Los jordanos quieren derrocar al rey, pero no para establecer una democracia plena, sino para que suba su hermano al trono. La razón es que Abdullah II es poco apreciado en su país, que en cambio recuerda con nostalgia a su padre, el rey Hussein. Y lo peor, cuando este se encontraba en su lecho de muerte, quería entregarle el trono a su hijo más cercano, Hamza. Pero el príncipe tenía solo 19 años y aún no había salido del colegio. Por eso el poder pasó a Abdullah, quien gobierna con un programa económico neoliberal que ha comenzado a molestar a su pueblo. La esposa del rey, Rania, también es odiada por su vida lujosa y por ser demasiado occidental, al igual que Abdullah, quien habla mejor inglés que árabe. El alza de los precios de la gasolina disparó protestas que pronto se transformaron en reclamos a favor de Hamza. Comparadas con la Primavera Árabe, estas protestas son conservadoras, pues piden un cambio dentro de la dinastía y no buscan la libertad social sino reformas económicas.