Viernes, 24 de octubre de 2014

| 2013/06/08 05:00

Esto es lo que hay en Venezuela

Se agudiza la ausencia de productos básicos en el país vecino. Así es el desabastecimiento en Caracas.

En los supermercados es cada vez más difícil conseguir productos. La nevera de pescados y mariscos está vacía porque solo surten los lunes y los jueves. El congelador de helados de la bodega de Antonio está vacío desde hace ocho meses y ahora temen que con el paro de la planta de Coca Cola tampoco lleguen gaseosas. Foto: Catalina Lobo - Guerrero

Ana Goncalves se ríe para no llorar cuando recuerda lo que alguna vez fue el mercado que montó su padre, un inmigrante portugués. “Estoy tratando de sobrevivir porque la memoria de mi padre se merece más”, dice mientras acomoda lo poco que ofrece De Antonio, que llegó a tener ocho empleados y a despachar domicilios a un sector residencial en Chacaito. La semana pasada los funcionarios que visitan locales para revisar que sus dueños estén vendiendo con los precios controlados, no encontraron nada qué inspeccionar. 

No solo los alimentos de mayor demanda escasean en sus estantes, y no solo las medidas económicas están afectando el abastecimiento. Ana teme que por un paro ilegal de unos trabajadores que se tomaron la planta de Coca Cola en Valencia hace 20 días, dejen de distribuir la gaseosa del todo. Explica que así pasó con helados EFE, una de las empresas de alimentos Polar, enfrascada en un pleito con el sindicato. Por eso en su congelador no hay helados desde hace ocho meses. “Ya no es lo que pidas, es lo que traigan,” dice, y cuenta que hace días por poco se arma un lío con unos compradores cuando intentó limitar la venta a seis cervezas por persona. 

Las peleas entre los compradores se han vuelto frecuentes, comenta Ignacio, un guardia de seguridad de un local de la gran cadena de supermercados Central Madeirense. En este lugar, como en otros, los trabajadores ya ni se toman la molestia de organizar los productos en las góndolas. Simplemente ponen las cajas al final de un pasillo y las recogen vacías. La semana pasada a Ignacio le tocó intervenir en una pelea por el último rollo de papel higiénico.

Los mercados limitan cuánto puede llevar cada persona y las cajeras tienen órdenes de no vender más de la cuota. La semana pasada el gobernador del Zulia, Francisco Arias Cárdenas, anunció un racionamiento no discrecional sino obligatorio, para evitar que la gente compre productos controlados, como algunos aceites, pollo, carne, fríjoles, algunos arroces, pañales, leche o papel higiénico y lo envíe de contrabando a Colombia, donde lo revende más caro. 

En provincia un paquete de arroz a precio regulado cuesta 7,20 bolívares, pero en las calles los vendedores ambulantes lo ofrecen a 25. “Aquí no hay escasez como en El Tigre”, exclamó una mujer que le tomó una foto a los paquetes de harina en el Central Madeirense. Como ella, muchos venezolanos viajan a Caracas para mercar. Los que viven en la capital pero tienen familia en otros lugares les envían lo que pueden, como Ignacio, que todas las semanas manda cajas a su familia en Cumaná. 

En Trujillo esperan el regreso de Carlos Moreno, un cultivador de piñas, guanábanas, mangos y plátanos que viaja todas las semanas a Caracas a comprar lo que allá no hay y a vender sus productos en un mercado callejero a la entrada de un barrio popular. Una vez al mes, la red de alimentos de Mercal del gobierno llega hasta este mercado con camiones que venden carne, pollo, pasta, arroz, entre otros productos básicos, no necesariamente de la mejor calidad.

A pesar de las largas filas que se forman en el barrio cuando llegan los camiones, el jubilado Enrique Torres espera porque los productos son muy baratos. Para los más pobres es una buena noticia que el presidente Nicolás Maduro haya anunciado la semana pasada que pondrá a rodar 20 unidades móviles nuevas de Mercal y construirá 54 nuevos mercados Pdval. También anunció cinco bodegas móviles de Abastos Bicentenario, una red estatal de megatiendas. 

