Martes, 24 de enero de 2017

| 2005/08/07 00:00

¿Era necesario?

Hace 60 años dos bombas atómicas destruyeron a Hiroshima y Nagasaki. Hoy nadie sabe si esa masacre era imprescindible para dar por terminada la Segunda Guerra Mundial.

Hiroshima, agosto 6, 1945<br>8:15 a.m.

A las 2:45 de la mañana del lunes 6 de agosto de 1945 un bombardero B-29 de la Fuerza Aérea de Estados Unidos despegó de la base de Tinian, una pequeña isla del archipiélago de Las Marianas, a unos 2.000 kilómetros de Japón. Se dirigía a la ciudad de Hiroshima en una misión secreta: dejar caer sobre esa ciudad de 200.000 habitantes una bomba atómica.

El Enola Gay, llamado así por la madre de su comandante el coronel Paul Tibbits, había sido modificado para esa misión sin precedentes. Tenía nuevas hélices, motores más potentes, y escotillas de bombardeo capaces de dejar caer más eficientemente su carga. No iba solo: los escoltaban dos aviones similares, equipados con cámaras e instrumentos de medición científica, y otros tres habían despegado más temprano para asegurarse de que en el objetivo las condiciones atmosféricas eran adecuadas. Unos 15 minutos después del despegue, el capitán William S. Parsons comenzó el trabajo para el que estaba en la nave: armar los dispositivos de la enorme bomba que reposaba colgando del techo del avión, justo detrás de la cabina de mando. Le tomó otros 15 minutos hacerlo.

La misión estaba llena de incertidumbres. Una bomba de uranio-235 nunca había sido probada, ni jamás había sido lanzada desde un avión. Hoy se sabe que algunos de los encargados del proyecto nuclear insistieron en que no se advirtiera a Japón de lo que les esperaba a sus ciudades, para no tener que justificarse en caso de que el artefacto fallara. Tampoco se sabía con certeza si el propio aeroplano podría escapar a tiempo de la enorme explosión, ni cuáles ciudades de las escogidas iban a ser las víctimas. Estaban previstas cuatro: Hiroshima, Kokura, Nagasaki y Niigata, los centros urbanos menos afectados por los intensos bombardeos que para entonces, tras cuatro años de guerra, habían reducido a la mayor parte de las ciudades japonesas a un montón de escombros.

A las 8:10 de la mañana Hiroshima apareció ante los ojos de los tripulantes del Enola Gay. Cinco minutos más tarde la escotilla se abrió y soltó a 'Little Boy', la primera bomba nuclear usada contra civiles en la historia. El artefacto explotó a unos 1.500 metros de altura, en pleno centro de la ciudad. Una intensa luz azulada dio paso a un hongo de humo y vapor que se elevó más de 20 kilómetros. El sargento George Caron, encargado del cañón de cola, declaró que era posible ver en el centro del hongo "un núcleo rojo que todo lo quemaba". La ciudad quedó destruida casi por completo. De la población de 350.000 habitantes, unos 70.000 murieron de inmediato y otros tantos fallecieron dentro de los cinco años siguientes a causa de los efectos secundarios de la radiación, principalmente por cáncer.

Tres días más tarde la gente de Japón trataba de entender la magnitud de lo que había pasado, y el gabinete se reunía para decretar la capitulación, ordenada en un acto sin precedentes por el propio emperador Hirohito. Pero a esa hora otro avión similar, llamado Bock's Car, llegaba a la isla con una bomba de uranio-239 apodada 'Fat Man'. En esta oportunidad el destino hizo un juego siniestro: la víctima iba a ser Kokura, pero había demasiada niebla. Por eso el avión siguió de largo y atacó a Nagasaki. A las 11:02 de la mañana esta bomba, mucho más poderosa que la de Hiroshima, explotó a 500 metros de altura. Las características de la topografía evitaron que el daño fuera mayor. Aún así, de 270.000 habitantes 70.000 murieron en el acto o antes de que acabara el año.

Las descripciones del sufrimiento de las víctimas en tierra son sobrecogedoras. Miles de personas con la piel colgando en jirones, mutilados o con heridas profundas, pedían auxilio sin ninguna esperanza. A los pocos minutos de los ataques, una lluvia negra y caliente cayó sobre las víctimas, para aumentar sus horribles dolores. Los testigos hablan de procesiones de zombies que, con las manos extendidas hacia delante, pedían a gritos ayuda. "Con mirar a una persona no se sabía si estaba de frente o de espaldas. No tenían pelo ni ropas. Era espantoso", dice uno de ellos. Muchas personas que milagrosamente se salvaron de la ola de calor (que derretía metal y vidrio) y del impacto de la expansión, comenzaron poco después a presentar los síntomas del efecto de la radiación. Muchos murieron muy pronto. Otros tardaron décadas en hacerlo, tras vidas colmadas por el sufrimiento y la soledad.

