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| 9/19/1988 12:00:00 AM

EN ATOMOS VOLANDO

Muerto el dictador Zia, Estados Unidos pierde un aliado clave del sur de Asia.

"Un-dictador cae del cielo".
Con esas cortas y algo irrespetuosas palabras, tituló el diario francés Liberation la noticia sobre la muerte del presidente paquistaní Zia ul Haq, muerto el miércoles pasado en un extraño accidente aéreo. El evento, ocurrido pocos minutos después de que el Hércules C-130 del ejército de Paquistán despegara de una base militar cerca de la frontera con la India, acabó además con las vidas de varios funcionarios norteamericanos --incluido el embajador--y las de varios generales.

Igualmente, la tragedia terminó también con la tranquilidad de los Estados Unidos sobre la estabilidad de esta zona del sur de Asia. Ubicado entre la India y Afganistán, este país musulmán de 115 millones de habitantes era considerado como un aliado incondicional de Washington.

Ese, sin embargo, no era el caso hace once años cuando el general Zia condujo un golpe de estado en julio de 1977, remplazando al primer ministro Zulfikar Ali Bhutto. Bajo la promesa de celebrar elecciones al cabo de los 90 días, este callado militar se ganó el apoyo de la mayoría de la gente en momentos cuando había poca confianza en el gobierno de Islamabad.

El compromiso inicial no se cumplió. Zia se amañó en el puesto y se declaró decidido a hacer de Paquistán una república islámica. El Corán fue adoptado como libro básico, lo cual permitió la aplicación estricta de las leyes y castigos. Las flagelaciones públicas y los ahorcamientos se volvieron cosa de todos los días y en 1979 el turno le correspondió al propio Bhutto, quien fue condenado a muerte por el hombre que él había llevado a la jefatura del estado mayor de las fuerzas armadas.

La decisión aumentó todavía más el rechazo de la comunidad internacional hacia el dictador. No obstante ese mismo año Paquistán encontró un as bajo su manga: la Unión Soviética envió el Ejército Rojo a Afganistán y de repente el gobierno de Islamabad empezó a ser cortejado por Washing ton. Consciente de su valor, Zia supo vender caro su apoyo. Frente a la obstinación norteamericana de establece líneas de abastecimiento para las guerrillas afganas, el dictador aceptó, no sin antes obtener de los Estados Unidos un importante paquete de ayuda militar.

La estrategia funcionó a la perfección durante toda esta década. A pesar de que el tráfico de armas acabó con la moral en algunas zonas fronterizas y de que la guerra produjo el desplazamiento de millones de refugiados afganos, el ejército paquistani pudo armar su ejército sin gastar mucho dinero. Al fin y al cabo hay que recordar que el enemigo a muerte de Paquistán es India, de la cual se separó en 1947 y con la que todavía hay algunos limites por definir.

La asociación con los mujaidines acabó, sin embargo, siendo fatal.
Cuando a comienzos de este año se concluyó el acuerdo sobre el retiro gradual de las tropas soviéticas de Afganistán, Zia se comprometió a permanecer neutral. No obstante, el dictador le dio orden a sus ejércitos de apoyar como fuera a los guerrilleros afganos, quienes gracias a esa ayuda han ocupado cada pedazo de territorio que deja el Ejército Rojo a su salida.

Semejante actitud fue denunciada tanto por Kabul como por Moscú aunque aplaudida veladamente por Washington. Tal como le pasa tan a menudo con los dictadores, la Casa Blanca se comprometió a cooperar más estrechamente con este hombre debido a su ferviente anticomunismo.

En el intermedio, Zia había anunciado la celebración de elecciones para el próximo mes de noviembre.
Aunque en repetidas ocasiones anteriores éstas se habían venido aplazando, fuentes occidentales sostenían que esta vez la promesa era en serio.
Entre otras cosas, Zia quería aprovechar la oportunidad para derrotar a la lider de la oposición, Benazir Bhutto (hija del primer ministro ejecutado), quien está embarazada y debe dar a luz por la misma época.

Si el dictador paquistaní pensaba así, es cosa que no se sabrá. El accidente del pasado miércoles tomó a todo el mundo por sorpresa y dejó con fundido a un país donde nadie más tenía el don de mando.

Según el propio gobierno paquistani, la explosión del avión que llevaba a Zia fue obra de manos criminales.
El Hércules C-130 es un avión muy seguro y las versiones de los testigos hacen pensar que varios explosivos se encontraban escondidos en el fuselaje del aparato.

Si esa hipótesis se confirma, la tarea será la de desenmascarar al culpable. Por ahora, todas las especulaciones se dirigen hacia Kabul, cuyo régimen prosoviético se debe ver beneficiado de un eventual recorte en la ayuda que se le da a la resistencia afgana. Adicionalmente el otro "sospechoso"--la India--no parecía tener ningún interés particular en acabar con Zia. A pesar de que Nueva Delhi tiene cuentas pendientes con Islamabad, éstas no dependían de la eventual desaparición del dictador.

Ahora la preocupación en Occidente tiene que ver con el nombre del remplazo. Por el momento el actual presidente interino, Ghulam Ishaq Khan, ha prometido que las elecciones se harán, con lo cual la más favorecida sería Benazir Bhutto. Queda por verse, sin embargo, si eso será así.
Las superpotencias deben estar presionando para asegurarse que en Islamabad quede alguien amistoso, y esas circunstancias no son las mejores para el regreso de la democracia. --
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