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| 6/21/2014 1:00:00 AM

Crisis en Irak: EE.UU se jugará la carta de Irán

La ofensiva del grupo terrorista Isis en Irak ha tenido la inesperada consecuencia de acercar a Irán y Estados Unidos. Pero esa extraña colaboración tendría efectos insospechados en toda la región.

Si hace un par de meses alguien hubiera dicho que Estados Unidos e Irán se pondrían de acuerdo para afrontar un enemigo común, lo habrían tildado de loco. Desde la Revolución Islámica de 1979, cuando rompieron relaciones diplomáticas, los gobiernos de estos dos países se han visto no solo como enemigos, sino también como verdaderas amenazas para los valores y formas de vida que cada uno representa.

Pero esa situación ha cambiado con el avance del grupo Estado Islámico de Irak y Siria (Isis, por su sigla en inglés) en Irak desde el pasado 10 de junio, cuando emprendió una ofensiva que le permitió capturar Mosul, la segunda ciudad del país. Desde entonces, sus éxitos militares no han hecho más que acumularse y al cierre de esta edición lo tenían en las puertas de Bagdad, con intensos combates en las cercanas provincias de Diyala y Saladino.

El 20 de junio, los extremistas se tomaron un centro de producción de armas químicas de Al Muthanna, desarrollado en los tiempos de Saddam Hussein, cuyo Ejército baathista, desmantelado por Estados Unidos en 2003, ha desempeñado un papel clave en la ofensiva. A su vez, en un gesto cargado de simbolismo, abrieron un boquete en la berma que, desde finales del siglo XIX, sirve como límite entre Siria e Irak, que sus combatientes quieren borrar para crear un califato trasnacional. El viernes el Ejército de Bagdad y los yihadistas se disputaban a su vez la refinería de Baiji, la principal del país, de la cual se elevaba una densa columna de humo visible desde el espacio. Por su parte, el portavoz del alto comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, Adrien Edwards, describió la situación humanitaria como “caótica” y Fadela Chaib, portavoz de la Organización Mundial de la Salud alertó sobre la posibilidad de que surjan brotes de enfermedades infecciosas debido a “las altas temperaturas y la falta de saneamiento, higiene y agua potable” en los campos donde se han instalado los desplazados de Mosul y otras ciudades.

Washington critica la incompetencia y el sectarismo del primer ministro chiita de Irak, Nuri al Maliki, quien ha excluído a los demás grupos de su gobierno, lo que ha contribuído a impulsar la rebelión de Isis. Según le dijo a la revista Time Hillary Clinton, la exsecretaria de Estado de Obama y según las encuestas la preferida de los demócratas para las elecciones de 2016, “el pueblo iraquí tiene que pensar seriamente el tipo de líder que necesita para tratar de unirse contra un peligro terrible e inminente”.

Para la administración Obama, que contaba con la estabilización del país tras el retiro de sus tropas en 2011, el rumbo sectario que ha tomado el conflicto de Irak es además un grave revés que le ha hecho reevaluar muchas decisiones. En su discurso de West Point del 18 de mayo, el presidente anunció que agotaría “otras opciones antes de la guerra” para ejercer “un liderazgo responsable”, una afirmación que tuvo que poner en entredicho el pasado jueves, cuando dijo que enviaría 300 “asesores militares” de las fuerzas especiales a Irak, que se suman a los drones que su gobierno ha planeado usar para realizar ataques “selectivos” y detener el avance yihadista.

Del mismo modo, Obama afirmó que uno de sus objetivos era fortalecer “las viejas alianzas, que nos han servido tan bien”. Una aspiración que hoy resulta paradójica, pues son justamente los antiguos aliados de Estados Unidos como Arabia Saudita (el mayor bastión de los sunitas) y Qatar los principales sospechosos de financiar a Isis y su campaña de odios sectarios.

En ese contexto, surgen las llamativas declaraciones en que los funcionarios estadounidenses le tienden la mano a Irán, como el secretario de Estado, John Kerry, quien dijo el lunes pasado en una entrevista con Yahoo!News: “Estamos abiertos a cualquier proceso constructivo que pueda minimizar la violencia, mantener a Irak unido y eliminar la presencia de las fuerzas terroristas foráneas que lo están desintegrando”. Tras lo cual agregó, aún más elocuentemente, que “Irán puede jugar un papel constructivo”.

Dicha disposición ha llevado a que muchos asuman que la pregunta no es ‘si’ los dos países van a colaborar sino ‘cuándo’. Como señala la columnista del Washington Post Souad Mekhennet, quien ha asistido a diálogos informales entre las dos partes y la Unión Europea en la Mesa Redonda de Bergedorf, las autoridades de Teherán han subrayado que su país comparte intereses comunes con Estados Unidos y han llegado a afirmar que “como Occidente, nosotros también estamos combatiendo el terrorismo”.

Una apertura que habría sido imposible si no estuviera en el poder el moderado Hasan Rouhani, quien ha abierto las puertas del sector petrolero a la inversión occidental y ha tenido incluso importantes gestos simbólicos como la reapertura de la Academia de Cine de su país. Todo lo anterior enmarcado en las conversaciones que ambos países mantienen en Ginebra para que el gobierno iraní congele o reduzca su producción nuclear y así garantizar que no desarrolle una bomba atómica, que Rouhani ha asegurado que no construirá “bajo ninguna circunstancia”.

Sin embargo, aunque Irán parece ser hoy la única entidad con la capacidad material y logística para frenar el ataque de Isis, en plata blanca la alianza que se está delineando implica que Estados Unidos va a colaborar con uno de los países que durante décadas incluyó en el ‘eje del mal’. También, aquel contra el cual financió una larga y costosa guerra en los años 1980, llamada de Irán-Irak, del lado Hussein, a quien el Tío Sam veía como un aliado e incluso como un bastión contra el extremismo.

El régimen de Teherán es además clave en la financiación de grupos como Hamas y Hezbollah, enemigos jurados de Israel –el principal aliado de Estados Unidos en la región–, que desde 1997 se encuentran en la lista de grupos terroristas del Departamento de Estado. Sin olvidar el decidido apoyo que Irán le ha prestado a Bashar al Asad en la guerra que desde 2011 ha dejado cerca de 170.000 víctimas en Siria, en su gran mayoría civiles. Como le dijo a SEMANA el profesor de la Universidad de Georgetown y autor del libro Rogue Regimes: Terrorism and Proliferation, “invitar a Irán a que ayude a estabilizar a Irak sería como pedirle a un pirómano que les dé una mano a los bomberos, pues Teherán es una de las principales fuentes de la inestabilidad iraquí”.

A lo cual hay que agregar que el gobierno de Teherán también presenta graves diferencias internas y existen fuertes opositores al gobierno de Rouhani, entre los cuales se destaca el ayatolá Alí Jamenei, el líder supremo del país en términos religiosos y políticos. Como le dijo a esta revista el profesor Jalil Roshan, experto en la materia, de la Universidad del Este de Carolina, “aunque un actor racional participaría en una alianza con los Estados Unidos en contra de Isis y usaría esa coincidencia para disminuir la presión sobre el programa nuclear y comenzar una nueva relación, el margen de maniobra de Rouhani es limitado y es muy dudoso que Jamenei y otros extremistas iraníes le den luz verde para actuar”.

Así pues, es probable que Teherán considere en últimas emprender cierto tipo de cooperación con Washington. Pero es difícil que esa eventual coincidencia de proyectos borre de un plumazo
35 años de desencuentros.
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