¿Masacre necesaria?

Han pasado 60 años desde ese episodio sin precedentes en la historia, y la polémica sobre la necesidad de lanzar las bombas atómicas sobre Japón aún no se resuelve. La versión oficial del gobierno de Estados Unidos ha sido siempre clara. Según ésta, el presidente Harry S. Truman se vio prácticamente obligado a tomar la dolorosa decisión para obligar a Japón a rendirse. Con ello habría evitado tener que invadir ese país, con lo que se salvaron más de un millón de vidas, no sólo entre los militares norteamericanos, sino en la propia población japonesa.

Esa historia oficial tiene mucho sentido. El gobierno japonés estaba dominado por una camarilla de militaristas fanáticos para quienes la derrota era una posibilidad impensable. No era difícil pensar que preferirían la destrucción total, a un costo de millones de vidas, antes que aceptar el deshonor de la derrota. Además, en el calor de una guerra mundial que había alcanzado tales cotas de animosidad, para el gobierno de Washington mostrar compasión con el enemigo podía verse como un acto de debilidad políticamente incorrecto. Y nadie puede negar que la dirigencia nipona tiene una parte muy importante de responsabilidad en la desgracia que se cebó sobre sus habitantes.

Con el paso del tiempo, sin embargo, han ido haciéndose más fuertes en Estados Unidos las voces de quienes consideran que no era necesario haber destruido Hiroshima y Nagasaki para obligar a Japón a rendirse. Lo que es peor, sostienen que la decisión de hacerlo fue tomada sin la reflexión suficiente, que no se escuchó a quienes se oponían, entre ellos miembros muy prominentes de la dirigencia norteamericana y que, en últimas, los bombazos no estaban dirigidos a que Japón se rindiera, sino a parar en seco a la Unión Soviética, que no por ser entonces aliada circunstancial de Estados Unidos había dejado de ser la amenaza comunista .

Dicho de otra forma, afirman que la muerte de los habitantes de Hiroshima y Nagasaki se dio por razones más políticas que militares. Un pensamiento inquietante ahora que Estados Unidos le ha declarado la guerra al terrorismo.

La historia

En julio de 1945, el mundo presenciaba el final inevitable de la mayor conflagración bélica de la historia. Alemania, destruida, ya había firmado su rendición incondicional, y el imperio japonés, el otro extremo del eje, estaba en sus estertores. Desde julio del año anterior la caída de las islas Marianas había dejado al país del Sol Naciente al alcance de los bombarderos norteamericanos, que operaban prácticamente sin oposición alguna.

Mientras los B-29 acababan literalmente con todos los objetivos destruibles en Japón, un bloqueo naval hacía imposible el suministro de petróleo y los materiales para producir los barcos y aviones necesarios para reconstituir a la Armada y la Fuerza Aérea imperiales. Los soldados japoneses se batían con fanatismo sin igual, a pesar de haber perdido, una tras otra, a las islas que constituían el perímetro de seguridad de Tokio. Para cualquier efecto práctico, excepto por la rendición formal, Japón estaba derrotado y los militares norteamericanos eran perfectamente conscientes de ello.

Lo que es más, la dirigencia política del Japón estaba dividida entre 'halcones' y 'palomas', y éstas llevaban meses, si no años, intentando terminar la guerra. La demostración está en los numerosos mensajes cifrados enviados por funcionarios japoneses que indicaban esa voluntad, interceptados por los norteamericanos, que hacía tiempo habían descifrado los códigos secretos. En uno de ellos, fechado el 5 de mayo, el embajador alemán indicaba que "por cuanto la situación no tiene esperanza, grandes sectores de las fuerzas armadas japonesas no mirarían con rechazo la capitulación, aun en términos duros para la nación".

Pero esos términos, por duros que fueran, no podían incluir la eliminación del trono imperial y la salida de Hirohito. Para ellos la figura imperial era un dios y el centro de su cultura y su sociedad. El primer ministro Kantaro Suzuki lo había dicho públicamente el 9 de junio de 1945: "Si el sistema imperial fuera abolido, los japoneses perderíamos toda razón para existir. La rendición incondicional significa, por lo tanto, la muerte de millones: no nos dejaría otra opción que luchar hasta el último hombre".

Incluso el ministro de Relaciones Exteriores, Shidenori Togo, uno de las principales 'palomas' anotó en un mensaje del 12 de julio, a su embajador en Moscú, Naotake Sato, con el encargo de que insistiera ante el ministro Vyacheslav Molotov que "el emperador está extremadamente ansioso por terminar la guerra. Pero si Estados Unidos y Gran Bretaña insisten en una rendición incondicional, nuestro país no tendría otra opción que luchar hasta el final". Los japoneses aspiraban a conseguir una rendición aceptable con la ayuda de la Unión Soviética, que era la última potencia con la que mantenía un pacto de neutralidad. Todos sus mensajes iban en esa dirección, pero fueron ignorados por los norteamericanos, que los conocían casi simultáneamente con sus destinatarios.

