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| 6/26/2000 12:00:00 AM

En retirada

El israelí Yehud Barak se juega su futuro político al poner fin a 22 años de ocupación del sur del Líbano.

El gobierno israelí habría querido que la salida de sus tropas del sur del Líbano tuviera la majestad del regreso de los vencedores pero a la hora de la verdad la imagen que quedó en la retina de todos los espectadores fue la de una retirada más apresurada de lo esperado. Pero lo cierto es que el primer ministro Yehud Barak cumplió su promesa electoral y la semana pasada se escribió una nueva página en la historia del Medio Oriente.

El desenlace fue tan rápido como poco presentable. Los israelíes comenzaron hace dos semanas a entregar sus puestos a su milicia aliada local, el cristiano Ejército del Sur del Líbano, pero a partir del domingo éste comenzó a desmoronarse ante la presión de su archienemigo, la guerrilla musulmana Hezbollah. En sólo dos días la desintegración fue total y la ‘zona de seguridad’, instaurada por Israel en 1978 para proteger su territorio de los ataques de aquella, se convirtió en una tierra de nadie. Por eso los miembros de Hezbollah proclamaban su ‘victoria’ a tiempo que los últimos tanques israelíes cruzaban la frontera.

Esa imagen fue el principal ingrediente de la polémica que se desató en Israel acerca del retiro. Pero pocos comentaristas recordaron que el retiro del Líbano fue uno de los caballitos de batalla de Barak en su campaña electoral, motivado por el creciente descontento de su opinión pública ante las bajas ocasionadas por esa ocupación.

Barak pareció no inmutarse demasiado. Hablando desde Jerusalén declaró el final de “una tragedia de tantos años” y sostuvo que su país había recuperado la iniciativa en el proceso de paz de la región. Al referirse a los cohetes Katiusha desplegados en forma insolente por el Hezbollah al otro lado de la frontera, responsabilizó de cualquier ataque contra su territorio a los gobiernos de Líbano y de Siria, cuyas tropas controlan de hecho ese país. En ese caso, dijo, “no habrá un objetivo inmune a nuestra respuesta militar”. Y en tono conciliatorio se dirigió al gobierno del primero, “yo le convoco, presidente Emile Lahud. Israel le extiende una mano en paz. Israel no es enemigo del Líbano”.

Pero a pesar de que las encuestas favorecían la retirada, ésta deja abiertas heridas profundas. Las primeras son las de las comunidades israelíes cercanas a la frontera, que ahora están a tiro de fusil de los guerrilleros y expresaron su rechazo al ‘abandono’ por parte de su gobierno. Otros protestaron por el tratamiento que recibieron los integrantes del Ejército del Sur del Líbano, formado en la época de la guerra civil de ese país y que luchaban al lado de Israel por su odio contra los musulmanes del Hezbollah. Muchos de ellos y sus familias hacían cola para pedir asilo en Israel, y otros se entregaron a sus enemigos a pesar de que sobre ellos pesan cargos de traición a la patria.

De cualquier forma, no obstante los enormes riesgos que se corren, la retirada marcó un nuevo capítulo en el proceso del Medio Oriente. El otro gran actor de esa área del conflicto, Siria, aspira a que Israel le devuelva sus alturas del Golán. Pero para llegar a ello tendrá que haberse aclimatado la paz. Su presidente, Hafez Assad, tiene la palabra.
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