abstenerse o votar en blanco, lo que favorecería sin duda a la frontista. Otros, prefieren el neoliberalismo al populismo. “Hollande y Macron son los principales responsables del resultado de Le Pen. La austeridad violenta sembró miseria y desesperanza. Pero pienso en las putas, en los transexuales, en los homosexuales, en los árabes, en los negros, en los judíos, en los comunistas. No quiero que vivan un infierno. Votaré por Macron, sin órdenes de Mélenchon”, dice a esta revista Julien Pierre, comunicador organizacional de 27 años que escogió en la primera vuelta al candidato de ultraizquierda.

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Para vencer contundentemente a la extrema derecha y remendar una nación dividida, Macron deberá dirigirse al país que no votó por él: las clases bajas y los habitantes de las zonas rurales. Un 40 por ciento de los obreros votaron por Le Pen y solo el 13 por ciento por Macron. En buena parte de los municipios de menos de 15.000 habitantes Le Pen obtuvo sus mejores marcadores, mientras que en las grandes ciudades los resultados fueron bien diferentes, como en París, donde el candidato de ¡En Marcha! obtuvo 34,8 por ciento de las papeletas y la frontista tan solo 4,9 por ciento.

La aversión de las clases populares hacia el centrista se manifestó esta semana en medio de una visita a una fábrica de la empresa Whirlpool en Amiens que va a ser deslocalizada en Polonia. El candidato fue recibido con abucheos y silbidos por los empleados en huelga que van a perder sus empleos, mientras que, minutos antes, Le Pen había sido acogida con besos y selfis.  “Emmanuel Macron debe unir más allá de su círculo, escuchar la cólera popular. Cuando se quiere ser presidente, toca encarnar la República”, escribe el director del periódico Libération, Laurent Joffrin, en un editorial de esta semana.

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Macron también deberá corregir rápidamente las torpezas que cometió la noche de la primera vuelta. A su discurso de victoria, vacío, incomprensible y triunfalista, se sumó una celebración polémica con miembros de su partido, celebridades, intelectuales y políticos en el café parisino La Rotonde. La fiesta recordó que, en 2007, Sarkozy había celebrado su triunfo en el costoso restaurante  Fouquet’s, en los Campos Elíseos, lejos del pueblo que decía defender. A pesar de que La Rotonde es mucho menos oneroso, ofrecer una comida a sus amigos en un restaurante con platos dos veces más caros que en un lugar común y corriente, y el día en el que la extrema derecha recibió 7,6 millones de votos, fue considerado un error.

Si Macron no muestra que su programa liberal es compatible con las aspiraciones de los más necesitados en esta última semana de campaña, la llegada de la extrema derecha al poder no es imposible. Los franceses tienen de nuevo una cita con la historia: no solo se trata de vencer el populismo, se trata de derrotarlo de una manera contundente.

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