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| 2/12/2006 12:00:00 AM

En el ojo de la tormenta

Su agresivo presidente, Mahmud Ahmadineyad, puso a Irán en la mira de Estados Unidos.Catalina Gómez, de Semana, estuvo en ese país lleno de contradicciones.

Te espero aquí, dijo Lessan, el guía, cuando me dejó en la puerta alterna de la Universidad de Teherán. Si él hubiera querido asistir a la plegaria, habría tenido que entrar por la puerta principal. Los hombres acceden directamente a la tarima desde la cual los clérigos dirigen la oración de los viernes, pero las mujeres deben permanecer en un sitio alterno separado del espacio principal por una pared falsa. Vestía un chador negro que tapaba todo mi cuerpo, con excepción de la cara. Lessan se había encargado de conseguir uno que se adaptara a mis medidas; esta tela que te envuelve hasta esconder todo tu cuerpo es de por sí bastante engorrosa (y calurosa) como para llevarla arrastrando por el piso. Así que después de haber superado las requisas de las guardianas y de haber atendido a sus reclamos para que escondiera mi pelo por completo, me encontré con un patio inmenso por el que grupos de mujeres vestidas de negro caminaban en dirección a una explanada en la que estaban tirados los tapetes de oración donde permanecerían por un par de horas. Las seguí, pero a los pocos segundos sentí que me tocaban la espalda. Una joven a la cual no podía entenderle me explicaba algo, hasta que la líder vino a su rescate. Me dijo que al ser extranjera tenía que permanecer al lado de la joven durante todo el tiempo que estuviera en el lugar. Había insistido en ir porque esa tarima que se instala cada semana en el patio central del centro universitario más prestigioso de Irán se ha convertido en uno de los símbolos de la Revolución Islámica desde cuando instaurada, en 1979. Desde allí los clérigos chiítas se dirigen a los iraníes para hablarles de lo divino y de lo humano: del comportamiento moral por seguir, de cómo solucionar el caótico tránsito de Teherán, de la política mundial... Lo que en este lugar se predica no sólo llega a los 70 millones de habitantes a través de los canales de televisión y las emisoras radiales (todos son públicos), sino que traspasa las fronteras. En la épocas de mayor presión internacional, se les responde a los gobiernos extranjeros a través de estas plegarias. Este viernes, día sagrado para los chiítas, era especial en la esfera política. Y aunque no iba a entender nada, por lo menos quería ver cuál era la reacción de las personas frente a lo que estaba pasando. Al final descubrí que las mujeres eran poco expresivas. Les preocupaba poco enterarse del discurso político y aprovechaban el tiempo de la diatriba para hacer sus propias oraciones. Por el contrario, los hombres, a los que podía observar a través de pantallas gigantes, sí respondían con gritos a cada uno de los llamados del clérigo. Ese día, Mahmud Ahmadineyad, el nuevo y polémico Presidente, se encontraba en Nueva York para asistir a la asamblea general de la ONU en la que defendería el derecho de Irán a tener un programa nuclear, que, según la versión oficial, tiene fines civiles. Los ánimos estaban caldeados debido a que el grueso de los iraníes no entiende, según pude comprobar en varias conversaciones, por qué la comunidad internacional tiene temor de que Irán desarrolle un programa nuclear. Argumentan que si Pakistán, India y especialmente Israel lo pudieron desarrollar sin sufrir sanciones, por qué su país sí va a recibirlas. Cada uno de los iraníes con los que tuve contacto durante las dos semanas que recorrí el país se preocupó por explicarme que ellos no eran un país peligroso y mucho menos eran terroristas. Pero también muchos de ellos decían que tenían derecho a tener su programa nuclear. "Esta es la única manera para que a Irán vuelvan a tenerlo en cuenta en el mundo político internacional", me dijo un señor que se acercó a hablarme en el lobby de un hotel. La presión de los gobiernos estadounidenses y europeos para que Irán abandone este programa ha sido usada por el gobierno ultraconservador para volver a interesar en la política a una población que ha aprendido a hacer su vida a sus