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| 11/21/2015 8:00:00 PM

¿Esta es la III Guerra Mundial?

Los terroristas islámicos decapitan, ponen bombas en los aviones, disparan en forma indiscriminada a civiles inocentes. ¿Es viable una gran alianza para detenerlos?

El papa Francisco venía hablando de una tercera guerra mundial. Lo reiteró en su reciente visita a la sede de Naciones Unidas en Nueva York y ahora, después de los atentados en París, dijo que “estamos en una tercera guerra mundial a trozos y estamos viendo el rostro de la maldad”. Dijo que las celebraciones de fin de año serán falsas porque en todo el planeta hay expresiones de violencia.

La palabra guerra se está oyendo en todas partes. El presidente de Francia, François Hollande, la utilizó al día siguiente de los atentados para definir la situación de su país después del macabro viernes 13. Las grandes potencias han realizado despliegues militares y se han intensificado los bombardeos en Siria. Justo antes de Francia, Beirut acababa de ser víctima de explosiones –atribuidas a Estado Islámico– que produjeron la muerte de 41 personas. En Rusia, el presidente Vladimir Putin afirmaba que el avión derribado en la península egipcia del Sinaí, con 224 pasajeros, también fue obra de E.I., que puso una bomba. Es el segundo avión de ese país derribado en menos de un año. El viernes pasado murieron cerca de 20 personas en un hotel en Mali, después de un operativo de rescate contra un comando que mantenía un grupo de rehenes. La semana pasada murieron asesinados un ciudadano chino –Fan Jinghui– y otro noruego –Ole Johan Grimsgaard-Ofstad– que habían sido secuestrados en septiembre. Se da casi como un hecho que E.I. ha sido el autor de todos estos hechos de barbarie.

No hay duda. El mundo no está en paz. Se han visto ciudadanos occidentales decapitados y despiadados actos terroristas en todos los continentes. El miedo se propaga por todo el planeta. En Nueva York circularon rumores esta semana sobre posibles atentados. Hay intensos debates sobre “cómo combatir el terrorismo”, que fue precisamente el título en la portada de The Economist. El miedo crece.

¿Cómo puede catalogarse la situación? ¿Es la tercera conflagración mundial? “Esta no es una guerra convencional”, dijo esta semana el presidente de Estados Unidos, Barack Obama. Y evidentemente, no lo es. No se trata de una confrontación entre fuerzas militares de estados nacionales. Las prácticas de Isis guardan similitudes con las de Al Qaeda en la primera década del siglo –al fin y al cabo buscaba ser el capítulo de esa organización en Irak–, pero no caben muchos más paralelos: ni con los conflictos de 1914-1918, ni de 1939-1945. El panorama actual es de un terrorismo bárbaro y brutal que se puede practicar –con resultados enormes– sin demasiada infraestructura, ni fuerza, ni poder militar. Un grupo de fanáticos dispuestos a suicidarse para causar decenas de muertes siempre será un desafío gigante para fuerzas de seguridad y organismos de inteligencia tan sofisticados como los que han desarrollado Estados Unidos, Francia, Rusia y todas las grandes potencias, para protegerse de otro tipo de enemigos.

La guerra asimétrica, como la bautizan algunos, es internacional pero no reconoce fronteras. Estado Islámico no proviene de un poder nacional constituido, ni está protegido por un país en particular. Tiene células diseminadas por todos lados. Sus representantes son anónimos y desconocidos, y solo son identificados en forma masiva cuando logran sus éxitos macabros. Poco se hablaba de Osama bin Laden antes de los atentados contra las Torres Gemelas y Washington, en 2001. Y casi nadie había oído mencionar al belga Abdel Hamid Abaaoud, el cerebro de los atentados de París, muerto en una operación policial en Saint-Denis, esta semana. Solo los organismos de inteligencia y unos pocos expertos tienen familiaridad con estos nombres. Para los ciudadanos comunes y corrientes, en los cinco continentes, el terrorismo surge de una entidad confusa e invisible que, justo por esas características, es más difícil de contener.