A esa altura de la guerra ya no había mensajes que Estados Unidos no interceptara, y está ampliamente documentado que eran conocidos por la Casa Blanca. Ya desde mayo de 1945 el subsecretario de Estado Joseph Grew, quien había sido embajador en Japón y era considerado el mayor experto del alto gobierno en el tema, le había explicado a Truman la importancia de la figura del emperador para la vida de los japoneses. Sucesivos memorandos internos señalan esa circunstancia y hasta el secretario de Guerra Henry Stimson abogó porque se incluyera en la exigencia de rendición la posibilidad de permitir la permanencia del emperador al frente de su pueblo.

A pesar de todo, en la tarde del 16 de julio de 1945 fue difundido desde San Francisco un mensaje en japonés que luego se conoció como la Proclamación de Postdam. El documento exigía la "rendición incondicional de todas las fuerzas armadas japonesas".

La consecuencia lógica de ello, no desconocida para los responsables norteamericanos, era que la guerra se prolongaría de forma indefinida. Los altos mandos militares estaban en desacuerdo con los políticos. El general Douglas MacArthur, quien luego dirigiría la reconstrucción del Japón, expresó su inconformidad, pues estaba convencido de la necesidad de mantener al emperador para hacer el tránsito ordenadamente hacia la paz. En igual forma se manifestaron el general Dwight Eisenhower y el almirante William Leahy, jefe del Estado Mayor.

Menos de un mes después los B-29 hicieron su mortífero trabajo sobre Hiroshima y Nagasaki. Los militares estaban perplejos. Eisenhower recordó años después, en sus memorias, que Stimson le contó en julio de 1945 en Alemania de los planes de bombardear a Japón con un artefacto atómico. El general le contestó que ese país ya estaba derrotado y que en el mismo momento de las bombas, estaba buscando desesperadamente una fórmula de rendición. Leahy, por su parte, incapaz de explicar los bombazos desde un punto de vista militar, afirmó en sus memorias (tituladas I was There) que la decisión había sido política, motivada tal vez por la enorme suma (2.000 millones de dólares de la época) gastada en su construcción por medio del célebre proyecto Manhattan, una opinión que ha sido adoptada por algunos historiadores actuales. En todo caso, escribió Leahy, "el uso de esa arma bárbara no tuvo ninguna influencia material en nuestra guerra contra Japón".

La forma como los japoneses reaccionaron a la explosión de Hiroshima parece darle la razón a Truman, pues dos días después aún el gabinete se negaba a capitular. Ello sólo se logró luego de que Hirohito rompió la tradición según la cual el emperador no se ocupaba de asuntos terrenales y ordenó perentoriamente que el país se rindiera. Aún así, la decisión pudo tener tanto que ver con la bomba como con el hecho de que el mismo 6 de agosto la Unión Soviética había declarado la guerra a Japón y amenazaba el territorio luego de haber invadido la colonia japonesa de Manchuria.

¿Qué explica, entonces, la insistencia en forzar a Japón a no rendirse a tiempo para luego usar las bombas atómicas en una guerra que ya estaba ganada? Historiadores modernos como Peter Kuznick, director del Instituto de Estudios Nucleares de la American University y Mark Selden, de Cornell University, sostienen que la verdadera razón de lanzar la bomba no fue forzar la terminación de la Segunda Guerra Mundial, sino comenzar la Guerra Fría. No es difícil llegar a esa conclusión, si se tiene en cuenta que la alianza entre Estados Unidos y la Urss en la Segunda Guerra Mundial fue una interrupción en una larga historia de enemistad, comenzada poco después de la revolución de octubre de 1917. Es diciente que Estados Unidos compartía su ultrasecreto proyecto atómico con Gran Bretaña, pero nunca lo hizo con Moscú. El gobierno de Washington, según esa teoría, veía con muy malos ojos que Moscú añadiera a sus avances en Europa Oriental otros en el Extremo Oriente.

Otros, como el historiador Charles L. Mee Jr., dice que el efecto sicológico sobre el líder soviético Josef Stalin fue violento: los norteamericanos no sólo habían usado un arma del juicio final. Lo habían hecho, y Stalin lo sabía, cuando era innecesario.

Lo que tal vez le da a esta historia el toque más dramático es que, a la larga, Hirohito permaneció en su puesto. Ese extremo, tal vez, nunca le preocupó realmente al gobierno de Harry S. Truman.

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