Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1998/04/13 00:00

EPILOGO SANGRIENTO

LA violencia en Kosovo, último capítulo de la desintegración de Yugoslavia, amenaza de nuevo la paz en Europa.

EPILOGO SANGRIENTO

Desde hace dos semanas los albaneses de Kosovo (o Kosova, según ellos), que son el 90 por ciento de los habitantes de la región, están paralizados por el terror. Unidades policiales han arrasado poblados enteros para aplastar al 'Ejército de Liberación' de esa sureña región yugoslava. Mientras Estados Unidos y los gobiernos europeos debaten las medidas a tomar para detener la sangría, que lleva más de 100 muertos, el presidente de Yugoslavia, el serbio Slobodan Milosevic, declara que se trata de una operación antiterrorista, lanzada ante el agotamiento de su paciencia por la muerte de cuatro policías. La radicalización de los albaneses de Kosovo, que exigen su separación de Yugoslavia, es el último nubarrón que hace presagiar un horizonte de tormenta.
Los europeos están alarmados, pero no sorprendidos. Las escenas de casas destruidas, hileras de muertos y manifestaciones de dolor recordaron las de la guerra civil de Bosnia y Croacia porque el conflicto de Kosovo es simplemente el último capítulo de la desintegración de Yugoslavia, el evento que ha marcado el fin de siglo europeo con escenas de violencia étnico-religiosa que se creían superadas en el Viejo Continente.

Dolores antiguos
Desde que comenzó ese sangriento proceso, en 1989, era inevitable que la violencia llegara a una región en la que se repiten, agudizadas, las condiciones que condujeron a la guerra civil. El mapa de Kosovo parece una prolongación del de Albania, con la que limita por el sur. Desde el punto de vista geográfico no es una rareza que esté habitado principalmente por personas originarias de su vecino y que apenas el 10 por ciento de la población provenga del norte serbio. Lo que sí resulta paradójico es que Kosovo, tan lejano de Belgrado, sea el lugar más sagrado para su nacionalidad. Fue allí, en 1389, donde un ejército de caballeros serbios fue derrotado por los turcos en la batalla de Kosovo Polje, lo que significó para su pueblo una dominación otomana de 500 años.
Por esa misma razón fue precisamente en Kosovo donde Slobodan Milosevic hizo su tránsito de presidente comunista de una nación yugoslava multiétnica y multicultural al de líder nacionalista de los serbios. Fue en 1987 cuando Milosevic eligió la ciudad de Pristina, en Kosovo, para denunciar supuestos malos tratos de la mayoría local albanesa contra los serbios residentes allí. A tiempo que anunciaba la eliminación de la autonomía de la provincia, vigente desde los tiempos del mariscal Tito, anunció que en ninguna parte de Yugoslavia los demás grupos podrían seguir aprovechándose de los serbios. Sus promesas de un gobierno serbio y una Yugoslavia dirigida a servir los intereses serbios lo convirtieron en un líder carismático en Belgrado pero crearon pánico entre los demás yugoslavos de la época: eslovenos, croatas, bosnios, macedonios y los propios albaneses de Kosovo habían sufrido los rigores de la hegemonía serbia en el período monárquico que vivió Yugoslavia entre las dos guerras mundiales.
Lo que siguió es historia. Con mayor o menor grado de violencia se independizaron Eslovenia, Croacia, Bosnia y Macedonia y Yugoslavia quedó reducida a su estado actual, que comprende las provincias de Serbia, Montenegro y Kosovo. A diferencia de Croacia o Bosnia, donde estalló la guerra abiertamente, en Kosovo las fuerzas estatales mantuvieron una calma engañosa. Porque lo cierto es que silenciosamente los rebeldes de Kosovo establecieron una 'sociedad paralela', con un gobierno entre las sombras que cobra sus propios impuestos y provee servicios con hospitales y colegios que otorgan diplomas en nombre de una inexistente 'República de Kosovo', liderada por Ibrahim Rugova, un callado intelectual que promueve la resistencia pasiva y es llamado 'El Gandhi de los Balcanes'. Hoy los habitantes, sobre todo los más jóvenes, rehúsan hablar serbio-croata, y los escasos serbios viven virtualmente en guetos fuertemente custodiados por las fuerzas de seguridad. Para completar, hace 18 meses surgió el Ejército de Liberación de Kosovo, que según parece es financiado por emigrados de Suiza y Alemania.

Problema insoluble
Milosevic se jugó la posibilidad de superar sus crecientes problemas internos con la carta nacionalista con la esperanza de aplastar rápidamente a los separatistas aun a costa de ahondar su condición de paria internacional. Pero el peligro es que el conflicto crezca y termine involucrando a los países vecinos de esa volátil parte del mundo. El primero que podría ser atraído por el remolino sería Albania, por obvias razones, y el segundo Macedonia, que tiene su propia población albanesa. Turquía tiene intereses y simpatía porque los albaneses son musulmanes y Grecia podría resultar involucrada a favor de los serbios que, como ellos, son cristianos ortodoxos.
La intransigencia de ambas partes parece conducir a un choque de trenes. Pero lo que más preocupa a los analistas es que el conflicto de Kosovo tiene pocas posibilidades de ser resuelto por medios diplomáticos, porque es una manifestación más del problema de las naciones enclave, donde un pueblo claramente definido por razones étnicas y culturales vive en un territorio políticamente 'extranjero'.La comunidad internacional, con Estados Unidos a la cabeza, ha asumido la posición de que el problema de Kosovo debe ser resuelto por alguna fórmula de autonomía que no implique cambios en las fronteras externas de Yugoslavia. Esa es una actitud compartida virtualmente por todos los estados contemporáneos, para los cuales el concepto mismo de enclave es una amenaza. Temas parecidos al de Kosovo, con trasfondo de nacionalismos locales y hasta de tribalismos, existen con mayor o menor intensidad a lo largo y ancho de un mundo paradójicamente cada vez más integrado. Temas que se convierten, con la crisis del estado-nación, en la verdadera amenaza a la paz mundial en el siglo que llega. Pero esa es otra historia.

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