espaldas. Están cansados de que después de 25 años de revolución, las desigualdades continúen y el país no haya mejorado en ningún aspecto, según me explicó Sarah, una mujer de 36 años a quien conocí en uno de los paseos por el campo iraní. Ella, una mujer soltera que realiza un doctorado en física -como muchas mujeres que conocí-, hacía picnic con su familia y nos invitó a compartir con ellos el almuerzo. Si hay algo que caracterice a los iraníes es que aprovechan cualquier momento libre para hacer picnic. "Ustedes no son el 'eje del mal' sino el eje del picnic" le dijo una vez un turista estadounidense a Lessan, el guía. "Estados Unidos no respeta nuestros derechos. Quiere que nos sometamos, una vez más, a su voluntad", se proclama en los discursos oficiales, y muchos iraníes, irritados porque el gobierno estadounidense una vez más quiere influir en su devenir político, han cerrado filas en torno a esa afirmación. Y nadie ha sacado más beneficio de esta situación que Ahmadineyad, que ha recuperado el trillado discurso contra 'América' e Israel para ganarse una popularidad que nunca ha tenido. Dicen que ganó porque los jóvenes no votaron y los clérigos conservadores movieron toda su maquinaria para que él, a pesar de ser un laico, saliera elegido. Al fin y al cabo, los persas, a través de su larga historia, se han caracterizado por ser una población orgullosa y luchadora que no se deja imponer la voluntad de los otros. Los árabes, por ejemplo, los invadieron en el año 642, pero no pudieron imponer ni el árabe como lengua ni el Islam sunita como religión. Y cualquier gobernante iraní sabe que siempre puede recurrir a este recurso para unir al pueblo en torno suyo. La universidad fue el único lugar donde se me exigió vestir chador negro, porque en el resto del viaje sólo tuve que llevar una pañoleta que dejaba a la vista gran parte de mi pelo y un camisón de manga larga. Había podido fumar en la calle, entrar a las casas de té y fumar gayan, como le dicen a la pipa de agua en farsi. Había podido entrar a las mezquitas aun en la hora de oración y nadie me había molestado por nada. Pero este era un espacio diferente a todos los que tuve acceso en Irán. Conocí a Mohamed en el Bazaar de Tabriz, en el norte del país, en la región llamada Azerbaidján. Había decido hacer esta visita sin compañía y él se acercó para ayudarme cuando trataba de negociar con un vendedor de pañoletas a través de las siete frases en farsi que me había enseñado Lessan durante nuestros largos trayectos por carretera. Mohamed era de los pocos bazaristas que hablaban inglés y se ofreció, como gran entretención del día, para acompañarme a hacer un recorrido por este laberíntico bazaar, uno de los más antiguos y grandes de este país donde gran parte de la vida económica, política y, en las pequeñas ciudades, social, se desarrolla en estos lugares. Mohamed había abandonado sus estudios de física y repartía su tiempo entre estudiar inglés y ayudarle a su padre en el puesto de telas del bazaar. "Estoy estudiando inglés mientras reúno los requisitos para pasar en una universidad en Turquía. Aquí no hay futuro para mí", me contó cuando supo que yo era periodista. "Tienes que enterarte de muchas cosas de las que pasan aquí. La gente no está contenta con la revolución. Somos un país rico, pero no vemos el dinero", me decía. "Los hombres se retiran de la universidad porque saben que luego van a estar desempleados... Las universidades están llenas de mujeres. Ellas prefieren estudiar a regresar a su casa y dedicarse a hacer oficio junto a su madre. Para ellas tampoco hay trabajo, pero por lo menos tienen una razón para salir de casa", me contaba en voz baja mientras yo trataba de seguirlo y evitar, al mismo tiempo, que los carros que transportan los tapetes por los corredores del bazaar me atropellaran. El encuentro con Mohamed ratificaba una vez más lo que me había advertido el vecino que tuve en el avión rumbo a Teherán, un profesor del departamento de ingeniería civil de la Universidad Tecnológica Sharif que, como muchos iraníes con recursos, había aprovechado sus vacaciones para escapar un poco de las restricciones y visitar a su familia radicada en Europa. Alí, como se