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| 10/13/2007 12:00:00 AM

¿Érase una vez Bélgica?

Con las alarmas encendidas por una eventual partición, el corazón de la Unión Europea cumple cuatro meses sin poder formar gobierno.

A los belgas no les queda mucho de dónde aferrarse. Aparte de las frituras, el chocolate y la cerveza, es poco lo que une a los flamencos del norte, donde se habla neerlandés, y los valones francófonos del sur. El país, dividido en dos mitades por un imaginario pero insalvable muro lingüístico, ha visto la decadencia de los símbolos de una débil identidad nacional. El franco belga dio paso al euro, la selección de fútbol –los otrora temidos diablos rojos– ya no inspira respeto y la figura paternal del rey Alberto II no ha logrado poner de acuerdo a los políticos de ambos lados para formar gobierno cuando han pasado más de 120 días desde las elecciones del 10 de junio.
 
El ganador de los comicios, Ives Leterme, líder de los democristianos flamencos, debía formar una coalición de gobierno con representantes de lado y lado. Su fracaso forzó a Alberto II a mediar por primera vez desde cuando llegó al trono, en 1993. Los observadores ya perdieron la cuenta de los intentos del monarca. Ha nombrado todo tipo de “informadores”, “exploradores”, “negociadores” y “formadores”. Actualmente, las conversaciones progresan a paso de tortuga. “Han dejado los temas complicados, como la reforma del Estado, para el final. Grandes avances no se ven. Si se forma un gobierno para mediados de noviembre, sería temprano”, dijo a SEMANA Katrien Luyten, periodista flamenca de la agencia EFE. Lo más sorprendente es que nadie se escandaliza.

Y es que Bélgica ha vivido en una suerte de división institucionalizada. Existen cinco parlamentos distintos en un sistema político basado en líneas regionales o lingüísticas. Es un país federal sin partidos federales. Hay dos partidos socialistas, dos liberales y dos democristianos, uno a cada lado. Sólo se ven cuando tienen que formar gobierno y hasta el gabinete emplea traductores. Salvo el rey, no hay una figura política nacional. Hay una prensa en francés y otra en neerlandés, con perspectivas diferentes. Quizás el dato más revelador es que sólo el 1 por ciento de los matrimonios son mixtos. “Las diferencias internas son muy grandes y fundamentales. Más grandes de lo que pensábamos. En el nivel de lenguaje, del modelo de desarrollo económico, de política social e institucional”, explicó a SEMANA Marc De Vos, director del Itinera Institute.

En resumen, el norte quiere descentralizar y el sur no. Leterme prometía en su programa profundas reformas institucionales que incluían mayores competencias para Flandes en políticas de justicia, empleo, impuestos y salud, entre otros. Prácticamente una confederación que reemplace al actual Estado federal, a lo que se oponen los valones, quienes creen que son pasos a la independencia. Los flamencos, por su parte, sienten que detrás del bloqueo hay un esfuerzo de sus vecinos para vivir subsidiados por el norte. Si estuvieran separados, Flandes sería una de las regiones más ricas de Europa, y Valonia, una de las más pobres. La división es tan profunda que el propio Leterme se ha referido a Bélgica como “un accidente de la historia”.

El Reino de Bélgica es uno de los Estados más jóvenes de Europa. Nació en 1830, cuando se independizó de la luterana Holanda. Incluso su rey es importado. Tras un breve arbitraje internacional para evitar que Francia se anexara al flamante país, los británicos propusieron que lo dirigiera una casa real. El honor le correspondió al duque de Sajonia, que se convirtió en Leopoldo I de Bélgica. Su creación permitió transformar un lugar turbulento en un muro de contención entre Francia y Gran Bretaña. Sin embargo, se convirtió en el escenario de muchos combates, entre ellos Waterloo, por lo que se le conoce como ‘el campo de batalla de Europa’.

Fue invadida por los alemanes en las dos guerras mundiales, se convirtió en un poder colonial en África y, como miembro fundador de la Unión Europea (UE), se las arregló para convertirse en la sede de las instituciones comunitarias y la Otan. En sus orígenes, el francés era el idioma de la burguesía, y por lo tanto el oficial. El neerlandés, por su parte, era considerado la lengua de los campesinos. La discriminación lingüística llegó hasta bien entrado el siglo XX.
Mucho ha cambiado desde entonces. Flandes, donde viven seis de los 10 millones de belgas, ha pasado a ser la región pujante, mientras Valonia, con unos cuatro millones de habitantes, ha sufrido el declive de sus industrias siderúrgicas y mineras. El desempleo en el sur duplica el del norte. El complejo cuadro lo completa una comunidad alemana de 70.000 habitantes. Y en medio de todo, Bruselas-capital, una tercera región que en teoría es bilingüe, pero en la práctica es un enclave francófono en Flandes.

Es una ironía que el corazón de la UE, un proyecto de integración construido sobre la cesión de soberanía de sus Estados-miembro, esté debatiendo sus autonomías. Pero al mismo tiempo Bruselas, como capital de Europa, es el principal obstáculo para una eventual separación y, por lo tanto, el ancla de Bélgica. En palabras del ministro de asuntos exteriores, Karel de Gucht, “Bélgica es como unos hermanos siameses. Flandes y Valonia, unidos por la cabeza, que es Bruselas, y por lo tanto imposibles de separar”.

Como era de esperarse, la demora en formar gobierno ha disparado el sentimiento nacionalista en Flandes. Según los sondeos, casi la mitad de los flamencos son partidarios de la separación, y dos tercios creen que serán independientes tarde o temprano. Sin embargo, la convocatoria de nuevas elecciones no es, ni mucho menos, inminente. A nadie le convendría, pues los radicales pescarían en río revuelto. Lo más probable es que las dilatadas negociaciones, tarde o temprano, lleguen a buen puerto.

Eso no ha impedido que la prensa internacional hable de una posible partición, e incluso algunos sectores dentro del país han comenzado a mirar el ejemplo de Checoslovaquia y su ‘divorcio de terciopelo’. “Si Bélgica no existiera, ¿alguien se tomaría en estos días la molestia de inventarla?”, se preguntaba The Economist en un provocador editorial. “Bélgica ha servido a su propósito”, sentenciaba. Pero una eventual escisión podría impulsar otros separatismos.

La respuesta a la preocupación exterior se puede encontrar en el memo que Bruselas envió a sus embajadas, donde indicaba que si alguien pregunta si el país se está separando, la respuesta debe ser negativa. Pero que la Cancillería haya tenido que redactarlo es un mal síntoma. Quizá la clave esté en el matiz que acompaña la respuesta de los analistas cuando contestan que Bélgica no se va a dividir: “por ahora”.
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