Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2000/04/10 00:00

En sus marcas

El supermartes decidió quiénes serán los contendores de las elecciones estadounidenses de noviembre. Análisis del politólogo Daniel García-Peña.

En sus marcas

Los comicios del martes en 15 estados, el llamado supermartes, confirmaron los triunfos de los favoritos: el vicepresidente Al Gore, en el Partido Demócrata, y el gobernador de Texas, George W. Bush, en el Republicano. Pero a pesar de no haber producido ninguna sorpresa la campaña de los dos partidos tradicionales estadounidenses para escoger a sus candidatos, la más costosa de la historia, se caracterizó por ser intensa y sentó las bases para lo que promete ser una contienda reñida y hasta sucia para noviembre.

Formalmente el proceso seguirá hasta junio y sólo concluirá con las convenciones, en julio, de los republicanos, y en agosto, de los demócratas. Pero en la práctica el retiro del ex senador demócrata Bill Bradley y del senador republicano John McCain, los dos principales contendores, significó el fin de la campaña más corta de la historia reciente.

Esto se debió en gran medida a un cambio significativo en el calendario electoral. California, el estado más cotizado, decidió trasladar sus comicios, tradicionalmente realizados en junio, hacia la primera parte del proceso, en marzo, lo que desató una competencia entre los estados por adelantar los suyos. El resultado fue un calendario sobrecargado al comienzo, que permitió que el proceso, en vez de cinco meses, se haya decidido en seis semanas.

Esto tuvo varios efectos. Por un lado, en principio favoreció a los candidatos más conocidos y con mayor apoyo de las maquinarias (Gore y Bush). Pero, por otro, hizo que los medios adquirieran aún más importancia y fue esto lo que aprovecharon Bradley y McCain.

Por el lado demócrata existía la sensación de que Gore era un tipo aburridor, incapaz de suceder a su jefe, Bill Clinton, en la Casa Blanca. A su vez Bradley se presentó con éxito como la alternativa ‘elegible’, se ganó el cariño de los medios y empezó a dispararse en las encuestas. Gore se pellizcó y cambió su estilo, se concentró en afinar su mensaje y en proyectar su experiencia.

Y se quitó los guantes. Gore asumió un tono agresivo, consolidó el apoyo de las bases tradicionales del partido —sindicatos, mujeres, negros, hispanos, gays— y lanzó ataques contra Bradley. Así logró descontar la diferencia y ganar en los primeros comicios en New Hampshire. Después de eso no perdió ni una. Curiosamente a Bradley también lo golpeó el éxito del republicano McCain, quien le quitó el voto independiente.

Pero así como Gore se fortaleció con la campaña, por el lado republicano sucedió lo contrario. Aquí también desde temprano las encuestas coronaron a Bush, quien recibió el apoyo de casi todos los líderes republicanos y pudo amasar la cifra récord de 70 millones de dólares para su campaña. Pero nunca tuvo en sus cálculos a quien terminó siendo, a pesar de su derrota, la revelación de esta temporada, McCain. Con un mensaje renovador, con su imagen de héroe de Vietnam y con un excelente manejo de medios se enfrentó al establecimiento de su partido con un programa de reforma de la financiación de las campañas y con el ataque a la derecha religiosa.

Con ello logró despertar interés entre los independientes y aun los demócratas y consiguió triunfos significativos, como New Hampshire y Michigan, paradójicamente con el apoyo de estos sectores, mientras los republicanos se volcaban hacia Bush. Esto llevó a éste a alterar su estrategia. Originalmente pensada más hacia la elección general, Bush optó por moverse a la derecha para garantizar el apoyo de la base de su partido. Cambió el discurso altruista por un tono negativo y de ataques personales contra McCain y tuvo éxito.

Sin embargo, si bien Bush logró derrotar a McCain, muchos se preguntan por el costo. Al derechizarse se echó encima a los cruciales sectores de centro y a los independientes, que votaron por McCain. Y se gastó casi todo el dinero. Lo cierto es que las encuestas, que tenían a Bush muy encima del vicepresidente, hoy los tienen empatados.

Pero así como el proceso de selección fue corto, faltan ocho largos meses para las elecciones. Y ya se ven algunos de los principales interrogantes. ¿Qué pasará con los votos de McCain? A diferencia de Bradley, quien apoyó a Gore al retirarse, McCain ha mantenido silencio frente a Bush. Las encuestas sugieren que una buena porción de su votación se podrá pasar a Gore. Pero el fenómeno de McCain despertó interés en sectores que no votan o votaron en contra de los ‘políticos tradicionales’. Es posible que ante la perspectiva de Gore o Bush muchos se queden en casa.

Por otro lado, aún no es claro qué sucederá con el Partido de la Reforma, la tercera fuerza, fundada por Ross Perot, que todavía no ha resuelto su candidatura. El más opcionado es Pat Buchanan, ex republicano de extrema derecha. Aunque no tendría posibilidad le podría restar votos a Bush, que en una contienda apretada puede ser fatal.

Gore tendrá que sacarle provecho a ser parte de los éxitos de la era Clinton sin untarse del desprestigio personal que el presidente representa. Por otro lado, Bush seguirá hablando de Clinton-Gore, tratando de identificar al vicepresidente con lo negativo. Ese será el panorama electoral norteamericano del resto del año.

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