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| 12/3/2011 12:00:00 AM

Enemigos íntimos

La muerte de 24 soldados pakistaníes en un bombardeo estadounidense complica una relación esencial para que Washington logre salir pronto de Afganistán.

El de Pakistán y Estados Unidos es lo más parecido a un matrimonio por conveniencia y sin amor. La boda fue impuesta por las circunstancias. Se odian, están todo el tiempo en crisis y cuando pareciera que no pueden caer más bajo, pasa lo peor. La semana pasada, la relación tocó fondo. A 300 metros de la frontera con Afganistán, helicópteros estadounidenses que actuaban bajo la bandera de la Otan bombardearon dos puestos del Ejército pakistaní y mataron a 24 soldados. Según el Pentágono, les habían disparado y les tocó defenderse pensando que se trataba de terroristas islámicos y sin saber que ahí había una base. En Islamabad dicen que no hubo agresión y que el Estado Mayor pidió parar el ataque. Pero durante dos largas horas, sus súplicas se quedaron sin respuesta.

En los últimos meses, los incidentes entre los dos países son cada vez más frecuentes. Sin embargo, el ataque marcó el punto más bajo en las relaciones desde que empezó la guerra en la vecina Afganistán hace diez años. Después del 11 de septiembre, el presidente George W. Bush dejó claro que "o están con nosotros o están contra nosotros". Por eso Pakistán pasó a ser el principal aliado de Washington. Con ayudas de más de 18.000 millones de dólares desde 2002, la Casa Blanca pensó que tenía un nuevo mejor amigo.

Pero era una ilusión. En mayo, fuerzas especiales estadounidenses mataron a Osama Bin Laden en Abbottabad, ciudad donde está la principal escuela del Ejército pakistaní. El episodio fue humillante para los pakistaníes, pues fue una violación de su soberanía. Pero la negligencia de las autoridades y su posible complicidad con el hombre más buscado del mundo quedaron al desnudo.

En septiembre, insurgentes atacaron la embajada estadounidense en Afganistán. Unos días después, asesinaron a Burhanuddin Rabbani, negociador entre los talibanes y la Otan. Las investigaciones apuntaron a los Haqqani, un clan aliado de Al Qaeda, que está refugiado en Pakistán y que tiene complicidades con las autoridades. El propio almirante Mike Mullen, del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, dijo que estos "son un brazo armado de los servicios secretos de Pakistán".

En Pakistán el antinorteamericanismo está por todas partes. El bombardeo se sumó a las violaciones del espacio aéreo por drones estadounidenses, aviones dirigidos a control remoto que tienen azotadas las zonas tribales, una región montañosa, en la frontera con Afganistán. Por eso, el diario local The Frontier Post no dudó en llamar a "defender nuestra soberanía, para que los historiadores puedan escribir que morimos con las armas en las manos y no como cobardes, con el rabo entre las piernas". Por ahora, Islamabad cerró los pasos fronterizos con Afganistán, por los que transita 40 por ciento de los suministros de la Otan, y le dio 15 días a la CIA para evacuar Shamsi, una base que hasta ahora era secreta. Además, es probable que trate de desbaratar los planes de Barack Obama, que prometió que en menos de dos años iba a abandonar Afganistán. Pero Pakistán tiene ases bajo la manga para desestabilizar a ese país y complicar los compromisos de Obama.

El problema para Washington era pensar desde un principio que Pakistán podía ser un aliado confiable. La realidad es que la principal preocupación de Islamabad es su conflicto permanente con India, el mismo que ha hecho que ambos países tengan armas nucleares. Y por el viejo principio de que "el enemigo de mi enemigo es mi amigo", siempre ha apoyado a los talibanes, incluso cuando estuvieron en el poder en Afganistán.

En efecto, Islamabad ha ignorado y tolerado tácitamente la presencia de talibanes y terroristas islámicos en su país, pero ahora esa situación podría ser mucho más aguda, lo que dispararía la violencia en Afganistán. Por otro lado, Islamabad también puede sabotear la estrategia política de Washington, que busca negociar con los talibanes. En ese sentido, anunció que la próxima semana boicoteará la conferencia de Bonn en Alemania, donde se tenía que planear la reconstrucción de Afganistán. Sin Pakistán, nadie piensa que esta cita sirva para algo.

Por eso es que más allá de las vidas que se perdieron la semana pasada, para Estados Unidos haber apretado el gatillo puede terminar por transformar a Afganistán en su Vietnam del siglo XXI. No hay cómo salir. Pero tampoco cómo quedarse.
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