Para entrar a un Bicentenario hay que pasar primero por la inspección de un miliciano bolivariano. Una vez adentro se puede comprar electrodomésticos, ropa, productos para la casa, y comida de buena calidad. Pero a diferencia de los mercados de este tipo en Colombia, en los Bicentenario solo hay publicidad oficial. Por las escaleras eléctricas hay afiches con los ojos del “comandante eterno” y en una gran pared se puede leer en letras gigantes: “Mientras esta revolución siga viva, el pueblo venezolano cada día se alimentará mejor”. Firma: Hugo Chávez. 

Sin embargo el altoparlante anuncia que solo se permiten dos unidades de pollo congelado, cuatro kilos de arroz, dos unidades de mayonesa y así va repitiendo la lista cada tantos minutos. Más de 40 personas hacen fila para coger un paquete de carne molida en la sección de carnicería. Mientras espera, la gente curiosea los nombres y las marcas de los productos que se ven en las góndolas, en su mayoría importados. 

El gobierno habla de una patria con “soberanía alimentaria” pero durante el chavismo el país se ha vuelto más dependiente del exterior. El año pasado importó más de 8.000 millones de dólares en alimentos, bebidas y tabaco y desde que asumió la Presidencia, Maduro ha buscado ampliar los convenios con los países de la región, incluido Colombia. Es necesario, pues el Banco Central de Venezuela informó el jueves que el índice de escasez en mayo siguió por encima del 20 por ciento. 

Algunos venezolanos se sintieron humillados cuando esta situación se convirtió en objeto de caricaturas y chistes en el exterior, luego de que la Asamblea Nacional anunció un crédito adicional para importar papel higiénico, entre otros productos. La medida servirá a corto plazo, pero no resuelve el problema a fondo. En los últimos años el gobierno fue atacando y desincentivando a los sectores productivos privados, mientras intentó montar sus empresas agroalimentarias, con resultados muy cuestionables. 

Más tarde introdujo cada vez más controles a los alimentos, y luego a los productos de aseo, lo que provocó incluso pérdidas a las empresas nacionales y multinacionales, varias de las cuales han contemplado abandonar Venezuela. Para los privados resulta cada vez más difícil acceder a insumos básicos y a divisas para importar lo que el país ya no produce. Entre tanto, el Banco Central de Venezuela informó que la inflación llegó al 6,1 por ciento, pero que en el rubro de alimentos y bebidas alcanzó el 10 por ciento. 

Los chavistas como Torres, sin embargo, dicen que los empresarios nacionales e internacionales le han montado una guerra económica a Maduro. En efecto, el gobierno acusa a las empresas de acaparar y de hacer operación tortuga. Lo cierto es que tras la devaluación de febrero, ante la falta de acceso a las divisas y la demora en el ajuste a los precios, algunas empresas prefirieron agotar los inventarios y dejar de producir a pérdida, pero esa no parece una práctica generalizada ni permanente. 

Torres también culpa a los extranjeros de enviar la comida de los venezolanos a sus familiares en otros países. Esa era una costumbre de algunos colombianos como la enfermera Nuris Reyes, quien lleva más de 30 años en Venezuela. Además de dinero, enviaba encomiendas con alimentos. Pero desde hace unas semanas la empresa transportadora de buses que salen de la Terminal de Oriente de Caracas hacia Barranquilla y Cartagena advirtió a sus clientes que no siguieran enviando comida, porque la guardia la decomisa en la frontera. 

Nuris y otros compradores acostumbran ahora ir hasta cuatro veces al día al supermercado para ver qué hay, o hacer ‘turismo’ para completar su canasta familiar. Nuris visita más los sectores más pudientes de Caracas, donde trabaja. Dice que allá hay más surtido y que consigue lo básico al precio de los Bicentenario, sin tener que hacer filas imposibles. 

Además, explica que la escasez ya no le permite ahorrar. “Perdí la cuenta de cuánto gasto, si veo algo, lo compro, porque toca aprovechar”. Y así, con esa misma mentalidad nerviosa, los venezolanos compran aceite, harina, o papel, aunque tengan un arsenal acumulado en la alacena. No vaya a ser que un día de estos no encuentren qué comer. 

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