Después de los ataques contra Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001, se puso en boga una tesis del profesor de Harvard, hoy fallecido, Samuel Huntington. El reconocido académico había escrito un libro titulado El choque de civilizaciones, en el que aseguraba que, una vez terminada la Guerra Fría y a raíz del debilitamiento de las fronteras estatales, el mundo se agruparía en conjuntos con elementos de identidad culturales, históricos y religiosos, más que nacionales. Y que podrían surgir conflictos entre las seis civilizaciones que identificó. Huntington llegó a decir que las migraciones serían un fenómeno capaz de poner en peligro la paz mundial.

Sin embargo, a pesar de la validez de sus reflexiones, tampoco la guerra religiosa es un concepto que pueda explicar lo que está pasando. El presidente francés, François Hollande, lo rechazó de plano en su discurso en Versalles ante una sesión histórica y conjunta del Senado y la Asamblea Nacional. Dijo que esta no es una guerra religiosa porque se combate contra un grupo reducido de terroristas y no contra los seguidores de una religión. Los musulmanes, como los miembros de cualquier credo, no son los enemigos.

Por eso, se han planteado tantos debates sobre cómo pelear esta guerra. Sobre los peligros de que en Occidente se desate una ofensiva contra los musulmanes o contra los árabes –más emocional que estratégica–, y que se vuelvan a cerrar fronteras que prácticamente habían desaparecido para el tránsito, comercio y circulación de personas de múltiples nacionalidades. O que se restrinjan libertades civiles que se habían consolidado en los regímenes democráticos. No deja de ser paradójico que los atentados del viernes 13 obliguen a Francia a entrar en este debate. Precisamente, al país de la Revolución Francesa, el que ha liderado en el mundo la causa de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Y de los derechos humanos. Hollande ha dicho que los retos terroristas obligan a un cambio en la Constitución de su país. No ha dado detalles sobre lo que buscaría, y habrá que ver hasta dónde lograría un equilibrio entre la necesidad de fortalecer la defensa de los ciudadanos franceses y a la vez mantener la tradición de principios humanistas.

En Estados Unidos también se ha abierto un debate sobre cómo enfrentar el flagelo terrorista. Presionado por solicitudes de cambiar la estrategia que está en marcha desde el 11-S, Barack Obama ha dicho que no se debe modificar lo que ya está andando. En particular, se opone a la idea de enviar tropas a Siria y mantiene su convicción en que los bombardeos aéreos son una alternativa mejor que la de infantería, porque ofrece precisión en los objetivos, menor riesgo de vidas estadounidenses, y menores daños colaterales. A Obama le concedieron en 2009 el Premio Nobel de la Paz, y en el discurso con que lo recibió habló de lo que es una “guerra justa”: la que guarda equilibrio entre los medios y los fines en el uso de la fuerza. Ad portas de un año electoral, varios de sus rivales políticos en la oposición republicana –e incluso miembros de su partido– le están pidiendo una mano más firme contra la amenaza terrorista.

El panorama es confuso. ¿Quiénes son los aliados para enfrentar al terrorismo? Países tan disímiles como Estados Unidos, Francia, Rusia –y hasta Siria, porque el régimen dictatorial de Bashar al Asad combate contra insurgentes apoyados por Isis– convergen en el objetivo de luchar contra Estado Islámico. También China, después del asesinato de Fan Jinghui. Pero la mayoría de ellos son rivales en la geopolítica mundial y casi nunca están de acuerdo en los foros internacionales. Francia acaba de solicitar la participación de la Unión Europea en la defensa conjunta frente a quienes causaron la muerte de 129 civiles en París. Obama acaba de decir que no habrá paz mientras Bashar al Asad siga en el poder en Siria.

¿Se concretará una coalición con objetivos y medios definidos? ¿Una gran alianza como la que detuvo al nazismo en la Segunda Guerra Mundial? Lo cierto es que la amenaza es global, bárbara e inédita. Puede no ser una tercera guerra, como las otras, sino una “a trozos”, como ha dicho el papa Francisco. Pero eso no significa que sea menos grave, ni que se va a terminar pronto.
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