llamaba, me había advertido que el gran problema de Irán es el desempleo de los jóvenes. "Una buena parte de los jóvenes iraníes (70 por ciento de la población) tiene un nivel de educación alto, pero está frustrada porque no ha podido encontrar trabajo". Por tal motivo millones han emigrado hacia Estados Unidos o Europa y hoy son grandes médicos, físicos, químicos... Pero los que no pueden viajar se ven atrapados, en su gran mayoría, en una especie de no futuro. "Tengo tres hijos, los tres terminaron en la universidad, pero viven conmigo porque no han encontrado trabajo", se quejó Ahmed, un taxista de Teherán. "Esta es la razón -me explicaba Mohammed- para que los jóvenes hayan dejado de creer en la política". Hace ocho años los jóvenes habían apostado muy fuerte por el gobierno reformista del ayatolah Mohamed Jatamí, pero lo único que recibieron a cambio fue una gran decepción. Con el tiempo se dieron cuenta de que en realidad el Presidente, sea quien sea y piense lo que piense, no puede hacer nada para cambiar las cosas en el país y por eso decidieron boicotear las elecciones de junio pasado. Ahora esos jóvenes que lucharon por una reforma se dedican a labrarse su futuro aislados del mundo político. Ellos aprendieron, como pude darme cuenta, que los que tienen el poder son los 12 clérigos conservadores del Consejo de Vigilancia de la Revolución y el ayatolah Ali Jameneí, el líder espiritual que ellos nombraron. Estos 13 hombres son los que manejan los recursos del Estado (actualmente inmensos debido al precio del petróleo), tienen el control militar y son, entre otras cosas, los que dirigen los Basij, la Policía secreta que se encarga de velar por la conservación de los valores islámicos, que significa controlar que no se beba alcohol, que no se hagan fiestas públicas, que las parejas no hagan demostraciones de amor en público, entre otras cosas. No hay que estar mucho tiempo en el país para darse cuenta de que estas prohibiciones se rompen en casa. Sin embargo, esta realidad no terminaba por responder la pregunta que me daba vueltas en la cabeza antes de llegar a Irán. ¿Por qué eligieron presidente a un ultra conservador como Ahmadineyad? Al fin y al cabo su antecsor Mohamed Jatamí, bien o mal, había logrado proyectar internacionalmente la imagen de un Irán más conciliador y había logrado, en algunos aspectos, hacerles un cierto contrapeso a las políticas conservadoras de Jameneí. "Las cosas mejoraron mucho con Jatamí y es imposible que retrocedan con este nuevo presidente. -me respondió el administrador del hotel donde me alojé en Yazd-. Todo tendrá que continuar avanzando, la liberación que dejó Jatamí no se puede detener. Las mujeres y los hombres jóvenes van ahora juntos por la calle sin problemas, ya no molestan por tener antena parabólica y cualquiera puede acceder a Internet". No quedé convencida ante esta respuesta, aunque él seguía insistiendo que las cosas serán como dice. Aunque los clérigos le han dado más libertades a la población y algunas de éstas son casi imposibles de detener, como el acceso a la tecnología, no quedé con la impresión de que los iraníes, sobre todo los que pertenecen a las clases más altas de las ciudades grandes, vayan a conservar las libertades que tienen hoy día. Atravesé media Teherán, en medio del tránsito más caótico del mundo, para encontrarme con Marjene en un hall de comida del norte, el lugar de moda entre los jóvenes de clase alta de la ciudad. En los almacenes del primer piso se vendían productos de las principales marcas del mundo. Las mujeres llevaban el pelo teñido, sandalias de tacones inmensos, pantalones a media pierna y camisones apretados que sólo les tapaban hasta la mitad de la nalga. Varias parejas de novios estaban cogidos de la mano. Los chicos llevaban pantalones caídos y pelo afro. "Hay un trato implícito. La revolución no se mete con esta gente y ellos no se meten con la revolución", me dijo Marjene. Esa noche, la última de mi viaje, me quedé despierta hasta tarde. Me daba vueltas en la cabeza la idea de que habían pasado dos semanas y no había logrado entender por qué este país estaba metido en semejante encrucijada.
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